Tras haberme hecho objeto de tan enorme reprimenda, volvió a tumbarse en el diván y comenzó a masturbarse, esta vez sin mi ayuda. Yo me sentí profundamente dolido por haber recibido aquella crítica tan dura, pero lo cierto era que mi excesivo ímpetu me había hecho perder una oportunidad de oro para ganarme el favor de mi Ama. Ahora, solo podía quedarme allí mirando sin intervenir. Ignorado, excluido, apartado de su lado por mí falta de empeño. De todos los martirios a los cuales me había sometido hasta el momento, aquel era el más difícil de soportar. No obstante, no me fue posible dedicar demasiado tiempo a ese tipo de pensamientos, ya que, hizo su aparición un nuevo problema que reclamó toda mí atención de forma inmediata.
El verme menospreciado de aquella manera había provocado que mí excitación, ya de por sí elevada, alcanzara cotas inimaginables y, al poco rato de permanecer allí encerrado, mi pene se empeñó en demostrarlo. El contemplar como mi Ama toqueteaba su sexo presa de su desenfreno, no ayudó a mejorar la situación. Sentí como las púas de aquel objeto que me aprisionaba se clavaban en mis carnes con una presión que iba en aumento a cada momento que pasaba. Por todos los medios traté de relajarme pero, por el contrario, lo único que conseguí fue que mis músculos anales comenzaran a contraerse con súbitos y sorpresivos espasmos. Debido a esta circunstancia, aquel objeto que mi señora me había insertado en el recto como símbolo de mí condicionamiento comenzó a escurrirse hacia el exterior y, aunque hice todo lo posible por retenerlo, en cuanto su parte más ancha estuvo fuera, se deslizó con rapidez hasta que cayó suavemente sobre mis tobillos. Ni cien cilindros colocados alrededor de mi polla hubieran conseguido el mismo efecto pues, al instante, aquel inminente intento de erección se esfumó sin más.
No sabía muy bien que hacer. Desde luego, no debía de interrumpir a mi Ama, sobre todo ahora que parecía haberle encontrado el punto a su personal disfrute, y menos teniendo en cuenta que me estaba totalmente prohibido hablar sin su consentimiento. Pero, por otro lado, tal vez se disgustaría cuando comprobase que había sido incapaz de permanecer tal y como ella me había dejado. Así que, intenté recoger aquel pequeño dildo para volver a introducírmelo yo mismo y poder aparentar que no había pasado nada. Con los dedos traté de alcanzarlo y llegué a rozarlo en un par de ocasiones, pero me resultó imposible agarrarlo con firmeza. Al final, terminó cayéndose al suelo, alejándose definitivamente de mi alcance. Ahora, solo podía esperar los acontecimientos y aguardar con serenidad la reacción de mi señora.
Entre tanto, mí Ama había continuado tocándose lascivamente hasta alcanzar un impresionante orgasmo, a juzgar por la violencia de sus estremecimientos y el volumen de sus gemidos. Permaneció un rato tumbada mientras se relajaba de tan sublime experiencia y disfrutaba de las sutiles ondas de placer que todavía recorrían su cuerpo. Para cuando, por fin, volvió a ser dueña de sí misma, se incorporó levemente y me lanzó una mirada llena de enojo.
- Me a costado un huevo volver a centrarme, cabrón. – sentenció con enorme irritación. – Se acabaron las buenas maneras. Prepárate para recibir una lección que nunca olvidarás.
Se levantó y, con paso firme y decidido, se aproximó a la jaula y me sacó de ella con evidente arrojo. En cuanto me tuvo fuera, no tardó ni un segundo en percatarse de la presencia, en el suelo, del objeto que ella había dejado guardado en otro sitio.
- Pero… ¿¡qué significa esto!? – interrogó mientras recogía el dildo con a mano.
- Mi señora. Yo… - traté de explicarme.
- ¡Silencio piojoso! – explotó encolerizada. – Ahora si que la has hecho buena. ¡De rodillas!
