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El castigo del criado

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(4)
Autor: daltonsumi
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Promedio de 5.0 puntos
Enviado el 26 de ene de 2010

           Mi mirada se volvió a posar en el espejo, estupefacto. No podía dejar de contemplar mi imagen de pies a cabeza, ¿realmente era yo?... Es decir, durante mi adolescencia nunca me había considerado como un hombre particularmente masculino… pero jamás me hubiera creído capaz de llegar tan completamente al otro extremo. Frente a mí, me vi vestido de una manera que nunca hubiera creído llegar a contemplar.

Sobre mi pecho yacía un vestido de mucama, negro con vistosos detalles en blanco que nacía poco por debajo de las axilas y se extendía, dibujando hermosas curvas a las que mi cuerpo no respondía, hasta el inicio de las piernas donde terminaba en una pollera tan hermosa como corta y que dejaba muy poco a la imaginación. Debajo de ella se encontraba una tanga de varios colores, que me apretaba sin piedad. En mis piernas, completamente lisas y despellejadas después de una dolorosa depilación que tardaría meses en olvidar, tenía puestas medias de red negras largas que cubrían desde mis tobillos hasta mis muslos. Tenía zapatos de tacos tan altos que lastimaban cada hueso de mis pies con total impunidad, y para coronar el conjunto llevaba en la cabeza un hermoso moño rosa, tan grande que parecía más adecuado de encontrar en el envoltorio de un regalo de cumpleaños.

Era un conjunto tan revelador que, en otra época, solía contemplar solamente en películas y que relacionaba con hermosas fantasías… ¡por supuesto que en estas fantasías no era yo quien llevaba el traje puesto! Pero de alguna manera los roles habían cambiado…. de alguna manera ahora yo estaba del otro lado y era el que debía llevar un conjunto que me humillaba tanto como me atraía en otras épocas… y este solo pensamiento no hacía más que aumentar mi humillación aún más.

¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo alguien me había convencido de vestirme de una manera tan vistosa como servil? Bueno, tristemente fue mucho más sencillo de lo que podría creer. Hace tan solo unos pocos minutos me encontraba tocando a la puerta. Estaba realmente contento, porque finalmente podría volver a ver a mi Ama luego de varias semanas de estar separados.

Me abrió la puerta y entré con una sonrisa de oreja a oreja, feliz de poder verla. Sonrisa que se borró en un instante cuando me encontré de frente con la mirada furiosa de su rostro, una de esas miradas que tanto conozco y que me dan a entender que se espera obediencia absoluta de mi parte si no deseo un castigo horrible… una sola vez, en mi completa ignorancia, había subestimado el poder de esa mirada y había aprendido, por las malas, lo terrible que pueden ser las consecuencias.

Temeroso de ser mal interpretado, me puse de rodillas inmediatamente, esperando órdenes sin producir sonido alguno para evitar aumentar su enfado... Durante unos momentos temblé pensando en que pasaría si esta vez llegase el castigo directamente, que pasaría si no recibiera órdenes que me dieran una oportunidad de salvarme. Luego de unos instantes que parecieron eternos, escuché por segunda vez su dulce voz que era como música para mis oídos “Limpia el living”. Contento, asentí silenciosamente con la cabeza y espere que se retirara antes de pararme. La vi sentarse en un sillón a leer, sabiendo que pese a que sus ojos no se separaban un solo segundo de las páginas, podía observar todos mis movimientos y reaccionar ante cualquier acción que no fuera de su agrado.

Intentando no hacer el más mínimo ruido para evitar interrumpir su lectura, me acerqué a la silla más cercana solo para encontrarme con el uniforme de mucama cuidadosamente doblado. Sabía que nunca me había ordenado usarlo pero que si estaba allí era porque esperaba que me lo pusiese. Rojo de vergüenza, procedí a desvestirme… y me pareció vislumbrar que por un segundo una sonrisa de satisfacción cruzó su rostro.

Una vez desnudo, me puse primero una vistosa tanga colorida que encontré. Luego las largas medias de red y el resto del conjunto. Finalmente me acomodé cuidadosamente el moño sobre la cabeza, asegurándome que quedara bien fijo para que no se fuera a caer. Mi mirada no podía separarse del espejo que se encontraba cuidadosamente colocado frente a mí… supuse que con el fin de asegurarse que no fuera a perderme el espectáculo de humillación en todo su esplendor.

