En estos días, entre tantos hilos en los que discutimos los temas que nos apasionan, debatíamos acerca de “dónde radica el verdadero poder” . Mi sumiso citó entonces una frase de actualidad pronunciada por la actriz Megan Fox quien en una entrevista disparó sin anestesia, “Las mujeres tenemos la vagina, por lo tanto tenemos el poder”
Llevaba mucho tiempo pensando en algunas similitudes entre nuestro mundillo FemDom, sus características, sus peculiaridades y lo que había escrito hace décadas la irreverente y despiadada Esther Vilar en “El Varón Domado” (Der dressierte Mann, 1971). Esa frase de Megan Fox, me terminó de convencer de que se podía escribir algo al respecto.
La postura radical de Esther Vilar sostenía que, a contrapelo de la cultura feminista predominante en la literatura de la época (no olvidemos que escribía sobre fines de los sesenta), era la mujer quien, a través de una serie de lo que la autora llamó “operaciones de doma”, controlaba la vida del hombre y le espoleaba sin pausa a servirla y a trabajar para ella. Como lo lograba? Mejor citar como respuesta la famosa frase que todavía hoy resuena como un latigazo..”..la mayoría de las mujeres ha decidido ya emprender la carrera de prostituta ( o sea , la carrera que consiste en hacer que un hombre trabaje para ella a cambio de poner intermitentemente a su disposición , como contraprestación, su vagina).
Estamos tan lejos de esa situación? Esther Vilar lanza sus despiadadas flechas a la relación mujer - hombre partiendo de lo sexual y dirigida hacia lo doméstico y lo laboral, nosotros nos proponemos echar una mirada, si nos atrevemos, exclusivamente desde lo sexual.
Para empezar, dentro de nuestro ambiente BDSM, cuantas veces se ha dicho o susurrado que las mujeres dominantes somos una especie de manipuladoras cínicas que abusamos de la voracidad sexual masculina, de sus fetiches y fantasías para simplemente explotarlos como chiches sexuales, como sirvientes útiles para tareas varias o como juguetes para divertirnos un rato. Ya sé, ustedes me dirán “al hombre sumiso le fascina esa situación” o el típico cliché “Todo entre nosotros está consensuado”.
Bien, volvamos entonces a nuestra autora que se pregunta en el primer capítulo (titulado no por casualidad “De la felicidad de los esclavos“ ) ¿Como consiguen las mujeres inspirar a los varones ese sentimiento de felicidad que experimentan cuando trabajan para ellas? Reemplacemos algunas palabras y podriamos decir, por ejemplo.. ¿Como consiguen las mujeres dominantes inspirar a los varones ese sentimiento de felicidad que experimentan cuando se humillan ante ellas?
¿Cuantas veces los varones sumisos debieron responder esa pregunta? ¿Podemos hablar de “consenso” cuando una de la partes que integran ese consenso está absolutamente condicionada por sus deseos y fantasías insatisfechas? En el capítulo “El sexo en cuanto recompensa” podemos leer refiriéndose al hombre “ ..la necesidad de contacto físico con el cuerpo de una mujer es tan intensa y el hombre experimenta tanto gusto al satisfacerla que aquí se encuentra quizás el motivo más robusto de su sumisión a las mujeres; es posible que el mismo placer de la ilibertad ( la no libertad) no sea más que una faceta de la sexualidad del varón.
Preocupante, no? Resulta que de ser así, las mujeres dominantes que nos creemos las “rebeldes” del cuento, las que invertimos los roles sociales tradicionales, las revolucionarias sexuales, simplemente somos una variante sexy o un poco mas pervertidita del viejo cuento de toda la vida. Si seguimos adelante en la lectura, nos encontramos con muchos elementos propios de un manual sobre Femdom, se habla claramente y sin tapujos de las operaciones de doma, del principio del látigo y el terrón de azúcar, de la esclavitud del varón a través del servicio sexual que puede prestar a su mujer, de como la mujer despierta el deseo del hombre a través del erotismo y lo esclaviza a partir del mismo. Pero claro, el hombre en esta historia, no goza. Cree que goza. Es un esclavo, pero de verdad. Está prisionero de un mecanismo de engranajes sociales e individuales liderados por su propio deseo sexual y ese mecanismo lo degrada y envilece.
Nosotras, las Amas decimos que no. Decimos que cuidamos y queremos a nuestros sumisos. Que solo queremos nuestro goce conjunto, el nuestro y el de ellos. Que la relación a priori parece injusta y desigual pero que no lo es. Que promovemos un tipo de relacion que podemos considerar entre las mas justas que puede llegar a establecerse entre un hombre y una mujer. Que ser un sumiso es uno de los estadíos del ser humano varón que le permite gozar mas libre, inteligente y osadamente su espíritu de aventura, su condición de héroe, de caballero andante. Que somos las mejores compañeras para esas aventuras. Que a diferencia de la otra historia, nuestro sumiso no cree que goza. Goza de verdad. Es libre, pero de verdad.
Esther Vilar inicia su libro tan polémico con una dedicatoria, Prestémosle atención.
Este libro está dedicado
a las personas que no aparecen en él
a los pocos hombres que no se dejan amaestrar
y a las pocas mujeres que no son venales.
Y a los pocos seres afortunados que no tienen
valor mercantil, por ser demasiado viejos,
demasiados feos o demasiado enfermos
Entre esas mujeres que no son venales, estamos nosotras, las Amas.