Obedecí sin rechistar y adopté la posición exigida con prontitud.
- Que tú cabeza toque el suelo. ¡Vamos! – añadió impaciente.
Así lo hice y, sin transición alguna, mi culo fue azotado sin piedad por aquella fusta que ya comenzaba a ser una vieja conocida. Cuando mi Ama se dio por saciada, colocó en mis tobillos unos arneses y fijó a ellos un listón de madera de, aproximadamente, medio metro; de tal modo que mis piernas quedaran separadas esa distancia y, a mí, me resultara imposible juntarlas. Seguidamente, cogió el extremo del cordel que mantenía aprisionados mis testículos y prendió de él una especie de goma elástica para, a continuación, pasarla por detrás del listón y atarla firmemente a la cadena que unía las pinzas de mis pezones. Cuando todo el conjunto estuvo bien tenso, comprobó su eficacia dando un tirón a mi correa y obligándome a levantar la cabeza del suelo. Sentí como mis tetillas y mis huevos se estiraban al unísono, luchando las unas contra los otros aunque salieran perdiendo a la vez.
- Ya has visto lo que ocurrirá si intentas moverte. – expuso mí señora, no sin cierto deleite. – Así que procura estarte quieta.
Cogiendo un enorme dildo de forma cónica y apariencia cristalina, me lo puso ante la boca y me obligó a chuparlo mientras decía:
- Creo que, en el fondo, no ha sido culpa tuya el haber perdido a su hermano pequeño. El error fue mío, al pensar que sería suficiente para tú dilatado ojete de puta. Pero eso tiene fácil solución.
Se colocó detrás de mí y, suavemente pero con firmeza, fue horadando mi esfínter con aquel instrumento. Lo fue insertando sin pausas, como si quisiera dejar clara su determinación, mientras mi ano se iba expandiendo ante su empuje. Hubo un momento en que pensé que me iba a romper el culo y, sin recurrir a la palabra de seguridad, expresé mis temores ignorando mí voto de obediencia.
- Por favor, mi señora. – supliqué. – Sed clemente conmigo. Prometo mostrarme más aplicado a partir de ahora.
- Demasiado tarde. – sentenció mí Ama. – Debes aprender a afrontar las consecuencias de tus actos.
Y con un último y triunfal envite, me lo metió hasta el fondo dejando clara su autoridad. Una vez que hubo demostrado lo inútil que resultaba negarse a cumplir con sus deseos, comenzó a sodomizarme con aquel objeto. Al principio lo hizo lentamente, mientras mi recto se fue adaptando pero, una vez que se hubo dilatado lo suficiente, inició un frenético mete y saca de intensidad creciente que me descubrió una amalgama de nuevas sensaciones. Estaba muy nervioso y excitado y, aquella situación, me descolocaba por completo. Mi polla comenzó a sublevarse de nuevo y, eran tantos los estímulos que estaba recibiendo mí cuerpo que, no tuve forma de serenarme. Así que, por segunda vez, y en esta ocasión de un modo inconsciente, volví a olvidar la regla y dije:
- Más despacio, mi señora. Os lo ruego.
Ella respondió aumentando, aún más, el ritmo con que me enculaba y, solo cuando me vio a punto de rendirme, se detuvo de golpe dejando el dildo incrustado en mi interior.
- Veo que te gusta mucho darle a la lengua. – dijo con sorna mientras se colocaba de pie frente a mí. – Es una lástima que no la sepas utilizar para otros menesteres. Pero, tal vez yo pueda encontrarle una ocupación más acorde a su categoría.
Y, por enésima vez, abandonó mi campo visual para disponerme, sin duda, una nueva sorpresa. Le llevó su tiempo en esta ocasión y, debido a ello, comencé a notar una cierta angustia. No sería para menos. Cuando regresó, se había colocado en la entrepierna un arnés de cuero con un enorme pollón de látex negro incorporado. Se trataba de una fiel reproducción del órgano sexual masculino con la forma del glande perfectamente definida y que contaba, incluso, con unas abultadas venas que surcaban sus laterales.
