Venimos atravesando un veranito bien caliente, con alerta naranja por las altas sensaciones termicas y alertas “rojas” por obra y gracia de los calientes eventos mazmorreros, incluyendo nuestro reciente “evento de verano”. Sobraron los comentarios sobre las, a esta altura de nuestra corta historia, “clásicas” sesiones Fem dom en las cuales, junto a mis amigas, invito a muchachos y chicas sumisos y sumisas a acercarse y sesionar con nosotras.
Algunos aceptan, otros miran desde afuera, otras y otros miran desde cerca, se acercan Amos amigos..todo en un excelente clima de camaradería y cordialidad.
A ellos, los sumisos o los curiosos ( y tambien a ellas) se les nota el deseo en la mirada, algunos se animan a avanzar, otros no. Es mi sincera debilidad por los debutantes la que me expone a menudo a realizar sugerentes propuestas partiendo de mi actitud y mi seguridad como únicas armas para desbloquear la reticencia del sumiso invitado.
Este impedimento primario se fundamenta no sólo en los prejuicios que el sumiso debe vencer (el sumiso es inferior al amo, como me mirarán los otros hombres, etc.) sino en el temor hacia el “donde iremos” El temor a la bestia dormida que puede despertarse dentro de ellos mismos. El temor a tener que reconocer partes profundamente amarradas a su sexualidad que hasta entonces sólo se reconocen a medias, a oscuras, en masturbaciones rápidas o visitas a escorts con “libretos raros”, fantasías para que ella los represente, en lugar del coito tradicional.
Una Ama amiga siempre cuenta que en su opinión, el BDSM pago esconde en parte la liberación de sus propios fantasmas del sumiso no asumido Así, el control que él ejerce a través del dinero lo libera de la responsabilidad de asumirse a sí mismo..el dinero puesto en la mesa de luz “empareja” la situación.
Pero conmigo, en una sala, durante un evento de Mazmorra, no hay dinero ni mesa de luz para emparejar. Sólo una silla (que mitad en broma, mitad en serio llamamos con mis amigas “trono”) y un espacio físico libre para que él o ella se me entregue.
Y yo debo lograr vencer ese temor para lograr su entrega.
Ese temor, que muchas veces termina en rechazo, es para mí un desafío fascinante, poder llevarlo por mis caminos con confianza y seguridad pero sin perder el encanto de la incertidumbre de no saber cual es ese camino y por donde va.
Esa incertidumbre tan típica que siente el hombre cuando está, aunque sea por un rato, entregado a las manos y a la imaginación perversa de una mujer. Y esa mujer soy yo.