Sé que en una actividad tan fuertemente ligada a lo ritual y con códigos tan estrictos como es el BDSM, hablar en contra del protocolo puede parecer una herejía. Sin embargo, tengo mis motivos para no practicarlo, y me gustaría contarlos.
Por empezar, partamos de la base de que el protocolo argentino, si es que existe como tal, es ya de por sí bastante más relajado que los tan mentados protocolos español o inglés. La prueba está en que Mazmorra eligió hacer de esto su bandera, y el éxito salta a la vista.
Sin embargo, esto no significa que l@s sumis@s hagan lo que quieran, que los Dominantes tengan menos poder, ni que el topping from the bottom sea moneda corriente. Tampoco que hayamos perdido ni un ápice de ritualismo, que nuestras sesiones sean menos intensas, o que no nos animémos a asumir por completo nuestro rol. Y sobre todo, no significa que nuestro BDSM sea ni más ni menos real que el que se practica en otros países con culturas diferentes (o en este mismo país, por quienes eligieron otras... corrientes).
Entonces, ¿qué significa? Significa que podemos interrelacionarnos saltando a piaccere entre una explícita condición de igualdad y una también explícita (y total) desigualdad, sin solución de continuidad. Y eso para mí, es algo fantástico que probablemente ningún acérrimo "protocolista" podrá disfrutar en carne propia.
¿No concordamos acaso en que uno de los mayores placeres del Dominante es la subyugación, la humillación (en el sentido humilde de la palabra) de nuestra contraparte sumisa para con nosotros? Comparemos entonces: el placer que puede proveerme la humillación de alguien que sostiene permanentemente su condición de esclava total y absoluta es sin duda grande, pero proviene de esa única y primigenia entrega. En cambio, el placer que obtengo que subyugar a quien hasta hace unos momentos actuaba como mi igual, se renueva cada vez que se produce el cambio. El morbo de permitir a alguien comportarse como (o "jugar a ser") mi igual, sabiendo que ante un gesto mío se humillará por completo, es mucho más fuerte que el que podría obtener de controlar a una "esclava full-time".
Habrán notado que a fin de cuentas el control es el mismo. No se trata de dejar o no los roles, eso sería imposible. Se trata de explicitarlos o no de forma continua; y a mi gusto, es el contraste producido por ese cambio lo que le pone sabor a la cosa.
El hombre es un animal de costumbres, y no hay nada a lo que no terminemos acostumbrándonos. Por eso buscamos siempre nuevas emociones, probamos nuevas cosas, queremos nuevas experiencias; y por eso le escapamos a la rutina. Estoy firmemente convencido de que una relación en la que fuera tratado permanentemente remarcando mi condición de Dominante, acabaría por aburrirme.Por eso no me hago llamar Amo.