- Me parece que, en tú actual posición, le va a resultar un poco difícil a tu boca disfrutar del presente que le he preparado. – argumentó reflexionando en voz alta. – Deja que te ayude a ponerte más cómodo.
Y, cogiendo la correa que estaba unida a mi collar, tiró de mi cuello hacia atrás obligándome a permanecer semierguido. Mis pezones y testículos parecía que iban a salir disparados de un momento a otro y tuve que ahogar la aparición de un grito que, con toda seguridad, hubiera empeorado la situación. Mí señora, mientras tanto, permanecía muy ocupada asegurando mi correa en algún sitio a mis espaldas y, de ese modo, impedirme la posibilidad de reducir la tensión que provocaba aquella cruel ligadura que me había colocado.
- Mejor así, ¿verdad? – se burló con maléfica sonrisa. – Ahora solo tienes que abrir esa bocaza y degustar sin agobios el nuevo atributo de tú Ama.
Cogiendo con una mano aquel descomunal falo artificial, comenzó a golpear mi cara con el mientras me lo restregaba por los labios de vez en cuando.
- Qué, ¿no dices nada ahora? – inquirió henchida. - ¿A qué estás esperando? ¡Cómemela, vamos! No tenemos toda la noche.
Tuve que separar mis mandíbulas hasta casi desencajarlas para poder dar cabida entre mis dientes a tan abultado artefacto. Mi señora, con una mano agarrando su recién estrenado miembro y la otra sujetándome la cabeza, me lo introducía a empellones hasta dejarlo, prácticamente, alojado en la garganta. Envistió mis mejillas desde el interior provocando que mis mofletes se abultaran hacia fuera, víctimas de tan desmesurada opresión. Comencé a segregar saliva de forma desproporcionada y pude notar como me arrollaba por la barbilla formando hilos que colgaban antes de caer al suelo. Para cuando ya llevaba un buen rato realizando aquella felación, mi Ama me introdujo su protésico pene hasta tocarme la campanilla y, taponando mí nariz con sus dedos durante un corto instante (pero que a mí me pareció eterno), me privó del ansiado aire que necesitaba para respirar. En el momento en que comencé a sentir arcadas, lo extrajo produciendo un sonido similar al de una botella al descorcharse. Mis babas impregnaban por completo la superficie de aquel juguete sexual mientras mi señora lo miraba con agrado.
- Creo que tú boca no es lo suficientemente profunda para mi gusto. – dijo con tono perverso. – Tendré que buscar otro agujero que sea más hondo. Y, en esta ocasión, no habrá necesidad de lubricarlo ya que, por una vez, has hecho un buen trabajo.
- No, mi señora. Por favor. – protesté conocedor de sus intenciones. – Es demasiado grande. ¡Me desgarrareis!
- ¡Cállate, zorra! No hay nada demasiado grande para tú culo y yo me encargaré de demostrártelo. Pero antes, habrá que hacer algo para corregir esa manía tuya de hablar sin mi permiso.
Soltó la correa del collar y mi cuerpo cayó pesadamente hacia delante, proporcionando un gran alivio a mis estiradas partes. Apenas había comenzado a reponerme cuando mi Ama me colocó un bocado entre los dientes y lo sujetó a mi cabeza mediante el ceñido correaje que tenía adosado.
- Ahora no podrás hacer uso de la palabra de seguridad. – comentó de pasada. – Pero, si realmente eres incapaz de soportarlo, solo tienes que extender los meñiques para confirmar la pésima opinión que tengo sobre ti.
Se puso detrás de mí y, cogiendo el dildo que me había dejado de recuerdo, profanó un poco más con él mí orificio trasero antes de retirarlo definitivamente. Después, cogió unas largas riendas de cuero negro y las ajustó al bocado por medio de unos enganches.
