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EL CASTIGO

Calificación del relato

(6)
Autor: fleure
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Promedio de 2.7 puntos
Enviado el 03 de sep de 2009


Ella había estado toda la semana ausente. El no había querido decir nada porque sabía que ella necesitaba liberarse, necesitaba un poco de aire para respirar, necesitaba que el liberase la cuerda, que soltara la cadena. Ella se estaba asfixiando.

Pero El también sabía que estaba tardando demasiado tiempo en retornar. En regresar. El estaba siendo un buen Amo, un Dueño y Señor perfecto.. y ella se estaba aprovechando.

Ella, esa perra, esa zorra, esa... princesa caprichosa, estaba huyendo de El. Y El lo sabía. Porque estaba muerta de miedo, porque le temía hasta decir basta... porque sabía que le quedaba poco tiempo y, sin embargo, ella intentaba estirarlo todo lo posible.

Y, por supuesto, El le mostraría hasta que punto era del todo imposible que pudiera correr a ninguna parte. Ella tenía que ser consciente de que si escapaba se encontraría con que no había ninguna salida. Era así de simple. Punto.

Esa descarada...

El estuvo esperando pacientemente: pacientemente a que apareciera. Pacientemente a que asomara la cabeza. Pacientemente a que perdiera el miedo. Pero a El mismo se le estaba acabando la paciencia. Llevaban dos días peleando por email, ella gritándole, El gritandola más,  ella perdiendo los estribos y El haciéndoselos perder insultándola, espoleandola.. llevándola cada vez a cotas más altas. Maldita fuera aquella condenada mujer... lo tenía cada vez más duro y cada vez más excitado con sus negativas, pero y un carajo si se lo iba a demostrar o que ella pudiera darse cuenta... cuando pudiera ponerles las manos encima...

Ella apareció entonces, de pronto, sin que El pudiera darse cuenta. El no la esperaba, y casi se sobresaltó al verla aparecer, pero supo mantener la compostura.. sabía que tenía una oportunidad de oro, que no podía desaprovecharla ni perderla.. y se dispuso a castigarla.

Pero en serio.

Solo de pensar en que ella iba a ser castigada como realmente merecía, que iba a doblegarla hasta que agachara la cabeza y se humillara, se le ponía la polla tan dura que amenazaba con romperle los pantalones; pero tenía que contenerse. De los dos, El era el que tenía el control. De los dos, El era el que mantenía alto tanto el dolor como el placer, y a partes y proporciones iguales. Ella era la que se empeñaba en desafiarle una y otra vez. El tenía que mostrarle quien mandaba.

Quien era, a fin de cuentas, el Amo.

Ella le miró con expresión cautelosa. Sabía que había hecho mal pero, si maldita fuera si lo admitía alguna vez... ella simplemente esperaba. A ver como reaccionaba El, a ver que hacía... siempre cubriéndose la retaguardia.

-Por fin -dijo El.

Ella parpadeó. Abatió sus grandes ojos. Dios, que linda era..

-Hola.

-Hola, ¿qué? -dijo con impaciencia.

-Buenas tardes.

El reprimió una sonrisa, a caballo entre el enojo y la diversión: ella siempre hacía lo mismo. Se negaba a someterse con una simple palabra.

Carajo, esta mujer lo traía loco...

-Buenas tardes, ¿qué? -exigió con voz dura.

Ella hizo un gesto raro: le molestaba tener que doblegarse. El apretó fuertemente los dedos, hasta convertir los nudillos en un blanco casi transparente. Oh, coño...

-Mi Amo -rezongó ella.

-Eso está mucho mejor -concedió El.- Bien, ¿no crees que debemos hablar?

Las pestañas de ella aletearon rápidamente.

-¿Sobre qué? -musitó con cautela.

-¿Crees que te has portado bien estos días?

Otro parpadeo.

-¿Qué he hecho?

-¿Que has hecho? -repitió con voz sedosa, más temible si cabe que si hubiera gritado.- ¿De verdad me lo preguntas?

Ella retrocedió un paso sin decir una palabra. El cruzó los brazos.

-Quieta -exclamó y ella se detuvo automática. Su corazón saltó dentro de su pecho al ver como Ella le obedecía automáticamente. Ah, si ella tan solo comprendiera que debía darle placer hasta morir de placer ella misma por verle gozar.. pero la muy  maldita era incapaz de comprenderlo...- Te has portado como una niña. Como una niñita de quince años, escondiéndote tras un email... ¿a ti te parece que te has portado bien?

Ella guardó silencio. El ladeó la cabeza. Tenía que forzarla como fuera a que contestara... tenía que presionarla tanto que ella no encontrara otra salida más que El mismo.

Como le hubiera gustado acariciarla... pero eso sería darle un premio que no merecía y un cariño gratuito que ella debía ganarse. Y a pulso. Así que mantuvo ferreamente la compostura y siguió empujándola contra las cuerdas, hasta llevarla a su límite. A El sabía que a ella le gustaba sentirse acorralada, extorsionada, gritada..  y ella se negaba rotundamente a admitir que estaba tan mojada que con solo dar un paso se correría sin remedio.

