La noche no había terminado, mientras vos te vas a bañar acompañada por tus dos nuevos esclavos ordeno el lugar y arreglo mi uniforme que quedó bastante maltrecho (sé que me castigarías si al volver estuviera desalineado). Al encontrarme solo aprovecho a desinflar un poco el aparato que me habían introducido ya que encuentro una pera de goma pendiendo de mi cola. Nunca me atrevería a quitármelo sin tu permiso, pero esta pequeña desobediencia de la que no te vas a percatar me permite moverme con más soltura. A esta altura ya empiezo a acostumbrarme a caminar con tacos y a la visión limitada a la que me restringe la máscara de manera que una vez disminuida la presión en mi cola me siento bastante a gusto, pero sospecho que esos tipos te están enjabonando, recorriendo tu cuerpo con sus manos y sufro doblemente al imaginar que estas disfrutando de esas caricias que no son las mías. Para colmo, los minutos pasan y no apareces. Finalmente la espera y la angustia valieron la pena, te presentas deslumbrante, enfundada en uno de los atuendos que más me excitan después de tus trajes de cuero: una pollera larga abierta por adelante que deja asomar las botas rojas de taco aguja, corset, guantes, y un antifaz felino, todo de vinilo lustroso. Una vara parecida a una fusta, que llevas en la mano, completa una imagen de agresiva cazadora ante a la cual me surge un compulsivo deseo de someterme y adorar. Atrás tuyo vienen los dos esclavos reptando en cuatro patas, desnudos y con su sexo rígido de excitación. Algo debe haber sucedido porque a pesar del antifaz se nota una expresión de disgusto en tu rostro. Los haces parar enfrentados y con una cinta atas firmemente sus órganos sexuales juntos. Con un cinturón los unís por el cuello y antes de ajustarlo les metes un enorme consolador doble por la boca, a modo de mordaza. Finalmente atas sus muñecas al mismo cinturón que les hace de collar. Una vez inmovilizados les decís, con un dejo de desprecio, que van a aprender las consecuencias de no obedecerte. ¡No se que habrá sucedido pero, sea lo que sea, esta vez me alegro de ser un simple espectador!. Caminas en torno a ellos, y tocándolos con la vara, que resulta ser un aparato que produce una descarga eléctrica, les haces dar un salto de dolor. Me ordenas traerte dos bolsas llenas de agua (ya se de que bolsas se trata por haberlas sufrido en carne propia tiempo atrás) que colgás del cinturón que une sus cuellos. Cada bolsa debe contener casi dos litros de líquido y se continúa en un tubo plástico terminado en una bola perforada que embutís sin mayores miramientos en el ano de uno de ellos. El grito del pobre esclavo suena apagado por el consolador que tiene metido en la boca pero alcanza para advertir que no fue de su agrado. Finalmente abrís el paso del agua, das la vuelta para ponerte detrás del otro esclavo y repetís la operación. Una vez concluidos los preparativos me haces acercar un sillón a la escena y te sentís extasiada mirando como comienza a bajar el nivel de ambas bolsas. Seguramente estas imaginando como el agua va abriéndose paso en su interior, presionando inexorablemente y ocupando sus intestinos por más esfuerzos que hagan para evitarlo (y en el brillo perverso de tus ojos se ve que cuanto mayor sea la inútil resistencia que opongan, más vas a gozar). Por un momento la escena parece detenerse, todo es silencio y quietud, salvo los dedos de tu mano con los que te acaricias suavemente el clítoris. Me quedo extasiado mirando como se mueve tu mano revestida por el guante de un rojo radiante que dibuja tu brazo ajustadamente hasta mas arriba del codo. Pasados unos minutos, cuando la presión en el colon se hace sentir, empiezan los quejidos de los dos infelices. Sus quejas te complacen y te divertís aumentando su tormento con cortos toques eléctricos de tu vara. A cada toque se redoblan sus gemidos y aumenta tu expresión de placer. Mis ojos te recorren, desde tus manos enguantadas hasta los finos tacos de tus botas y mi miembro se endurece. No quiero imaginar el aspecto ridículo que debo tener, con el disfraz de sirvienta y un bulto considerable levantando ostensiblemente el delantal. (Para ser sincero, sí me lo imagino, y verme así humillado por vos -solo por vos- duplica mi excitación). Las bolsas ya vaciaron dentro de los esclavos más de la mitad de su contenido, el desenlace no esta lejos lo que exacerba tu excitación, me ordenás que me arrodille entre tus piernas abiertas y con mi lengua acaricie tus zonas íntimas lo que hago inmediatamente. Previo besar la mano enguantada que todavía se encuentra sobre el clítoris introduzco mi lengua en tu vagina recorriendo sus labios con deleite. La experiencia me dice que eso no te va a alcanzar durante mucho tiempo por lo que tomo dos consoladores, los lubrico e introduzco suavemente, uno en tu ano y otro en la vagina y los muevo con movimientos acompasados tratando de seguir el ritmo de tu excitación. Los lamentos de los dos sentenciados ya son constantes, se retuercen desesperadamente por la presión interna de sus vientres, los fuertes retortijones y los vanos intentos por desatarse. Ante la visión del éxito de tu castigo y mi humilde ayuda con los consoladores llegás a un orgasmo exquisito, inmediatamente otro, y todavía otros tres más unos segundos después. Ya relajada descansas un momento antes de hacerlos caminar hasta el baño, cosa que no les resulta nada fácil dadas las circunstancias en que se encuentran aunque, ayudados por las descargas de tu "varita", lo consiguen con relativa rapidez. Una vez allí los desatás y haces que entren a la bañera. Ellos mismos se deben quitar la bola que, ubicada dentro del ano, sostenía el tubo en su lugar y hacía de tapón. Por órdenes tuyas me ocupo de tomar, desde prudente distancia, fotos del asqueroso espectáculo que, ustedes imaginarán, dan a continuación los dos desgraciados y del cual prefiero ahorrarles detalles. Baste decir que quedan ahí tirados un buen rato en la bañera, envueltos de pies a cabeza en sus propios detritos, hasta juntar fuerzas para poder reaccionar. Obviamente, antes de abandonar el baño tienen que lavarse y fregar absolutamente todo hasta dejarlo impecable y con perfume a limpio. Yo estoy feliz, me siento vengado y, aunque ya no sea tu único esclavo, al menos por hoy me siento el favorito.