- Bien. – dijo cuando dio por concluidos los preparativos. – Supongo que, en alguna ocasión, habrás poseído el culo de una chica como si fueras un perro salido. Ahora, voy hacerte descubrir qué es lo que se siente.
Tiró de las riendas hacia atrás y, colocándose a horcajadas, me penetró con dureza hundiendo aquel miembro artificial en mis entrañas.
- Vamos, semental. Veamos como cabalgas.
Tras decir esto, comenzó a sodomizarme con inusitada fuerza mientras mi cuerpo se balanceaba adelante y atrás. Noté como mi recto se iba dilatando con cada nueva inserción y, lo que en un principio pareció que iba a ser un insoportable suplicio, se fue trasformando en una sensación de lo más placentera en cuanto los músculos de mi esfínter cedieron al fin. Mis pezones se estiraban y mis huevos se hinchaban, estaba siendo humillado, sometido, violado y… me gustaba.
Mi Ama me folló a conciencia y, en un momento dado, tuve… ¿cómo llamarlo?, ¿una experiencia próxima al orgasmo tal vez? Como fuera, olas de placer inundaron todo mi ser y, al contrario del gozo que se siente al eyacular, aquella sensación fue más sutil, indefinida pero, a la vez, más duradera. Fue aquel el momento en que mi voluntad se vio quebrada al fin y, sin importarme lo más mínimo mis ligaduras, fui yo el que comenzó a balancearse rítmicamente para acompañar los movimientos de mi señora. Ella se dio cuenta y me enculó entonces con más dulzura mientras retiraba las esposas y soltaba el elástico que tensaba mis testículos. Apoyé mis manos en el suelo y la dejé hacer, ofreciéndole mí culo con total sumisión. Ella era MI AMA. Finalmente lo había comprendido.
Tras desacoplarnos, me quitó el bocado y colocó de nuevo aquel cipote frente a mi boca. No tuvo que decirme nada esta vez. Sin demora alguna, comencé a chuparlo con denuedo mientras observaba la mirada triunfal de mi señora. Puso su mano bajo mi barbilla y me indicó que me levantara con un delicado gesto para, a continuación, retirar todas las prendas y artilugios que me había colocado, a excepción del collar.
- ¿Ves qué sencillas pueden resultar las cosas cuando pones un poco de tú parte? – dijo mientras acariciaba mi piel.
- Sí, mi señora. –respondí convencido.
- Comprobémoslo. – propuso mientras señalaba el suelo con el dedo.
Me puse de rodillas y, a continuación, ella adelantó una de sus botas. Yo me incliné y empecé a lamerla recorriendo toda su superficie con mi lengua, suela incluida. Repetimos la operación con la otra hasta que mi señora se sintió conforme y se alejó de mí en dirección al diván. Se sentó en él y, mientras separaba las piernas, me lanzó una significativa mirada. A cuatro patas me aproximé a ella hasta que mi cara quedó enfrentada a su sexo. No osé ni rozarla hasta que, mirándome a los ojos, dio su beneplácito asintiendo con la cabeza. Solo entonces comencé a lamerla. Estaba dispuesto a no volver a cometer los mismos errores que antes, así que, sustituí el furor por la paciencia y la intensidad por la perseverancia. Me tomé mi tiempo y mi dedicación se vio recompensada cuando mi Ama hundió mi cabeza en su entrepierna mientras me acariciaba el pelo con suavidad.
Aquel fue un instante mágico, donde me fue revelado un nuevo significado de la palabra sumisión. Ser capaz de proporcionar a mi dueña aquella satisfacción, ser yo el motivo de su placer y su deleite, me hizo sentirme orgulloso. Tal vez, con el tiempo, llegara a convertirme en algo indispensable para ella, si ponía el empeño necesario. Tal vez, incluso, llegara a amarme como yo sentía que la amaba en aquel preciso momento. ¿Quién sabe? Una nueva senda se había abierto delante de mí aquella noche y apenas había empezado a recorrer el camino.
