Soy una mujer que ha vivido intensamente la época de los “lentos” en los boliches durante mi adolescencia. Eran los temas que nos permitían nuestras primeras aproximaciones al roce físico-sexual. La sensualidad no tan implícita y más bien explícita de la danza “cuerpo a cuerpo” nos daba señales vibratorias que amenazaban con destruirnos si no nos incendiábamos en una frenética masturbación al llegar a casa.
La danza como perfecta excusa nos sirve para descubrir cuánto feeling existe entre nosotros y nuestro partenaire. ¡Qué gran similitud con la kiné de nuestras sesiones! sean éstas planificadas o espontáneas. El roce de la fusta, el spanking, las ataduras... todo contribuye a la sensación maravillosa de abastecer nuestra necesidad básica de contacto físico. Me lo han dicho y lo he creído, y lo creo, que mi fusta ha provocado mas excitación que la mas salvaje de las apoyadas de colectivo.
Muchos de nosotros somos fetichistas. Cómo explicar con palabras ese banquete de sensaciones, el placer del siseo ennylonado subiendo por la pierna femenina o feminizada, el chasquido del látigo o la palmeta, el silbido de una vara, la caricia fálica de uñas puntiagudas, tan amenazantes y quizá por eso, subyugantes, el sonido de los tacos en el parquet o la cerámica adivinando los seductores pasos de su portadora, las cremalleras abriéndose y cerrándose. Toda una fiesta de sonidos y sensaciones reservada a aquellos sibaritas capaces de apreciarlas en su justo esplendor.
Amo tocar, a veces sin necesitar las manos, amo el roce, la caricia, el tanteo.
¿Cuántas veces vale más que las palabras?
El grado de sensaciones aumenta cuando estos rituales entre cuerpos vienen acompañados con el susurro o el gemido libidinoso y la penumbra cómplice.
Tantas veces actuamos como si el contacto con otra piel nos fuera a devaluar. Nos volvemos intocables. estatuas de concreto frío. Pero para el otro, la única forma de valorar nuestra piel (piel de epidermis, de látex o de seda) es haberla probado. No se puede valorar lo que no se conoce. Hacernos cargo de la sensibilidad táctil en el BDSM es poner en marcha la más poderosa de las conexiones. Esa piel deseada se convierte en oro a cada toque.
Cuenta la leyenda que el rey Midas transformaba en oro lo que tocaba. Nuestro toque no será el de Midas pero vivámoslo con la expectación que estamos entregando a cada ser tocado, un momento singular e irrepetible.