Pecado, palabra que implica cierto criterio religioso al nombrarla y citarla, dotada de cierto carácter místico, así como su cantidad citada bíblicamente: siete pecados. ¿Por qué siete? Es una buena pregunta, pero no entraré en eso ahora.
¿Todos somos pecadores? Quizás si, quizás no. Hace años, un sacerdote franciscano, duro de oído, quién era el párroco de mi barrio, siendo yo adolescente - tengo formación católica, decía que por muchos de los pecados capitales, observando de arriba todos nos podemos creer santos: no matamos, no robamos, seguramente no envidiamos muchas cosas, trabajamos- es decir, la pereza queda excluida, la ira dudo nos domine seguido y, con el auge de las dietas, la gula tampoco se impone con facilidad. Pero fallamos en lo demás. Sin entrar en la avaricia y soberbia, me centraré en la Lujuria, a la que dicho sacerdote llamaba “animalidad”; el dejarse llevar por los instintos, permitir que la sexualidad nos gobierne. Considerando varios factores que están presentes en lo que vemos y leemos, ¿acaso no estamos en una permanente invocación de la lujuria, no se busca provocar una reacción en quién mira televisión, lee revistas, etc? La respuesta es afirmativa, con un propósito de consumo tenemos una conjura de pecados, ya que quien está pecando de codicia apela a la sexualidad con el objetivo de inspirar una necesidad de placer.
¿El placer, una forma de ser feliz, tiene que ser algo malo? ¿Es el ideal una vida austera, en la que desterremos de nuestro cuerpo toda sensación placentera cualquiera sea su origen, acallando en nuestra mente esos apetitos que sentimos?. Según textos iniciáticos, el alejar lo carnal, el placer del cuerpo, hace que la mente evolucione a un plano superior, lo cual suena interesante en teoría, pero no es tan así. Lo natural está sin duda ligado a nuestra naturaleza, valga la redundancia. El cuerpo físico nos da señales de que están en armonía con el universo y dudo que reprimiendo nuestros impulsos logremos expandir nuestra mente; por el contrario, la expansión de uno se produce a la par del otro.
En nuestro mundo secreto la sexualidad está presente, el placer y la lujuria reinan en él y, sin dudas, es en dónde expresamos el sentir que nos identifica. A pesar de eso se da una rara dualidad: como algunos expresan “el órgano sexual del BDSM es el cerebro”, sentimos y expresamos, es lujuria adonde el sexo es algo secundario, adonde la sexualidad está, pero lo básicamente sexual está en un segundo plano. El placer está ligado a muchas sensaciones, respiramos lujuria y la expresamos en palabras y acciones, pero es imposible considerarla un pecado. Para ser justos, a la lujuria deberíamos considerarla como el aire que respiramos.
¿Somos pecadores? Viéndolo así sin duda, además de tener un boleto asegurado al averno -lo cual para algunos masoquistas no suena tan mal, pero, ironías aparte, el problema está en que para nosotros el ideal del cielo es algo distinto a lo convencional, seria inmensamente aburrida una eternidad avainillada, tal como se la describe comúnmente.
Pecado es el nuestro entonces, de sentir y ser nosotros mismos, de vivir de acuerdo a nuestra forma de ser, aunque sea limitados a nuestro reino de sombras, ocultos de la gente " normal". Tal vez pecamos de soberbia al sentirnos diferentes y especiales, y pecamos de codicia al desear, no cosas materiales, pero si que otros más compartan esta vida que llevamos.
Sigamos pecando entonces, porque para lo que a ojos de otros es pecado para nosotros es la vida.