Una visión muy caricaturesca y a vuelo de pájaro de la conducta habitual entre hombres y mujeres indicaría que todo se reduce a una eterna lucha: el batallón femenino buscando día a día nuevas maneras de cubrirse, decorarse, arreglarse, cambiarse y realzarse, y la turba masculina tratando de encontrar los argumentos, los modos y las maneras más eficaces para convencerlas de que ¡se quiten todo de encima!
Ahí, en ese burdo y simplón esquema es donde nosotros los hombres sumisos y fetichistas vendríamos a ser los quintacolumnistas, los contracorriente, los traidores al sentido común del varón vulgar.
Amamos lo que ellas aman y usan tan pero tan bien: tacones, botas, bolsos, faldas, vestidos, blusas... y amamos todo eso porque lo sabemos parte insustituible de la gran mayoría de las mujeres. Tan parte de ellas como su propia piel.
Intuímos el lazo ritual que las une a todo aquello que contienen sus roperos y sus carteras, y a todas esas pinturitas que acumulan en los estantes, detrás del espejo del baño. Y es por eso que adoramos toda esa parafernalia: porque las representa, las simboliza, las contiene y las protege.
Pero, a pesar de todas estas cosas que acabo de ennumerar y de este afecto compartido que he confesado, hoy quisiera que se me permita hacer una excepción.
No quiero que la veneración manifiesta que tenemos (unos cuantos) por los stilettos, por el calzado escotado que deja ver el nacimento de los deditos, o por las sandalias con tiritas oculte que, al fin y al cabo, son tan sólo el mero vehículo, el estuche, el recipiente que contiene lo que es la fuente verdadera, el foco de nuestra adoración.
Me refiero a ese par de criaturitas sensibles; a esas dos pequeños seres gráciles, que sólo se ofrecen en toda su espléndida desnudez cuando una mujer se descalza y los deja: esperando nuestros cuidados y nuestra devoción.
¿Es que acaso no los ven? ¿No sienten su lenguaje mudo?
Cuando una fémina cruza sus piernas y, como por accidente deja balancear su calzado, quitado a medias, sobre ese piecito que se deja colgando, a veces meciéndose nerviosamente, como impaciente. a veces lánguido, como quien espera y entristece esperando. ¿No es eso una llamada? ¿No están diciendo cosas como "tengo calor" "me aburro" "haceme mimos"?
Fíjense en ellos cuando salen apurados de la ducha mañanera, conduciendo a su Dueña a los tumbos por las baldosas del baño rumbo a las prisas del día, o cuando abandonan la pileta veraniega: radiantes de nerviosa alegría, escurriéndose el agua del chapuzón que se acaban de dar.
Préstenles atención: su particular forma de apoyar las plantas en las baldosas, o el parquet, o acariciándose uno por sobre el otro, todo eso son claves de las distintas cosas que nos van queriendo transmitir.
Nuestra mirada varonil está burdamente habituada a los hipnóticos malabares de las manos, al ballet vertiginoso de los dedos. Esas manos que hasta cuentan con el prestigio de que les quieran leer las palmas, por si allí se encontraran los destinos del ser.
Pero los pies, raíces que sustentan esas exuberantes arquitecturas humanas, flores de carne que van ascendiendo por piernas y caderas buscando la luz, hasta estallar de belleza en tronco, cabeza y brazos; los pies, digo, son desde siempre portadores de secretos y les hablan sólo a los dignos, a aquellos que demuestren la inquietud de saber y la humildad de inclinarse y observar, cuidar, acariciar.
El calzado hollando la piel de quien se le somete es rotundo, simbólico, es un hecho de fuerza que sacude y se impone. Tiene su cuota de burla y de poder.
Pero, ¿qué diré de la mera planta desnuda del pie del Ama sobre uno? Piel contra piel, temperaturas afines, contacto. Un cuerpo sintiendo el peso del otro. Intercambio de calor, lo rugoso y lo suave en frotación.
Alguien camina. y alguien es el camino. Adoración sin palabras plasmada en el hecho de ser alfombra y pedestal de quien nos ha elegido.
Aquellos que lo han vivido lo saben.
Una ceremonia sencilla, pero ¿cómo se puede demostrar más evidentemente el apoyar, el estar con alguien, que ofreciéndose a servirle de suelo, de base, de piso, de fundamento?
Sin alharacas, sin aparatos ni aparejos, ni objetos ni parafernalia.