Casi estaba por comenzar a limpiar cuando noté que debajo del resto de las cosas había un plumero negro, cortó y llenó de largas plumas en la punta. Durante un instante creí que no sería capaz de soportar la vergüenza de usarlo y casi decidí empezar a limpiar dejándolo sobre la silla… cuando recordé que era lo que me esperaba si no cumplía los deseos de mi Ama. Levanté el plumero.

Comencé a recorrer lentamente la habitación, revisando cada rincón en busca de desorden. Fui ordenando libros en sus estantes, acomodando los almohadones de las sillas y sillones y doblando las prendas de ropa que se encontraban esparcidas por la habitación sobre las sillas, siempre cuidadoso de no hacer ruido. Cuando notaba alguna superficie cubierta de polvo, aunque fuera ligeramente, levantaba el plumero y lo movía rápidamente hasta asegurarme que quedara completamente limpio, no pudiendo evitar sonreír ligeramente por la situación en que me encontraba.

 El hecho de realmente estar ordenando la habitación, mientras tenía puesto la ropa de mucama me humillaba tanto como me gustaba. Pese a que no podía negar que se trataba de una situación fuera de lo común en la cual nunca me hubiera esperado encontrarme, también era cierto que el hecho de sentirme un mero criado al servicio de mi Ama, una simple sirvienta cuyo único objetivo era seguir las órdenes de su Maestra para asegurarse que ella se encontrará a gusto, no podía atraerme más.

Justamente esa contradicción, el sentimiento de placer al ser humillado y utilizado con el solo fin de satisfacer los deseos de mi Ama, era lo que me había arrastrado a sus pies en primer lugar y lo que me ataba inevitablemente a ella. Era mi premio y mi castigo, la cadena que nunca me permitiría escapar. Porque si hay una cosa de la que realmente estaba seguro era de que, pase lo que pase, siempre estaría a su servicio, siempre a sus pies, esperando impaciente el momento en que recibiría la próxima orden, listo para cumplir sus deseos sin vacilar.

            Me encontraba perdido en estos pensamientos cuando la catástrofe ocurrió. Mientras mi mente vagaba distraída, una de mis dolidos pies finalmente cedió y me tropecé. Para mi horror, al caer el moño que tenía en mi cabeza se enganchó con la silla donde había dejado una remera de mi Ama recién doblada, llevándola al suelo conmigo. Así fue como terminé en el piso boca abajo, con mi cabeza bajo la remera y la silla encima de mi espalda.

Sin levantarme aún, me saqué la remera de la cabeza y con un rápido vistazo note que se trataba de la remera negra que hace pocas semanas mi Ama había recibido como un regalo de un pariente que vivía en el exterior. Sabía que era su favorita y sabía que estaba en problemas… pero nada antes me había preparado para lo que realmente me esperaba.

            Me paré y acomodé la silla en su lugar antes de levantar mi plumero que había caído delante de mí… esperando el inevitable latigazo que sabría no tardaría en golpearme, cuando algo me sorprendió. No había escuchado nada. No había escuchado ningún grito, no había sentido los pasos de mi Ama, ni había percibido nada que indicara su furia, ¿realmente podría salvarme de esta sin ningún castigo?

Tal era mi asombro que no pude evitar dirigir mi mirada hacía ella, que seguía sentada tranquila como si nada hubiera pasado cuando la vi dar un respiro profundo y cerrar su libro sin pestañar, dejándolo lentamente sobre una mesa de luz. Sin ningún movimiento brusco se levantó del sillón y se acercó hacía mí.

Una gota de sudor recorrió mi frente… muchas eran las veces en las que había sufrido su ira por no lograr cumplir sus deseos… pero normalmente su furia no tardaba en aparecer. Usualmente un látigo aparecía en su mano tan rápidamente que cualquiera se preguntaría de donde lo había sacado y no perdía un momento en dejarme en claro quien estaba al mando. Sin embargo, esta vez se la notaba completamente calma y serena… en total control de la situación. Mientras la veía acercarse, me di cuenta que hubiera preferido haber recibido cien latigazos a tener que esperar los cinco segundos que tardó en llegar hasta mí… ni cien azotes me hubieran sumido tan completamente bajo su poder como lo había hecho el simple hecho de avanzar silenciosa y fríamente hacía mí. Nunca antes me había sentido tan débil y sumiso… como un perro que espera el inevitable castigo de su Amo sabiendo que había roto las reglas de la casa.

