Sombras, breves siluetas recortadas en el pálido piso de cemento se prolongaban vagamente en los desnudos ladrillos de paredes que seguramente, y en otro tiempo, habían conocido el abrigo de un revoque hoy inexistente.
De él solo quedan pequeños parches distribuidos como agujeros rasgados en la camisa de un homeless.
Sombras, hijas paridas por el vientre de una penumbra apenas rota por el tenue filamento de la bombilla que en el techo pendía de un corto cable blanco.
Sombras.
Que hubiese dado ella por percibir apenas esa penumbra, porque sus pupilas pudiesen dilatarse en el esfuerzo por comprender ese entorno de secretas formas que la cobijaba con la fría sensación del encierro.
Sus sombras eran aun mayores que las de la misma habitación del sótano donde se encontraba.
La capucha de cuero negro que le cubría la cabeza y se ajustaba fuertemente al cuello por encima de su collar la envolvía en una oscuridad absoluta y prepotente permitiéndole respirar por dos pequeños y únicos orificios a la altura de su nariz.
Su aliento cálido en cada exhalación le envolvía la cara como un gas somnífero mientras ella intentaba no caer en la pesadez del sueño, no podía permitírselo.
Estaba incomoda, sus brazos extendidos hacia el techo, las muñecas juntas fuertemente ajustadas a muñequeras con ganchos metálicos. La cuerda que la sostenía la impulsaba hacia arriba y le estiraba las extremidades enmarcándole la cabeza que se inclinaba levemente hacia abajo, su mentón acariciaba la glotis aunque sin ahogarla.
En esa posición sus generosos y blancos pechos se impulsaban hacia arriba emulando en su forma a dos gotas que pendiendo del pico de la canilla esperan el momento en que la gravedad las estrelle finalmente contra el piso. Sus pezones, tiesos y morados se alargaban provocativos y firmes invitando a la irrefrenable tentación de atraparlos entre índice y pulgar.
La marcada cintura de la mujer estaba rodeada por una cadena que unida en sus extremos por un candado estaba lo suficientemente floja como para descansar en el lecho cómodo de sus caderas desnudas.
Sus piernas, como largas columnas de carne moldeadas por su juventud vigorosa y tersa estaban coronadas por el capitel único de su sexo depilado y expuesto y se abrían oblicuas al piso permaneciendo impúdicamente separadas por una barra metálica que en sus extremos le aprisionaba los tobillos.
Verla en el centro de esa habitación oscura con las tenues luces y las profundas sombras reflejadas vivamente en los pliegues de su piel sudada y en las estribaciones de sus pechos muslos y glúteos le daban a él una visión de ensueño.
La contemplaba quieto, resguardado en el ángulo más oscuro de la oscura habitación, sentado, con ojos de poder, con sensación de absoluto dominio.
Tenía los nudillos blancos por la fuerza con que ceñía la fusta que sostenía de la vara con ambas manos, apoyada en sus rodillas y paralela al suelo.
El silencio era rey, los pensamientos de ella eran torbellino, su sudor, producto mas del frío de su destino perceptible que del calor húmedo del ambiente.
Pensaba… ella pensaba.
Porque había accedido, porque había decidido entregarse a ese hombre de esa forma, porque su mente había sucumbido a su cuerpo y su razón al capricho de su deseo. Se preguntaba porque pero fatalmente no se cuestionaba nada, estaba expectante, estaba tensa; estaba entregada.
El tiempo, cuan maleable podía ser el tiempo.
Ella estaba descubriendo que un minuto no siempre dura un minuto, que algunas veces una hora esconde una eternidad.
Seguía inmóvil, sofocada por su aliento, envuelta por las sombras, acariciada tenuemente por la velada luz de ese sótano donde permanecía atada, expuesta y sometida a la mirada de su amo, que era lo único que por ahora tocaba su cuerpo… Eso no duraría ya mucho mas.
El se incorporo firme sobre sus borsegos negros, negros como sus pensamientos, negros como sus intenciones. El era su amo, ella exclusivo juguete de su antojo y de su propio placer, así debía ser, así era, así sería.
Los pasos sobre el cemento gastado retumbaban secos y ahondados en los tímpanos de ella, profundos, casi imperceptibles dentro de su mascara opresiva.
