ESCLAVO DE LAS AMAZONAS
I
Las dos jóvenes cazadoras me condujeron a la habitación de la reina.
Las muchachas vestían ropas de cuero muy suave: cortos vestidos ceñidos a la cintura por un delgado cinto, y sandalias que se ajustaban a sus fuertes pantorrillas por medio de delgadas tiras que trepaban casi hasta las rodillas. Sus ojos brillaban de alegría; sus rostros reflejaban entusiasmo y satisfacción.
Yo, por el contrario, estaba completamente desnudo, con la excepción de las correas de cuero que me ceñían ambas muñecas, los tobillos, y el cuello. Cada una de estas correas tenía una argolla de hierro. Las de las muñecas estaban unidas entre si por medio de un candado que mantenía juntas mis manos por delante de mi cuerpo, manos con las que intentaba cubrir mi sexo. Una cadena enganchada a la argolla del collar servía para que una de las muchachas, tirando de ella, me guiara. La otra venia por detrás, con una fina fusta. Sin embargo, yo no me sentía capaz de oponer ningún tipo de resistencia. Mi mirada permanecía baja; la vergüenza y la humillación me embargaban.
La reina, una hermosa mujer de largo y ondulado pelo castaño, descansaba leyendo en su cama, vestida apenas con un finísimo camisón de seda, cuyo amplio escote dejaba entrever sus hermosos pechos. La cama de madera era alta y amplia; la pared que estaba detrás de la cabecera estaba revestida por un enorme espejo.
Al vernos llegar, la reina levantó apenas la vista de su libro y esbozó una sonrisa de aprobación. Hizo una casi imperceptible señal con su cabeza; las muchachas me hicieron ingresar entonces en la gran alcoba, y me llevaron hasta un preciso lugar situado a unos pocos pasos frente a la cama. Una cadena colgaba allí de una roldana fijada en el alto techo; el otro extremo estaba sujeto a un gancho en la pared.
La joven que me llevaba de la cadena unió el último eslabón de la misma al extremo de la cadena colgante, por medio de un mosquetón. Luego desprendió la cadena de mi cuello y la sujetó al candado que mantenía unidas mis muñecas. Simultáneamente, la otra joven fijó las correas de mis tobillos a dos argollas que estaban fijadas en el suelo, separadas entre si por una distancia aproximada de medio metro. De esta forma, quede con mis piernas abiertas e inmovilizadas. La primer muchacha tomó entonces el otro extremo de la cadena que pendía de la roldana, lo sacó del gancho que la trababa, y comenzó a tirar de el, con la intención de izar mis brazos. Al sentir que mis manos eran alzadas, comprendí que mi sexo quedaría expuesto a la mirada de la reina, y quise resistirme. Pero un certero fustazo que quemo mis nalgas me sorprendió, haciéndome ceder, y mis brazos fueron estirados hacia arriba, hasta el punto de casi obligarme a estar en puntas de pie. La cadena fue entonces fijada nuevamente a su gancho en la pared. Me sentía atemorizado y humillado; no podía siquiera imaginar que harían conmigo. Sin embargo, el cosquilleo de una extraña excitación recorría mi cuerpo.
Sentí, y pude ver en el espejo que estaba frente a mí, que mi sexo comenzaba a erguirse, multiplicando mi vergüenza.
Al notar esto, las muchachas comenzaron a reír y a hacer alegres comentarios.
La reina seguía apenas estos movimientos desde su cama, mas interesada al parecer en su lectura, que interrumpía de vez en cuando para dirigir una sonrisa a las jóvenes cazadoras.
En un momento creí percibir que clavaba en mí su profunda mirada y me sonreía de forma misteriosa. Yo, turbado, aparté enseguida mi vista de sus ojos.
Cuando estuve listo, absolutamente inmovilizado, con las piernas abiertas, los brazos estirados y mi desnudez completamente expuesta, la reina dejó el libro y se incorporó en la cama, sentándose contra los almohadones del respaldo. Hizo una nueva seña de asentimiento, indicando a las muchachas que prosiguieran con una rutina que evidentemente conocían muy bien.