Tras lo que pareció una eternidad se detuvo a pocos centímetros de mi rostro, que a estas alturas ya se encontraba blanco de miedo: “De rodillas”. Sabiendo que cuanto más tardase en obedecerla más empeoraría mi situación, rápidamente me arrodillé, sumiso, frente a ella, clavando mi vista en el piso en un esfuerzo inútil para evitar enfurecerla aún más.

“¿Sabes lo que acabas de hacer?”. Sabía que era una pregunta retórica pero también sabía que esperaba una respuesta. “Sí, Ama” respondí forzando mi voz para sonar tan obediente como pude. “Tu responsabilidad era limpiar el living, creí que era una tarea lo suficientemente sencilla hasta para alguien como tú….” Una ligera pausa me indicó que esperaba una respuesta “Lo sé, Ama, lo siento”. Tras un ligero suspiro sus hermosos labios continuaron explicándome lo que había pasado, como una madre que explica a su hijo pequeño porque no puede dibujar las paredes: “En vez de eso, tiraste mi silla y lo que es aún peor, arrugaste mi remera favorita.”

Sin pensar repliqué “Lo siento, Ama, es que no pude evitar tropezarme con los tacos y…” pero no me hacía falta ver su rostro para entender que acababa de cometer un grave error, le había faltado el respeto hablándole cuando no me correspondía... Me encontraba tan asustado que hasta deje de sentir el dolor al que los zapatos sometían a mis pies. “En cuatro”. Sin perder un momento solté el plumero que aún llevaba en la mano y puse las manos en el suelo, sin dejar de mirar el piso. “Parece que aún crees que puedes levantarme el tono de voz” dijo suavemente. “Lo siento, Ama. Juro que no volverá a suceder” dije dolorosamente, sabiendo a donde iba la situación.

Su voz cambió a un tono conciliador y relajado “Debes comprender que si te dejase pasar algo así, no podría esperar que aprendas tu lección. Después de todo hay gente que solo aprende a comportarse tras sufrir las consecuencias de sus actos, ¿lo entiendes?”. “Sí, Ama” respondí obediente. “Me estoy tomando el trabajo de entrenarte y ayudarte a mejorar tu comportamiento. Deberías estar agradecido” me reprochó. “Lo sé, Ama. Muchas gracias por su ayuda”.

Escuché sus pasos alejarse y espere sin mover un músculo, mientras mi mente se agitaba pensando en lo que vendría. Luego de pocos minutos la escuche volver. “Mira esto”. Habiendo recibido permiso, levanté finalmente la vista del piso de madera y observé lo que mi Ama sostenía en las manos. “Esta es mi nueva paleta. La conseguí la semana pasada, ¿no te parece que es linda?” dijo con una sonrisa casi infantil en su rostro. En su mano vi una paleta rosa, que medía cerca de treinta centímetros y estaba decorada con tachas en el mango, mientras que de la punta sobresalían varios corazones de color fucsia. “Sí, Ama, de verdad es preciosa”.

“Pues mejor que te guste, porque con esto te enseñaré a comportarte como debes” dijo sin dejar de sonreír. El hermoso diseño de la paleta y la actitud casi infantil de mi Ama mientras me explicaba mi castigo casi me hicieron olvidar la situación en la que me encontraba. “Ahora date vuelta”. Torpemente giré sobre mí mismo hasta estar mirando en la dirección opuesta a ella. “Ahora sácate la tanga”. Mis manos fueron inmediatamente hacía mi espalda, contento de por lo menos poder quitarme finalmente el traje cuando escuché su voz como un cuchillo “No dije nada del vestido”.

Maldiciendo mi suerte, me bajé la tanga y corrí la pollera del vestido sobre mi espalda, quedando a la vista de cualquiera que quisiera verme. La vergüenza que sentí, en cuatro patas, vestido así y al descubierto, enrojeció completamente mi cara. Nuevamente no pude evitar pensar que estaba en la misma posición en la que muchas veces soñé ver a mujeres frente a mí… y mi humillación no dejaba de crecer.

Sin previo aviso sentí un agudo golpe dirigido directamente hacía mí. Me tomó tan desprevenido que no pude evitar ahogar un grito de dolor. “Vamos, solo ha sido el primero. ¿Además de todo eres un llorón?” se burló mi Ama mientras disfrutaba viendo como cambiaba el color de mi cola. Luego cambió súbitamente el tono de voz “Solamente quiero que entiendas que hay cosas que no puedes hacer, ¿entiendes?”. Estaba a punto de contestar la pregunta cuando de nuevo la paleta me golpeó, casi haciéndome tragar la lengua del dolor. No sabía cuanto más podría soportar. Lentamente se acercó a mí y susurró a mi oído: “Ahora quiero que cuentes los golpes, para que entiendas tu lugar”, nunca la había escuchado hablar con un tono de voz tan calmado y dominante a la vez. “Sí, Ama”.

