- ¿Ustedes son de Mazmorra?
- ¿Quéééééééééé?
Las tres chicas me miraron espantadas, como si yo fuera un personaje escapado de una película de terror. Bueno, de algún modo era cierto. Así empezó mi contacto cara a cara con Mazmorra, el 4 de septiembre pasado. Habían pasado tres años desde que descubrí el sitio y una vida desde que empecé a sentir “esto”. Finalmente había tomado coraje y me había decidido a ir a un evento. Se trataba de ir en grupo al teatro a ver “La Venus de las Pieles”, basada en la novela madre del masoquismo.
Pocos minutos después de ese comienzo accidentado, llegaron ustedes en malón. Uno con la fusta en la mano, muchas con sus collares de sumisa, dos más esposadas entre sí, dos sumisos escoltando a su Ama. Todos con esas sonrisas, esas sonrisas... Vimos la obra y después nos fuimos a comer pizza a una pizzería de barrio. Tan libremente, tan alegremente.
Ese encuentro me cambió la vida. Ustedes me cambiaron la vida. No porque yo haya cambiado un ápice lo que soy ni lo que siento. Sino por la forma de verme a mí mismo, al verme a través de sus ojos. Por liberado que seas, por curtido que estés, aunque hayas peleado mil batallas, verte con tus propios ojos nunca alcanza. Cuando estás solo no hay otros ojos para verte. En realidad uno tiende a escapar a la mirada de los otros, porque intuye que van a mostrar ese gesto desorbitado de película de Hitchcock, que vi en los ojos de esas tres pobres chicas de la entrada del teatro.
Con el tiempo uno se va aceptando y a medida que pasan los años te importa menos el qué dirán. Pero eso no quiere decir que no te importe nada. La verdad es que el que dirán te importa bastante. Lo que pasa es que, cuando ese qué dirán es estúpido y primitivo, vos te alejás de los demás para que no puedan verte. Uno no puede cambiar por lo que digan los demás. Pero lo que digan los demás puede hacerte sentir mal.
Entonces pasás a la clandestinidad. ¡Qué terrible es no poder contar lo que sentís! ¡Qué terrible es tener enfrente una mirada horrorizada o incapaz de comprender! Te sentís, literalmente, “la criatura” de Frankenstein. Pobre Mary Shelley. Ella era el monstruo, ella era yo. ¿Por qué será que lo que sienten otros causa tanto horror? No lo sé. ¿Será porque los sentimientos asustan más que las ideas?
Hasta que un día te encontrás con todos esos otros monstruos como vos, que descubriste que andan por ahí caminando. Y resulta que sonrÍen, comen pizzas, trabajan a la vuelta de tu oficina, viven en tu barrio y son tan buena gente -y a veces tan cabrones- como vos.
¿Qué es Mazmorra para mí? Una comunidad que me permitió verme con otros ojos y descubrir que los ojos de los otros tienen el poder de aislarte, pero también tienen el poder de liberarte. Mazmorra también me hizo reÍr, pero esto me lo reservo para la próxima columna.
¿Ustedes son de Mazmorra? Si, yo también.