Unos, dos, tres, nuevamente no escuchaba nada, sus parpados se tensaron hacia arriba y sus largas pestañas, rozando el cuero, acompañaron a su cuello que se arqueó apretando los lados de su cabeza contra los codos.
Uno, dos, tres pasos mas que se perdían en algún punto hacia atrás de sus pechos erectos.
La punta de cuero de la fusta toco levemente su nuca e inició un extenso recorrido descendente por su columna dejando un fino surco con las gotas del sudor que ya corría por el canal de su espalda.
La bifurcación de sus abiertos y redondos glúteos abiertos por la obligada separación de sus tobillos marco el fin del recorrido de la suave caricia.
Todos sus músculos se tensaron, la adrenalina era dueña de su cuerpo, sus manos apretaron la cuerda que la elevaba y los dedos de sus pies empujaron firmemente hacia abajo aferrándose al cemento desnudo, su abdomen plano y terso apretó sus tripas y la privación de sus sentidos torno a sus acelerados latidos en un retumbar de tambores internos que sonaban en su cabeza como provenientes de la más densa de las junglas. El corazón se agitaba en su garganta, la asfixiaba.
La vara surcó la penumbra, dejando una estela ululante y aguda en el aire que cortaba a su paso y chasqueo fuertemente al llegar a su destino. El golpe, descargado con precisa y medida furia sobre la redondez de su culo había sido impulsado de arriba hacia abajo terminando paralelo al piso.
El dolor le hizo encorvar su espalda, apuntar su pezones erectos al techo y empujar su pubis hacia delante en un infructuoso intento de amortiguar el castigo que inclemente se había descargado sobre su humanidad aprisionada. Su grito ahogado no traspaso la mascara, lo engullo el cuero, murió en sus propios oídos.
Puta, se dijo a si misma, puta y de la peor calaña. Te mereces esto y mucho mas pensó en silencio, no sos más que una esclava sumisa, un cuerpo al servicio del placer de tu amo, no tenés que lamentarte se impuso, este es tu destino, y el destino no se tuerce… o tal vez si.
Uno, dos, tres y hasta diez, y hasta veinte. Esta vez no eran pasos, eran fustazos que rítmicamente él descargaba en el ya marcado trasero de la puta colgada del techo que ante cada embate seguía doblándose como una U.
Las líneas rozadas en el culo formaban canales y se entrecruzaban desafiando a la simetría, estaban desparramados en forma azarosa y violenta, aunque su autor los veía como trazos provenientes del pincel de un maestro sobre un lienzo virgen. Estaba creando, gozaba lo que hacia.
La vara de la fusta golpeo una vez más y se detuvo, los últimos azotes habían hecho perceptibles los lamentos de ella a lo oídos de él a pesar del ahogo de la mascara, eso lo satisfacía al igual que el jadeo que ahora marcaba su rimo asonante en el pecho de la mujer.
Los pezones, mas erectos que antes y con la areola desaparecida en un rígido frunce carmesí fueron objeto de un salvaje pellizco que arranco en la penitente un nuevo grito de dolor y un espasmo que termino hundiendo las muñequeras aun mas en la carne que sostenían.
La despojada habitación del sótano contrastaba con la nutrida presencia de diversos elementos prolijamente apoyados sobre la tabla de una mesa de madera próxima. En ella estaban servidos los platos de un menú que ella degustaría lentamente en pequeños bocados durante toda la noche.
Látigos, pinzas, sogas, consoladores, varas, cepos, todo le seria entregado a su cuerpo, para eso estaba allí.
En sus tetas colgaron pinzas y pesas que las obligaron a abandonar la arrogancia de su redondez erecta, el látigo recorrió su espalda, glúteos y muslos dejando la ardiente marca de su presencia en cada descarga impiadosa, los gritos de dolor solo lo excitaban mas a él y de manera alguna invitaban a su piedad, no estaba en su naturaleza darla, ni en la de ella pedirla, simplemente esa noche era un sentimiento ausente.
