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Esclavo de las Amazonas caps. 3 y 4

Calificación del relato

(2)
Autor: elaberg
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Promedio de 5.0 puntos
Enviado el 28 de oct de 2009

Completamente inmovilizado en esta nueva posición, estirado sobre la cama, con el  sexo apuntando hacia arriba y latiendo como si tuviera vida propia, estaba listo para la última parte, la más difícil, de mi primera sesión junto a mi ama.
Ella se quito el camisón, y se sentó a horcajadas sobre mi pecho.
Frunciendo sus cejas, y levantando su dedo índice, en un gesto entre severo y divertido, me dijo:
-“Recordá que tenés absolutamente prohibido acabar, a menos que yo te lo ordene”.
Incorporándose sobre sus rodillas, llevo los labios de su sexo hacia mi boca, dándome un beso húmedo y caliente. Luego volvió a sentarse sobre mi pecho, apoyó sus brazos a ambos lados de mi cabeza, y, deslizando su cintura hacia atrás, arrastrando su pubis por mi tensa piel, colocó sus pechos en mi boca para que se los lamiera nuevamente.
Yo sentía como el ávido sexo de mi dueña iba recorriendo mi cuerpo, como una brasa ardiente, desde mi pecho hacia mi cintura, inexorablemente hacia su destino, dejando un húmedo rastro, y me retorcía ante las sensaciones cada vez mas intensas. Pero las fuertes ataduras de cuero y hierro, y el peso del cuerpo de  la reina sobre el mío, hacían imposible cualquier movimiento. Mi sexo había llegado a su máxima erección, y se movía  palpitando al compás de la sangre que bombeaba mi excitado corazón.
Pensé que me seria imposible cumplir con el severísimo mandato que se me había impuesto. No debía acabar. Trate de concentrarme en otra cosa para poder desacelerar la vertiginosa espiral de excitación que me inundaba.
Entonces, mi mente voló lejos, y me llevo atrás en el tiempo, hasta el día en que había sido capturado.
Me vi a mi mismo extraviado en la llanura que sabía prohibida; vi nuevamente a las dos amazonas que, montadas en sus caballos, galopaban decididamente hacia mí. Reviví todo lo ocurrido: mi carrera desesperada intentando escapar, el lazo certeramente lanzado que se cerró alrededor de mis piernas, haciéndome caer boca abajo. La mujer que me había enlazado permaneció en su caballo, tirando de la cuerda que aprisionaba mis pantorrillas, para no dejar que me incorpore. La otra desmontó rápidamente, cuchillo en mano, y se sentó sobre mi espalda. Me tomó de los pelos, y coloco el filo de su arma sobre mi garganta. Creí que era mi fin. Sin embargo, al comprobar que no me resistía, tomo una soga que llevaba en la cintura y me ató las manos;  me hizo estirar los brazos, y sujeto la cuerda a una improvisada estaca de madera que clavó en el suelo. La otra mujer desmontó entonces, y al igual que su compañera, ató el lazo a otra estaca. Al verme completamente dominado, las dos muchachas se abrazaron y festejaron con risas su exitosa cacería.
Todo había sucedido con increíble rapidez .Yo, a pesar de ser más fuerte, nada había podido hacer ante la agilidad y destreza de las jóvenes mujeres. Ahora estaba inmovilizado por las fuertes ataduras, completamente a merced de mis captoras, temblando de miedo, preguntándome que iría a sucederme. Lejos estaba de imaginar siquiera mi destino.
Después de un rato de descanso, las muchachas se me acercaron. Quitaron  el lazo de mis tobillos y me hicieron levantar. Me condujeron bajo un árbol, y ataron la soga que unía mis muñecas a una rama, de manera que mis brazos quedaron estirados hacia arriba; volvieron a atar mis tobillos. Con sus cuchillos practicaron certeros tajos en mi ropa, desnudándome, hasta dejarme solo la ropa interior.
 Las cazadoras se sentaron a la sombra de otro árbol, y mientras comían y bebían las provisiones que llevaban en sus alforjas, me estudiaban, evaluando el valor de su presa, cuchicheaban, reían.
Al rato, una de ellas me acercó a los labios un cuenco con agua, que bebí con avidez. La otra tomó su cuchillo y cortó el costado de mi slip, que cayó al suelo. Mi desnudez quedó así totalmente expuesta ante sus ojos. Yo, humillado, sentía que mi temor comenzaba a mezclarse con una extraña excitación.
Después, una de ellas me colocó un improvisado taparrabos: una cuerda alrededor de la cintura, a la cual  anudo dos puntas de un pequeño triangulo de tela, (obtenida de lo que habían sido mis ropas) que apenas alcanzaba a cubrirme el sexo. A la otra punta, que quedaba colgando, anudo otra cuerda, la cual hizo pasar hacia atrás entre mis piernas, y subiendo por el surco entre mis nalgas, anudó fuertemente a la primera, que ceñía la cintura.
Desataron mis manos, y volvieron a sujetarlas a mi espalda. Me colocaron el lazo al cuello, montaron en sus caballos, y me condujeron así hasta su misteriosa aldea.