Una de ellas se arrodilló junto a mí, tomó con su mano derecha mi sexo ya completamente erecto y con su lengua lamió suavemente la punta. La otra joven, parada detrás mío, recorría la estirada piel del costado de mi cuerpo y de mis brazos, de mi espalda, de mis nalgas, con sus afiladas uñas. Mi vergüenza y mi excitación aumentaban, y la imposibilidad de moverme intensificaba tremendamente las sensaciones, hasta hacerlas casi insoportables.
En un determinado momento, la muchacha que estaba detrás mío paso una mano por entre mis piernas, y tomo fuertemente mis testículos. Luego fue retirando la mano hacia atrás con sus dedos estirados. Su dedo mayor recorrió el surco entre mis nalgas hasta encontrar el orificio escondido. Dobló el dedo hacia delante y comenzó a presionar, intentando vencer la resistencia que yo oponía contrayendo mis glúteos. Todo mi cuerpo se arqueó hacia adelante, buscando inútilmente escapar de la fina punta que quería hundirse dentro mío. Entonces ella, con el índice y el pulgar de su otra mano formo un anillo con el cual tomo mi pene erecto, y con un rápido movimiento tiro de la tensa piel hacia atrás, descubriendo la cabeza de mi sexo. Yo, instintivamente, quise retirar mi pelvis: su dedo penetro entonces profundamente en mi trasero. Ella lanzó una sonora risotada de victoria; luego, sin retirar las manos de donde estaban, comenzó de a poco a crear con ellas un enloquecedor movimiento de vaivén de mi cintura, empujando primero con la mano de atrás, llevando mi sexo hacia la boca de su compañera que seguía arrodillada frente a mi; luego con la otra en dirección contraria, hacia su dedo que se había clavado en mi interior. Yo sentía como mi sexo, al deslizarse ida y vuelta por el ceñido anillo de sus dedos, se hinchaba cada vez mas, mientras mi culo se apretaba para detener la penetración. Mi cuerpo se tensaba más y más. Pude ver en el espejo mi rostro enrojecido, y aunque apretaba mis dientes, algún gemido escapo de mi garganta.
Justo cuando creía que me seria imposible resistir un segundo mas, la joven retiró sus manos. Me había llevado con precisión hasta mi límite, y con aguzada percepción se había detenido en el momento exacto. Un instante más y yo me habría derramado delante de ellas, lo cual me había sido prohibido. Yo jadeaba agitadamente; sentía que oleadas de calor recorrían mi cuerpo encadenado. Mi cintura seguía moviéndose hacia atrás y hacia delante, copulando con el aire, buscando un clímax que se me negaba deliberadamente.
Las dos muchachas, satisfechas, intercambiaron alegres palabras, que no pude comprender. Entre risitas contenidas, mirándome con ojos burlones, se alejaron de mí, que temblaba de deseo, y se retiraron de la habitación.
Comprendí que mi cuerpo ya no me pertenecía; eran mis captoras quienes podían manejarlo a voluntad, accediendo libremente a mis partes más íntimas, excitándome sin concederme alivio.
La reina, adivinando mi pensamiento, me dirigió una amplia sonrisa; sus ojos parecieron brillar. Luego, se recostó nuevamente, y retomó su lectura.
II
Después de un tiempo que me pareció interminable, la reina dejó su libro y me miró. Al comprobar que aún tenia el sexo erecto y la cara enrojecida por la excitación, sonrió complacida. Lentamente comenzó a acariciarse los pechos y a recorrerse los labios con su lengua, mientras me miraba provocativamente. Metió un dedo en su boca, y después lo llevó por debajo del camisón hacia su pubis. Así prosiguió por un largo rato, sin apartar nunca sus ojos de mí.
Luego chasqueó los dedos y una guardiana, ataviada con ropas de cuero negro más severas que las de las cazadoras, apareció en la habitación. Vestía un apretado corset que hacia surgir sus senos por sobre el escote y marcaba exageradamente su fina cintura; llevaba un brevísimo slip, que apenas la cubría por delante, y se transformaba en una delgada cinta por detrás, y calzaba altas botas de taco aguja.
