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Mi mujer toma el mando

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(32)
Autor: Moshe
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Promedio de 4.2 puntos
Enviado el 30 de dic de 2010

Para un hombre de mis condiciones, puedo asegurar que la vida empieza en este instante en que su mano suave de mujer firme instala esa correa de cuero marrón en mi cuello. Siento la lisura del cuero y el roce de sus dedos operando sobre mi cuello. Me presumo endrogado por semejante combinación. Se han parado todos los relojes del planeta. No hay exceso alguno en esta profesión de tirar de la correa para ajustármela al cuello. Lo hace con un sentido práctico parecido al que exhibe cuando le acomoda el babero a mi primito de seis meses segundos antes de darle su papilla. Me pide que la espere un minuto de pie, de cara a la pared, con la rienda de cuero colgando bajo mis hombros mientras le sirve la comida al perro en el patio (no me va a sacar junto al perro). De cara a la pared, consciente de lo que pasa a mi alrededor, me pongo a pensar. Pienso en que ella va a salir a pasear con el hombre de su vida. Pienso en eso de que siempre fui un tipo inteligente, pero débil, un "Yo" débil demasiado cargado de "Sí" fáciles. Pienso en cuando pensaba en que ella era una pendeja caprichosa que no sabía lo que quería, y que aquello era un desperdicio absurdo de energías: yo me fatigaba, y ella lloraba (y llorando se afeaba). Del otro lado de la cortina, su voz, su voz me anuncia el plan de actividades a desarrollar a continuación: visita al kiosco de la esquina para comprar un atado de cigarrillos; entrar a Wallmart a por una crema de leche y dos cajas de ravioles para la cena de esta noche. Pienso en la cara que va a poner los vecinos, no del todo capaces de descifrar nuestro pacto. Pienso en que nadie puede detenernos, no existe ley alguna que pueda impedir que una pareja de enamorados tan vestida como nosotros se pasee por el propio barrio de la manera que le parezca. Pienso en si me va a dejar atado en la entrada de Wallmart, o si me va a hacer entrar con ella, y creo que no tengo todas las respuestas conmigo, porque he delegado todas las certidumbres en sus manos, así que pienso también en que si me lleva a la perdición por el camino que más le plazca, qué me importa, total es una cuestión suya, no mía. He puesto todo mi dinero a su cargo, y evoco el día en que le descargué mi confesión: mi stress; la hipertensión provocada por la toma de decisiones; la calvicie, que no era sólo genética, sino, y en términos de mi mejor frase hecha: "Decadencia del conflicto en trance de aceleración". Después, ya no pude mirarla a los ojos, pero alcancé a leer en su interminable silencio que ella estaba comprendiendo lo que debía hacer: tomar el mando. Y yo, a obedecer, por convención, única forma real de soportar la pérdida de los partidos de fútbol por T.V.; renuncia indeclinable a la posibilidad del ejercicio de la seducción. También le entregué la llave para comprender otra clave: tras un polvo, lo único que importaba en el mundo para mí era, o bien revisar algún número viejo de la revista "El Gráfico", o bien echarme una buena siesta que me distrajese de todas mis obligaciones para con el universo. Operar sobre momentos como ese, y reducir mis necesidades a las de un bebé, THAT WAS THE QUESTION. Sellamos nuestro acuerdo, y, al hacerlo, sentí que estaba ingiriendo el gran diurético de mi vida.
En este peldaño de mi espera puedo suponer de que no me va a sacar a pasear para hacer pis y caca como a Bobo, nuestro hueymaraner. Va a salir de compras con el hombre de su vida. "Vos sos el hombre", es esa su expresión favorita en la cama, en la que siempre exigirá que ejerza a la vez de macho cabrío y protector. Soy el hombre en la cama. Soy el hombre ahora, y lo seré dentro de tres minutos cuando mi cuello se sienta tironeado, exigido camino del kiosco. Queda claro que yo soy el hombre. También compruebo que su voz no llega desde el patio para saber si sigo aquí o si estoy haciendo algo improcedente (sabe perfectamente que estoy aquí y que la sigo esperando).
Parece que por fin llegó el momento. Percibo sus pasos detrás mío, el brusco ascenso de la temperatura. Mi mujer gira olímpicamente mi cabeza hacia su sonrisa y me ordena que abra bien grande la boca. Obedezco. me dice que me ama, y nos entregamos a un beso de lengua hasta las amígdalas. Se cerciora a continuación de que la correa esté bien ajustada, y abre la puerta que da a un corredor que da a la calle. Al fondo del corredor, se vislumbra la figura del portero que, como siempre, está papando moscas...