IV
 
Un intenso ardor me devolvió al presente: la mujer que tenia montada sobre mi cuerpo había colocado la abertura de su sexo sobre la inflamada cabeza del mío, envolviéndola en un beso húmedo y abrasador. Ella estaba erguida de rodillas sobre mí; su hermoso cabello le cubría los hombros, y con sus manos se apretaba los senos. Con pequeños y rítmicos movimientos hacia arriba y hacia abajo, frotaba su clítoris contra mi anhelante punta. Muy lentamente, comenzó a descender sus caderas, haciendo que mi sexo penetrara más y más profundamente en su interior. Mi cara estaba roja, mi cuerpo se retorcía tensando aún más las ataduras que me inmovilizaban, y mi respiración agitada se entremezclaba con algún gemido reprimido. Todo esto parecía aumentar la excitación de la reina, que continuaba con su implacable descenso, mirándome fijamente a los ojos, mientras yo me  debatía desesperado entre el deseo tremendo y la tremenda prohibición.
De repente, la piel de la mujer se erizó. Con sus manos, me tomó el cuello. El ardiente canal de su vagina se cerró como un puño apretando el duro mástil que la llenaba, y las caderas comenzaron un movimiento hacia arriba y hacia abajo que fue acelerándose vertiginosamente.
Yo cerré los ojos. Respire profundamente, y volví a alejarme. Imaginé un cielo abierto y calmo, surcado apenas por suaves nubes, intenté relajar mis hombros y mi mandíbula; me vi a mi mismo nadando en la verde profundidad de un agua tranquila y fresca.
Apenas, como un eco lejano, escuche el ronco gemido que surgió desde lo mas hondo del cuerpo de mi ama; apenas sentí las convulsiones que la sacudieron. Ella lanzó un largo suspiro, y con mi duro sexo aun clavado en su interior, se desplomó suavemente sobre mi pecho. Apoyó una mejilla contra mi caliente cara, cubriéndola con su  melena, y me susurro al oído:  -“bien hecho...”  .
Luego se quedó adormecida en esta misma posición.
Yo, medio sofocado por el cabello de la reina y por el peso de su cuerpo, sentía que mi temperatura volvía a elevarse; sentí los latidos cada vez mas potentes de mi sexo dentro de mi ama dormida. En vano traté de liberar mi pene de la húmeda vaina que lo aprisionaba con firmeza, y comprendí que no podría resistir mas.
Tal vez adivinando mi desesperación, la reina despertó. Fue levantándose muy suavemente, mirándome a los ojos, mientras su vagina iba recorriendo, acariciando lentamente hacia arriba mi duro sexo que parecía a punto de estallar. Cuando por fin termino su camino, y mi pene quedo latiendo libre en el aire, ella me sonrió con dulzura. Yo la miré con ojos implorantes, pidiéndole, suplicándole  en silencio un leve toque con su mano, con su pie al menos, que me aliviara por fin. O si tan solo liberara una de mis manos para que yo...Pero ella, aún sonriendo,  hizo un leve gesto de negativa con su cabeza. Se acostó a mi lado, y dándome la espalda se durmió profundamente.

 


continúa

 

v 2.5b