Una de las personas que más aprecio en este sitio, con quien mantengo semanal contacto a través de correos y mp, me escribió hace poco, refiriéndose a la impresión que le había causado una de mis columnas. Una de sus frases me resultó muy inspiradora y entonces, como suele suceder, una columna terminó, a partir de una opinión de un lector, generando otra.
“El deseo es alimentado por La Fantasía... esa película que escribimos e interpretamos a nuestro gusto, sin inhibiciones, donde todo resulta de un modo increíble. ¡Es tan cómodo y gratificante!.. Siempre soy deseado por la mujer más bella, sugerente y sádica.. ataviada como la Gatúbela de Michelle Pffeifer... y yo indefenso y a merced de su voluntad.”
Si algo he aprendido a admirar, luego de años de escuchar a los varones sumisos, es la maravillosa capacidad que tienen para transformar en lujuria masturbatoria la tragedia personal de sentirse incomprendidos y/o solos. Para ellos, todo es reciclable y vuelve transformado en placer. El clásico rechazo femenino hacia todo lo que huela a perversión es transformado por ellos, reescrito, reformulado, traducido al idioma del deseo. Y es entonces donde aparecen el placer de masoquista, placer de fetichista, placer de crossdresser, placer de cornudo consentido, placer de voyeur...
La piedra de sacrificio sobre la cual (por obra y gracias de la incomprensión femenina) son inmoladas todas las posibilidades de una vida sexual plena de maravillas... esa misma piedra de sacrificio resulta ser la piedra basal sobre la cual ellos construyen, con talento y dedicación digna de eximios arquitectos, el más maravilloso templo pagano de mármol, repleto de placeres prohibidos y dedicado a la mujer deseada.
¿Como podemos las mujeres ser tan despiadadas con aquellos que nos aman hasta el punto tal de hasta ser capaces de dejar el sexo de lado, sólo por sentir la necesidad de adorarnos, en algunos casos hasta el extremo de querer “ser” como nosotras, aunque sea usando nuestra ropa por un rato?
¿O no es acaso un inmenso acto de amor, merecedor de ser llevado al cine o a la mejor de las literaturas, el que deseen vernos y sentirnos como la reencarnación de las diosas más hermosas y deseables que pueblan el Olimpo de sus fantasías?
"No te quieren a vos, quieren a la imagen que das, el estereotipo....." me susurra al oído alguna resentida que se negó a complacer a su marido y hoy tiene que verlo por la calle, feliz, del brazo de otra.
"No quieren Ama, solo quieren a una mujer que los atienda sexualmente...." vociferan desde la esquina feminista, tapizada de color gris y beige, en donde los escotes y los tacones están prohibidos.
"¡¡Son pajeros!!"... grita el coro de las amargadas de siempre, especialistas en descalificar todos los deseos ajenos que primero se negaron a sí mismas.
"Son maravillosos", digo yo. Son los Guerreros del Fetiche. Las reservas morales de masculinidad en un mundo cada vez mas andrógino, en donde la espontaneidad de la dulzura y la sensualidad femenina asociadas a la galantería masculina parecen haberse extraviado. Y ellos, sumisos pero no débiles, exigen y exigen bien. Juegan fuerte. No van a aceptar a cualquiera. No esconden sus huellas porque lo que desean es ser cazados, pero exigirán lo mejor de sí a la cazadora y están dispuestos a poner un alto precio a su entrega.
Si la cazadora es digna del desafío, él estará, como dice mi amigo, “indefenso y a merced de su voluntad”. Ella podrá jugar con él como lo desee. El límite es el cielo. Pero si no usamos las armas adecuadas, si no entendemos que tipo de presa es la que acechamos o, peor aún, no aceptamos a la presa como lo que es sino que pretendemos que sea como nosotras lo imaginamos, deberemos o aprender a cazar o conformarnos con los restos del banquete que dejen otras después que se saciaron.
Absolutamente irresistible no es solo un perfume. También puede ser una mujer.