Sin esperar instrucciones, se dirigió hacia mí y me colocó un apretado cinto, que en su parte posterior tenía una argolla de hierro. Luego, desengancho la cadena de la pared y, soltándola lentamente, me permitió bajar los brazos. Se acerco a mí y con gran destreza y velocidad, desprendió el candado que mantenía unidas mis muñecas, llevo mis manos detrás de mi espalda y volvió a prenderlas. Luego se acuclilló, desprendió mis tobillos de sus fijaciones al suelo, y los unió entre si con una corta cadena. Prendió una correa de fino cuero en la argolla del collar, con la cual me condujo lentamente (yo podía tan solo dar cortos pasos debido a la cadena que unía mis piernas) hasta el borde de la cama de la reina. Allí, con una firme presión sobre los hombros, me obligó a ponerme de rodillas. Desprendió la cadena de mis tobillos y unió ambas tobilleras con un candado. Sin embargo, no lo cerró todavía: enganchó el primer eslabón de la cadena en el candado, hizo pasar la misma por la argolla posterior del cinto, y luego volvió a engancharla ajustadamente por el otro extremo al candado de los tobillos, el cual ahora si cerró con un preciso click. De esta forma, quedé inmovilizado de rodillas, imposibilitado de incorporarme, con las manos sujetas a la espalda, y mi cara a la altura del borde de la alta cama.
La mujer había realizado todas estas maniobras con rostro serio y concentrado. Después de cerciorarse que todas las ataduras estaban firmes, se retiró tan discretamente como había aparecido.
La reina entonces, se sentó en el borde de su lecho, con sus piernas a ambos lados de mi cuerpo. Con sus manos tomó mi cabeza, y revolvió traviesamente mis cabellos. Luego, sujetándome por las mejillas, me obligo a que la mire a los ojos. Por primera vez rompió el silencio:
-“Sos un esclavo muy hermoso. Me encantan tus ojos celestes...” dijo con voz entre ronca y suave. –“veamos que te han enseñado mis muchachas...” continuó. Al ver que mi boca se entreabría como para decir algo, ella colocó su dedo índice sobre mis labios, y frunció sus cejas, recordándome con este gesto la prohibición de hablar que me había sido impuesta. Acto seguido, se levantó el fino camisón, bajo el cual estaba desnuda, y tomando la correa que pendía de mi cuello, me obligo a colocar la cabeza entre sus muslos.
Comprendí lo que debía hacer, y con mi lengua busque tímidamente la ardiente y húmeda hendidura hacia la que era firmemente guiado por las manos de mi dueña. El fuerte perfume del sexo, el sabor de su jugo, el calor que emanaba, inundaron mis sentidos e hicieron que mi lengua, mis labios, mis dientes, comenzaran a explorar con avidez desesperada. La tremenda excitación que habían provocado en mí las cazadoras hacía que, con multiplicado ardor, tratara de complacer a mi ama, con la ilusión de que ella me premiaría permitiéndome por fin acabar.
La reina, soltando un gemido, dijo: -“…despacito...así, así...”
Recostó su espalda sobre la cama, y con sus pies atrapo mi sexo, mientras con sus manos apretaba mi cabeza sobre su vientre, alentándome a buscar con la lengua más y más profundamente...
De repente se incorporó, me tomo del cabello, y me hizo retirar mi cara mojada de entre sus piernas. Inclinándose sobre mí, me ofreció sus hermosos pechos, que sostenía con sus manos, para que besara y lamiera los erectos pezones. La piel de sus senos comenzó a erizarse, y la reina gimió nuevamente.
Un momento después, se acostó sobre la cama.
La guardiana, adivinando el deseo de su reina, apareció inmediatamente para liberar mis tobillos. Tomándome de la correa, hizo que me incorpore, y me condujo hacia el otro lado de cama. Allí, con la increíble velocidad que había demostrado en las anteriores maniobras, quitó la correa del collar, desprendió el candado que sujetaba mis manos detrás de mi espalda, y volvió a sujetarlas por delante. Luego, me acostó con los brazos estirados hacia atrás, y fijó el candado que unía las muñequeras a un gancho en uno de los barrotes de madera del respaldo de la cama. Enseguida hizo lo propio con mis piernas: unió las tobilleras con un candado, que a su vez sujetó a una cadena que estaba fija al otro extremo de la cama. Colocó entonces un almohadón debajo de mi cabeza, y por último, tomó un cordel con el que ató fuertemente entre si los dedos gordos de mis pies. Toda esta compleja serie de operaciones demoraron apenas un instante en las expertas manos de la guardiana, que volvió a desaparecer como por arte de magia.
continúa