Tan distraído estaba inmerso en mis pensamientos que, cuando me quise dar cuenta, mí señora se estaba corriendo ante mí entre ahogados jadeos y leves convulsiones.
- No pares todavía. – dijo reteniéndome con sus manos. – sigue un poco más. Así. Asiiií...
Alcanzó el éxtasis por segunda vez y, en esta ocasión, había sido solo gracias a mí.
Se recostó en el diván y yo me quedé observándola allí tumbada sin moverme. Mi señora, mi dueña, mi diosa. ¡Qué hermosa visión ofrecía!
Después de haber descansado un poco, giró su cabeza hacia mí y, mientras pasaba el dorso de su mano por mis mejillas, me dijo con los ojos aún vidriosos por el esfuerzo:
- Tú adiestramiento me ha dejado agotada. Pero aún hay una última cosa que debes hacer para demostrarme tú total sumisión. ¿Estás dispuesto para afrontar tú última prueba?
- Sí, mi señora.- contesté sin dudarlo.
Se levantó y me hizo una seña con el dedo para que la siguiera. Atravesó la habitación hasta colocarse al lado del cepo y, tras levantar la parte superior, me indicó que me pusiera de pie y colocara mi cuello y muñecas en los entalles que había realizados a tal efecto. Después, lo cerró sobre mí y lo aseguró con un candado para evitarme posibles tentaciones y, tras dejarme inmovilizado, se alejó un momento y regresó con un bote vaselina. Lo destapó y, tomando una generosa porción de su interior, comenzó a untarme el culo con ella. Me hizo separar un poco las piernas para que la zona fuera más accesible y, sin que ninguno de los dos pronunciáramos una sola palabra, empezó a introducirme lo dedos con gran habilidad. Fue moviéndolos, girándolos, insertándolos de diversas formas, buscando el ángulo más apropiado mientras iba aumentando su número. Dos, tres, cuatro, cinco, aquella cavidad ya había sido muy trabajada durante la noche y eso se notaba. Así que, cuando la palma de su mano se dispuso a pasar, solo hubo de vencer una leve resistencia. Mi ojete se cerró en torno a su muñeca y, entre tanto, a mí me seguía pareciendo imposible que su mano pudiera estar en mí interior.
- Muy bien. – dijo mí Ama complacida. – Este es el modo en que quiero que te comportes. Con docilidad. Y, para que veas que merece la pena mostrarse ante mí de ese modo, voy a ofrecerte una pequeña recompensa.
Con la mano que le quedaba libre agarró mi polla, que sorprendentemente había aprendido a permanecer flácida, y comenzó a meneármela con suavidad.
- Vamos. Haz que se empine. Quiero ordeñarte como a una vaquita.
No hizo falta que me lo repitiera, mi verga se puso tiesa en apenas unos segundos mientras su mano me la agitaba arriba y abajo. Una especie de corriente eléctrica recorrió mi espina dorsal cuando, la combinación de estímulos que mi señora me estaba aplicando, se fue entremezclando hasta constituir una única y sublime sensación. Mi corazón latía desbocado, abrumado como estaba por tantas emociones, y de mi boca empezaron a escaparse unos discretos jadeos, a pesar de permanecer con los labios bien apretados.
- No lo reprimas. – autorizó mi dueña.- Quiero oírte gemir como la putilla que eres.
Mis gritos de placer fueron inundando la estancia mientras mi Ama aumentaba el ritmo de ambas manos, llevándome al límite del estremecimiento. Estaba al borde de un enfermizo estado de frenesí, a punto de explotar, incapaz de soportar por más tiempo tanto goce cuando, de forma súbita y abundante, eyaculé embargado por un placer indescriptible.
- Umm, sí. Eso es. – le oí decir a mí señora como si estuviera a kilómetros de distancia. – Muy bien. Derrámala toda. Así.