Con qué gusto metería sus dedos dentro de ella.. arquéandolos profundamente hasta que rozara ese punto que ambos conocían tan bien, que la hacía eyacular sin poder evitarlo... como tocaría sus labios, igual que una flor de delicados pétalos abiertos....como rasparía su clítoris con la uña de su pulgar, como la follaría rápido, rápido, hasta que se corriera sobre su mano gritando... pero no era el momento para eso. Por mucho que su polla le gritara, le gimiera pidiendo la liberación de marcarla, no era momento para eso. Era mucho mejor azotarla  en trasero y pechos hasta que picara y estuviera tan roja que llorara de placer.

De placer y dolor, claro está...

-No he hecho nada -susurró ella, poniéndose a la defensiva como hacía siempre.- Solo necesitaba espacio.

-¿Y no podías habérmelo dicho?

-¿Y que habrías hecho?

-Dárselo a mi zorra. Evidentemente.

Ella inspiró aire con fuerza.

-No me llames zorra -contestó con voz tensa.

El sonrió suavamente.

-Por supuesto que te llamaré zorra. Porque eres mi zorra. Eres mi zorra, eres mi puta, eres mi perra. No la de nadie, pero si la mía.

-Que no me insultes.

-Ven aquí.

Ella negó con la cabeza lentamente y retrocedió otro paso.

-Que vengas aquí.

-No.

Ella dio un gritito de sorpresa y luego dio un paso hacia El. Se notaba que hacía mil esfuerzos por no obedecerle, pero no podía evitarlo. Estaba muerta de miedo.

-¿Qué te he dicho del sujetador? -exigió El.

-Que no lo lleve -contestó ella.

-Eso es -concedió El.- Que no lo lleves nunca en mi presencia. Fuera el sujetador.

Ella se lo quitó por dentro del vestido de tirantes, sin dejar de mirarle y sin mostrar nada. El la miraba fijamente. Cuando supo que se había quitado el sujetador deslizó lentamente los ojos, como una caricia, por su torso cubierto por el fino vestido.

-Los tirantes abajo -dijo con voz ronca.

Ella negó.

-Cariño -El hizo una mueca divertida.- Quiero ver tus tetas. Y quiero azotarlas. Y pinzarlas. Y tu vas a bajar los putos tirantes o te arrancaré el vestido del cuerpo hasta que no queden ni los restos.

Jadeando de terror y excitación a partes iguales, ella deslizó lentamente los tirantes... odiaba mostrarse desnuda ante El y El lo sabía. Y por eso la humillaba así, porque era la mejor manera de enseñarle. De adiestrarla. De demostrarle en qué consistía realmente ser una sumisa.

Sin poder evitarlo, deslizó sus ojos por sus pechos... grandes y llenos, caían con gracia... sus pezones eran oscuros, sus areolas grandes, llenas, y estaban tan duros... oh, Señor, realmente tenía unas tetas cojonudas... y esos pezones erguidos.. pidiendo que tiraran de ellos hasta comprimirlos en sangre... ahogó un jadeo y la miró fijamente.

-Cógete los pezones -susurró.

Ella automáticamente lo hizo, a pesar de que no le gustaba la sensación de sus propios dedos rodando sobre su tirante carne. Algún día El no la obligaría a tirar de ellos con fuerza, sino a humedecer las yemas con su saliva y rodear lentamente cada pezón enthieso... pero aquella no era esa tarde. Ella no merecía un premio, y su saliva mojada y tensa era un premio.

-Tira de ellos fuerte-ella lo hizo y el jadeo que emitió fue directo a sus pelotas, haciéndolas tensarse como huevos duros y cocidos. Intentó controlar su respiración.- Más. - ella emitió un nuevo jadeo y El apretó los dientes: oh, Dios... se iba a correr si ella seguía haciendo eso...- Más.

El punto de dolor subió raudo por el estómago de ella hasta su cabeza y la dejó caer hacia atrás sin parar nunca de castigar su carne.. El estaba seguro de que la presión en la matriz hacía que el clítoris le latiera como si fuera un jodido repetidor, y sin poderse contener alzó la mano y la golpeó en el rostro. Fue un golpecito seco, sin apenas fuerza, pero con la suficiente como para imprimir en ella un quejido.

-Niña mala -susurró El, y hasta su propia voz sonó tan deformada que creyó que era otra persona.- Niña muy muy mala...

Ella giró la cabeza, emitiendo otro jadeo, y El volvió a golpearla, esta vez un poco más fuerte.

-¿Sabes que debería hacer ahora? -le susurró en un oído y ella se detuvo, agitada.- No dejes de tirar de los pezones -ella volvió a obedecerle. Era un sinsentido que atendiera sin pensar su voz de aquella manera.- Debería agarrarte del pelo y arrastrarte al dormitorio. Y follarte allí tanto y tan fuerte, y tan doloroso, que te enseñaría de una vez por todas quien manda.- ella volvió a gemir, esta vez parecía a punto de llorar.- ¿A quíen perteneces?

Un silencio, una nueva bofetada. Ella abrió los ojos y le miró con expresión afiebrada.

-A ti -susurró.

El sonrió y le deslizó un dedo por la mejilla. Era hora de azotar su culo.

Antes de ayer me castigaste fuerte, duro, intenso. Y merecia más.

Sigo pensando en mi castigo.

v 2.5b