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Mi sensación

Calificación del relato

(4)
Autor: Oraculo
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Promedio de 3.2 puntos
Enviado el 30 de nov de 2009

Cuando te dijo “Tengo una forma diferente de hacer el amor” no supiste a qué se refería realmente, muchas ideas raras se te pasaron por la cabeza, algunas te asustaron, otras te despertaron curiosidad y, las menos, te excitaron.
Ahora estás con los ojos vendados y él te está agarrando las manos… pero sólo está usando una, la otra… no te está acariciando… ¿se estará tocando?... no… estaba buscando algo… eso te asusta un poco… pero esos besos mezclados con pequeños mordiscos en el cuello hacen desaparecer los temores. De pronto sentís en tus muñecas algo áspero que corre por tu piel, casi sin darte cuenta. Ya no es su mano la que sujeta las tuyas, estás atada al respaldar de la cama, en este momento se dispara la alarma en tu cabeza casi como un instinto animal de lo que se podría llamar “supervivencia” pero, a pesar de lo que muchos nos quieran hacer creer, no somos animales, no tenemos “instintos”, en todo caso tenemos “reflejos” y éstos son, eventualmente, manejables. Lo que sí es cierto es que tenés que tomar una determinación ahora: o lo dejás seguir o te plantás acá y hacés que termine todo.
Y es cuando entendés que el amor… el deseo… el sexo se trata de justamente eso. ¿Qué diferencia hay entre esto y dejar que te haga otra cosa? ¿No requiere la misma confianza? ¿La misma entrega? ¿El mismo deseo de disfrutar y que te disfruten? ¿Qué clase de mujer te haría si pretendieras hacer sólo lo que ya conocés y que, si bien te gusta, en tu interior pretendés que sea más… siempre más? Si nos conformáramos con lo conocido no tendríamos sexo nunca, porque alguna vez no lo conocimos siquiera. El simple hecho de aventurarse en hacer el amor significa que queremos más. Más placer, más conocimiento, más sensaciones… más.
Te decidís a confiar y te relajás mientras él te mordisquea el estómago y te levanta las piernas… otra vez esa fricción sobre tus muslos, mas soga, las está envolviendo con ella… ahora junta tu talón derecho al muslo y lo ata firmemente… hace lo mismo con tu pierna izquierda… ya no hay vuelta atrás… aunque quisieras patalear te resultaría imposible… no te queda más que confiar.
Un tirón de cada lado y tus piernas quedan abiertas, debe haberlas atado al costado de la cama. Mucho conocés lo que se habla de la desnudez… algunas amigas tuyas no se desnudan salvo cuando van a coger… otras no tienen problemas con eso y tanto te pueden recibir envueltas en una toalla cuando vas a visitarlas porque acaban de bañarse o caminan sin problema en el gimnasio desde las duchas hasta los vestidores secándose el pelo sin nada más encima… pero ahora… ahí, con tus ojos vendados, las manos y las piernas atadas, casi inmóviles, acabás de descubrir la verdadera “desnudez”, no hay forma de que consigas tapar nada con alguna posición, o darte vuelta para tapar esa celulitis que te avergüenza, ni siquiera podes mirar fijamente para obligarlo a que te mire a los ojos, él puede verte como quiera y desde la posición que se le ocurra. Ese estado de desnudez nueva es como otro estado de conciencia, ya no pensás en tu cuerpo como algo que otro ve, sino como algo que se siente.
“Me podría hacer lo que quiera ahora”, pensás, y tenés razón porque en esa posición, con las manos y las piernas atadas, tu sexo al descubierto, tus pechos aplastándose por su propio peso dejando resaltar aún mas los pezones ya bastante endurecidos a base de mordiscos y pequeños pellizcos, no podrías luchar contra nada de lo que quisiera hacerte.
Él te agarra el pecho derecho con su mano, no como ya lo habían hecho otros, que bien podrían haber estado haciendo eso o estrujando un pedazo de masa para pizza, sino con una firmeza diferente, sentís que está tomándolo para sostenerlo, levantarlo y levárselo a la boca… muerde un poco el pezón y, sin soltarlo, te besa en la boca mientras lo aprieta cada vez más con esa mano firme, se separa de tus labios y sentís (intuís… adivinás… no puede estar haciendo otra cosa) cómo te mira así, desnuda, entregada, abierta y sabés dentro tuyo que esto tiene que ver con vos y lo que sentís, que no hay egoísmo allí, que es un estudio de cada gesto, sonido o movimiento tuyo que signifique que realmente estás sintiendo todo.
Nadie te había hecho sentir eso antes, esa sensación de que el otro está ahí para vos, pendiente de todo lo que te pase, estás segura que siente cada espasmo tuyo cuando pasa sus uñas por tu pecho libre hasta es estómago. El corazón te late cada vez más fuerte, la sangre se te agolpa en las manos y sentís cómo lucha por pasar entre las sogas que te tienen prisionera
Entonces pasa algo increíble.
Sentís que con su mano libre te pega un cachetazo en el pezón del pecho que tiene agarrado. Siempre pensaste que algo así produciría un dolor insoportable, como esa vez que, jugando de chica, chocaste tu pecho floreciente con el hombro de tu mejor amiga. Sin embargo no fue así en absoluto, al contrario, la sorpresa producida por el golpe seguida por ese ardor creciente en él te excitó como nunca. El pequeño grito ahogado que lanzas es seguido por un incontrolable deseo de sentir más y lo hacés saber inconscientemente arqueando la cintura y moviendo tu sexo que cada vez se humedece más a medida que se repiten, dos o tres veces en cada pecho, los golpes.
Al separar su cuerpo de vos sentís el aire fresco pasar por tu sexo y te das cuenta cuán excitada estás. Mantiene agarrado tu pecho con su mano y ahora sentís algo metálico sobre tu pezón, al principio suave y frío pero lentamente te lo aprieta cada vez más, te duele un poco más cuando su mano suelta tu pecho, pero al cabo de unos segundos, el dolor da paso a otro estado, ya no es dolor sino algo diferente, es más bien un estado de conciencia, conciencia de que esa parte de tu cuerpo está ahí presente todo el tiempo. Normalmente durante el sexo, uno es consciente de ciertas partes del cuerpo en determinados momentos y sólo cuando esa parte del cuerpo en sí misma está involucrada directamente (pezones, clítoris, lengua, hombros, nalgas, labios…) pero ahora era totalmente diferente, tus pezones estaban ahí todo el tiempo, no importa qué otra parte tuviera mas “protagonismo”, sentís que no vas a poder olvidarte de ellos y presentís, sabés, que va a pasar lo mismo con todo tu cuerpo.
Él te deja unos segundos, como si supiera que necesitás ese tiempo para procesar esa nueva sensación, la de ser consciente de toda vos: los pezones apretados, las sogas que de recorren las piernas y te hacen sentirlas con el más mínimo movimiento, los brazos, las muñecas que hacen sentir un entumecimiento incipiente que te cosquillea los dedos y tu sexo a la deriva que, por húmedo, siente la más pequeña brisa que lo acaricia.

Continuará (si quieren)…


Q.

 

v 2.5b