“Así me gusta” dijo con una sonrisa, “¿Ves lo fácil que es satisfacerme?” dijo poco antes de alejar su cara de mi oído y volver a golpearme sin aviso. Tal fue el dolor que estuve a punto de olvidarme de mi tarea. “Uno” conté, escuchando el dolor en mi propia voz.

            “Ese es un buen chico”, escuché la voz de mi Ama felicitándome justo antes del próximo golpe. “Dos”. El siguiente impacto fue tal que sentía que incluso las apretadas medias de comenzaban a rodar por mis piernas. Sabía que apenas empezaba y ya creía que no podría aguantar más. Sentía que debía estar rojo de dolor cuando escuché la voz tierna y comprensiva de mi Ama “Vamos, no te preocupes, todo va a estar bien” dijo con una sonrisa mientras me acariciaba el pelo desde atrás, como a un perro castigado. “Después de todo, si quieres seguir siendo mi sirviente tienes que ser responsable y hacerte cargo de tus errores”. “Sí, Ama” dije con renovadas fuerzas tras escucharla darme ánimos para cumplir mi castigo. “Tres” dije soportando lo mejor que pude un nuevo golpe. “Cuatro, cinco, seis”. Ya sentía que los corazones de la paleta se iban marcando lentamente en mí, a medida que pasaba el tiempo los golpes se hacían más fuertes y seguidos. Pero aunque en mi cuerpo el dolor seguía creciendo, mi mente ya se encontraba en paz. Porque finalmente entendí lo que mi Ama me quería hacer entender.

            Entendí que estaba dando su mejor esfuerzo en entrenarme y me di cuenta que me estaba dando un honor al castigarme con su paleta. Entendí que, pese a que cada golpe aumentaba más el dolor de mi cuerpo, al mismo tiempo mejoraba mi espíritu, me ayudaba a crecer… a mejorar por dentro y fuera para poder servir más fielmente a mi Ama y adorarla como se merece. Y esos pensamientos me dieron la fuerza que necesitaba para poder aguantar la lluvia de golpes, cada uno más fuerte que el anterior, sin dejar de contar ni uno solo. Porque ese era mi merecido y debía entenderlo, porque con cada golpe me volvía un mejor esclavo para Ella. Y así es como pude soportar lo suficiente hasta llegar a contar el número cincuenta, luego del cual finalmente mi castigo terminó.

“Eso será suficiente por hoy, y espero que hayas aprendido tu lección… porque sino la próxima vez el castigo será tan duro que me rogarás de rodillas que vuelva a sacar mi paleta”. Mi cuerpo se encontraba completamente exhausto, luchando para poder mantenerme consiente… y una fuerte sensación de impotencia y debilidad me inundó completamente, haciéndome sentir tan humillado por el castigo como orgulloso por haberlo podido soportar. Después de todo, había podido aguantar como debía y hacerme responsable de mis errores, justo como mi Ama me había ordenado. Pese a todo, había podido enmendarme y ahora estaba un paso más cerca de ser el sirviente que Ella se merece… no pude evitar sonreír de felicidad.

Tanteando con mi mano pude sentir un gran número de corazones que se habían marcado a la fuerza en mí… con cada golpe, mi Ama había dejado su marca en mí... Ahora podría llevarla orgulloso, pensé más satisfecho que nunca.

La vi alejarse hacía su cuarto y utilizando mis últimas fuerzas logré articular una última pregunta en voz alta “Lo siento, Ama pero… ¿puedo tirarme aquí?”. Sin darse vuelta escuché su voz angelical responder “Si no hay más remedio… pero no se te ocurra hacer ruido, perro. Voy a estar ocupada” dijo mientras se alejaba, tan hermosa como enorme a mis ojos. “Muchas gracias, Ama” dije mientras me desplomaba sobre el suelo, sucumbiendo finalmente al dolor y al cansancio. Mi cuerpo no soportaba más pero no podía estar más feliz… Justo antes de desmayarme sobre el piso un último pensamiento cruzó mi mente… “Me pregunto… ¿Qué tendré que hacer la próxima vez?”.

 

v 2.5b