Hace algo más de dos años, en un bar, una promotora vestida de coral furioso, me dio (como a todas las damas presentes) unos stickers que decían: “Hoy me siento libre”. Los calcos eran para promocionar un perfume, pero para mí, fueron una puerta de entrada.
Ese mismo día, al llegar a mi casa, pegué el sticker al monitor de mi computadora, y decidí que algo iba a pasar. Ese mismo día entré al chat de Mazmorra. Ese mismo día, cambió mi vida de manera irremediable.
Fueron algunas mañanas, varias tardes, y muchas noches de charlar, debatir, socializar con un grupo de pares que me aceptaba, se divertía, nos conocíamos en persona, luego de varios sucuchos compartidos, y así fue como Mazmorra, y sobre todo el chat, formaban parte transversal de mi vida.
La diversión comenzaba cuando sentía el motorcito del mIRC. Con el tiempo vinieron mi sumiso del alma, amistades profundas, menos tiempo para el chat, más alegría en mi vida live, menos tiempo para el chat, más alegría en mi vida live…
Así, me fui a vivir con mi sumiso, así fui a infinitos asados con amigos del chat, así organizaba encuentros en mi casa, así cada vez entraba menos al chat. Un día, me levanté sobresaltada: cuánta ingratitud, pensé, voy a entrar al chat a saludar, al menos.
¡Qué desilusión al ver tan poca gente conocida! ¡Qué desilusión al ver que hablaban de otras cosas que no conocía! ¡Qué desilusión no ser ya parte!
¿Qué le pasó al chat? Fue mi primer pensamiento. Dios, hay que hacer algo. Está feo, está aburrido. Charlando con otros ex habitués comentamos la situación. En esa semana todos fuimos entrando, sólo para comprobar que “el chat era una porquería”.
Al evento siguiente, al ver una mesa que pasaba las dos docenas de personas que charlaban felices y entusiasmados, me choqué con la verdad… el chat ya no era el espacio que yo había dejado. El chat había cambiado para amoldarse a sus nuevos miembros habituales, a los que los hacía plenos, a los que les daba lo mismo que me dio a mi, sólo que ahora tenía otro formato, porque eran otros los que lo forjaban.
Darme cuenta de que las caras y los temas son otros (o los mismos, porque el público se renueva, y quiere hablar de eso mismo que nosotros ya habíamos hablado) me llevó un duelo personal, pero darme cuenta de que a la vez el espíritu permanece, me da la alegría de que todavía hay mucho para hacer.
Mazmorra no es la misma, pero yo tampoco soy la misma.
Mazmorra ya no es la misma, pero yo re aprendí a disfrutarla.