El estupor era mi estética más consumada.
No resistir me transportaba, inerte, al embelezo, al pasmo del encuentro, milímetro a milímetro, con el material que me inmortalizaba.
Se trataba de una virtud de los sentidos cuando le concedían esplendor al cincel que tallaba en el instante.
¡Y el aire que respiraba conservaría el movimiento, el soplo, la luz de aquel pasado en el que YO era el botín!
El arte acechaba entre la mano que movía la cinta, y mi cuerpo inmóvil a punto de ser sorbido.
¡Mi cuerpo estaba en manos de la ley! La ley que imponía aquella mujer, toda de piedra, salvo el centelleo de sus ojos.
Esa mujer-arma secaba mi piel, la vapuleaba en soplos de aire frío. La despojaba de impurezas. La habilitaba. En condiciones óptimas de adhesión.
Y el material se transportaba hacia mí.
Esa mujer-sílice fraguaba pausas. Congelaba, a su arbitrio, el tiempo del reloj.
Amañaba, a su voluntad, la distancia óptima entre nuestros cuerpos.
Arte-indulto que dispensaba de los besos, de los abrazos, de los trances de efusión.
Arte-ensueño que sacudía del abotargamiento, del somnífero estado de compasión.
Y el ruido de la cinta que hendía el silencio.
Que nunca era silencio.
Y sus pies que se deslizaban hacia el objetivo.
Y mi cuerpo encintado por sus manos era su objeto. Su objetivo.
Y sus manos encintando mi cuerpo eran mi asombro.
Y mis ojos eran devotos de sus pies deslizándose sigilosamente hacia mi cuerpo con la cinta de empaque en sus manos dispuestas a amortajarme en polipropileno acríclico adhesivo marrón.
La mujer-mole se inclinaba a los tiesos pies de mi hierática figura.
Cobayo. Confiscado. Sin defensas. Desarropado.
Y...
El sonido estridente, abigarrado, de la banda marrón, expedita en la empuñadura de sus manos listas para forrar mi piel.
Y la cinta que giraba. Y giraba. Y sellaba, palmo a palmo, la piel. De los tobillos a las pantorrillas. De las pantorrillas a las articulaciones de las rodillas. De las rodillas a los muslos.
Una nueva piel. Lisa. Uniforme. Sin hendiduras. Sin resquicios. Sin poros para respirar.
Y llegaba a los genitales.
Se obstinaba en reducirlos. En amoratarlos vuelta y vuelta. En velar lo morado en marrón.
El pene. Los testículos. Engarzados en el acrílico marrón.
Y el enjambre de pelos del pubis aglomerados. Guarecidos.
Y la piel del abdomen sazonada de adhesivo. Comprimida. Pegajosa bajo la parda curícula.
La mujer-hada desmesuraba el movimiento de sus manos.
Vía franca a su irresistible ascención.
La cinta virando en mi cuerpo era su mantra.
Su mano moviendo la cinta que escalaba en mi cuerpo era mi mantra.
Y el polímero sintético accedía a los pezones.
Alisados. Romos. Achatados bajo la nueva piel.
Frescor abrasivo. Abrasivo frescor.
La mujer-rigor alzaba cada antebrazo rumbo a su diagonal respectiva. Encallaba la palma de cada mano en su antagónica clavícula. Ensimismaba cada codo en las cornisas del flanco propio del vientre.
Mujer-pétrea. Inminente. Inaccesible.
Y su mano izquierda se sostenía en mi esternón. Y sus dientes liberaban el material. Y la mano derecha accionaba el carrusel. Y mi cuerpo-efigie tambaleaba.
Mi cuerpo sin miembros. Baldado. Maniquí.
Y el brillo de sus ojos que asomaba en mis ojos.
Y su mano derecha que desplegaba el acrílico asunto que apresaba el cuello. Que atascaba la nuez. Que enrarecía el aire camino a los pulmones.
Estaba: La brida
El ronzal que encabestraba
Y mis labios, ya inocuos, ya agarrotados, eran cercados. Doblemente sellados. Férreamente confinados.
Belfos marginado.
Del berreo, del visaje, del mugido. Del piar.
¡Y el aroma del sintético, del amoníaco, del benzeno!
Emanaciones que penetraban las ventanitas de la nariz.
Y se expandían.
Y colmaban el nosofaringeo hasta el más allá.
Y mis ojos, empeñados en los suyos, se adentraban, de lleno, en el opaco crepúsculo.
Divino ocaso.
Y la piel de mi cabeza asida relamiéndose bajo el monómero.
¡Cuerpo-cofre-ofrenda!
Receptáculo viviente rodeado de película plástica cuyas moléculas quedaban ordenadas biaxialmente.
Eximia protuberancia. Arte vivo...marrón.
Y ella que exhalaba su aliento, que el acrílico atenuaba, en la nariz oclusa.
Y retrocedía. Lenta. Suave. Disimuladamente.
Frontera de lo visible y lo no visible.
Vahos de lo palpable y lo no palpable.
Se alejaba.
De mi cuerpo-momia-arte-estatua.
Se alejaba.