Me extrajo la mano del culo y me estuvo masajeando los huevos y mí palpitante miembro durante un ratito, mientras mis piernas temblaban sumidas en una repentina debilidad. Como remate final, se puso en cuclillas detrás de mí, colocó mi polla ligeramente inclinada hacia atrás y me la chupo con deleite. No mucho tiempo, apenas unos segundos, pero fue suficiente para hacerme vibrar de pies a cabeza.
- No te acostumbres. – dijo mientras volvía a ponerse de pie y retiraba el candado del cepo.- Esta última caricia no es normal que la otorgue y, si me he decidido a concedértela esta noche a sido, solo, como una especie de gesto de bienvenida.
Levantó el cierre que me mantenía preso y, con un suave cachete en la nalga, me indicó que me irguiera.
- ¿No habrás pensado dejar en el suelo esa porquería, verdad? – cuestionó señalando el charco de semen que se extendía ante mí.
Me arrodillé para limpiarlo y, con mi lengua, recogí hasta la última gota, borrando así cualquier prueba que pudieran dejar mis infames fluidos. Entre tanto, mi propietaria volvió a colocarme la correa y, cuando lo estimó oportuno, me hizo levantarme.
- Tú Ama necesita descansar. Me has dejado agotada a causa de tú inicial rebeldía. – dijo aparentando desinterés. – Pero, como al final te has portado bien y esta es tú primera noche como esclavo, no voy a ser demasiado dura contigo y dejaré que duermas a mi lado.
Me sujetó por la correa y la seguí dócilmente por la habitación mientras ella iba apagando, una a una, las velas que habían dado luz a mi iniciación. Después, bajé tras ella las escaleras y, una vez en el dormitorio, aguardé sus instrucciones. Señaló una alfombra que había al lado de la cama y, con resuelta prontitud, me tumbé sobre ella. Cuando estuve en el suelo, ató mi correa a una de las patas del cabecero y, a continuación, entró en el baño dejando la puerta abierta. Pude ver como se desnudaba y se metía en la ducha, consciente de que esa era su intención. Oí correr el agua y sentí celos de aquel líquido que ahora acariciaba su cuerpo recorriendo su suave piel en toda su extensión. Se me hizo insoportable el tiempo que permaneció alejada de mí.
Cuando, ya fresca y aseada, volvió a salir, llevaba puesto un sensual y elegante camisón de seda negra. Abrió la cama y se sentó en ella colocando sus pies frente a mis labios. Se los besé con dulzura y ella pasó su mano por mi espalda como si fuera un mastín.
- Buenas noches, esclavo. – dijo mientras se arropaba. – Procura descansar.
Apagó la luz y oí como se movía, buscando la postura que le resultara más cómoda.
Allí a oscuras, a los pies de mí Ama, pasé el resto de la noche sin ser capaz de pegar ojo. Estaba terriblemente cansado y dolorido, pero la ansiedad y la excitación que me dominaban hicieron imposible que conciliara el sueño. ¿Quién me iba a decir, cuando estaba aún en mi casa preparándome para mí cita, que aquella velada terminaría de aquel modo? ¿Quién hubiera sido capaz de aventurar que iba a toparme de bruces con aquel hallazgo inesperado? <<Ten cuidado con lo que deseas…>>, dicen algunos, y que razón tienen. De todas maneras, mis expectativas se habían visto superadas en todos los sentidos, incluso transgredidas en algunos aspectos, pero me alegraba de que así hubiera sido. Estuve pensando en ello toda la madrugada y el alba me sorprendió anunciando su llegada por entre los resquicios de las persianas. No me importaba, no tenía ningún compromiso para aquel nuevo día. Ninguno, salvo complacer y servir a mi dueña, pues estaba decidido a ponerme a su servicio si ella me lo permitía. Aceptaría de buen grado todas sus órdenes y me sometería por completo a su voluntad. Ella me había demostrado que sabría ser magnánima cuando yo lo mereciera. Así que, no tuve que pensármelo dos veces a la hora de contestar con un diligente <<Sí, mi señora>> cuando mi Ama se despertó y me dijo:
- ¡De rodillas, perro!