La larga vara de la fusta se poso, cerca de su mango, en la hendija de la vulva mientras los labios mayores la envolvían delicadamente en un abrazo terso. Despacio, él fue desplazando la vara hacia delante mientras sostenía la presión que la mantenía envuelta en las carnes rosadas de ella.
Cuando la retiro, la alzó oblicua sobre su cabeza y la húmeda excitación que había bañado el cuero lo hizo brillar bajo los reflejos de la mortecina luz del sótano.
El, sarcásticamente dibujó en sus labios una mueca para ella imperceptible, también se había excitado, su verga estaba comprimida dentro de los pantalones y latía con el flujo de sangre que alimentaba una erección que empezaba a dolerle.
Tomo la mesa y la despojó violentamente de los objetos que aun sostenía colocándola delante de la puta que seguía colgada y se lamentaba sordamente del maltrato recibido en todo su cuerpo.
Desató el extremo de la soga anudado en una argolla amurada en la pared y la aflojo lentamente haciendo girar la polea colgada del techo por donde pasaba. Los brazos de la mujer despacio fueron descendiendo hacia su pecho donde apoyó sus codos antes de dejarlos caer pesadamente hacia abajo.
El, presa de una excitación creciente y desbordante la tomo firmemente de sus muñecas aun atadas y juntas y en un solo movimiento brusco y efectivo la empujo sobre la mesa. El pecho y el abdomen de ella se aplastaron contra la tabla, los brazos pendían paralelos a las patas delanteras siendo luego empujados hacia atrás y atados firmemente con la misma soga que los sostenía del techo a las patas traseras de la mesa.
La barra seguía separando las piernas y el culo azotado y rojo quedaba ahora fuera de la tabla, impúdicamente expuesto al igual que su mojada y depilada vagina.
En un instante el DOM liberó a su pene de la prisión que lo contenía bajándose de una vez los pantalones hasta las rodillas.
Un enorme y venoso miembro erecto coronado con una cabeza rubicunda y dilatada se erguía firme por sobre los testículos redondos y comprimidos del sádico dueño de ese cuerpo maltratado.
Se ubico detrás de ella apoyando todo el largo de su virilidad debajo de la vulva de ella, un escalofrío de placer mezclado son el intenso ardor de todo su cuerpo la hizo tensar mientras su piel adquiría la rugosidad propia del deseo.
Le dolía cada centímetro de su piel pero era ahora un dolor evanescente, difuso, sutil, que se tornaba imperceptible, que se transformaba mutando en pequeñas pulsiones de un lacerante gozo por venir.
Lo deseaba, la espera era insoportable, sentía entre sus piernas la rigidez del miembro y su flujo brotaba a borbotones bajando por el interior de sus muslos hasta sus rodillas.
El era consiente de su poder, pero sabia que penetrarla era un premio y no estaba dispuesto a dárselo. Era licito que esa perra gozara o simplemente debía ser un instrumento de su propio goce?
La testosterona hacia estragos, su impulso primario era penetrarla salvajemente, su retorcida psiquis se lo impedía.
Cerró sus ojos fuertemente mientras juntaba rechinante sus dientes y arqueaba hacia atrás la cabeza. La verga permanecía pétrea, inmóvil ante las puertas de la concha expuesta, rozándola, mojándose con los jugos que de ella fluían.
Uno, dos, tres segundos de silencio, de penumbra, de jadeo, de dolor… de deseo.
Asió fuertemente los lados de la mesa con sus manos hasta que le dolieron los dedos, se inclino levemente sobre la espalda de ella y se dejo de luchar. Lo desbordaron finalmente sus instintos más primitivos.
Empujo su pelvis en un movimiento seco y rotundo dejando desaparecer toda la extensión de su sexo en la palpitante vagina de su esclava la que ahora, a pesar de estar atada, privada de sus sentidos y azotada era su indiscutible ama y dueña.
El gozo de ella fue absoluto, su triunfo inapelable, bastaron dos o tres movimientos frenéticos para que los dos se descargaran en un orgasmo furioso que los transporto a la nada de donde seguramente provenían.
Las sombras cortejaron sus movimientos primero y su quietud después.
El se derrumbo sobre ella exhausto y luego cayo de rodillas con los brazos a los costados de su cuerpo y su virilidad transformada en una pálida flacidez.
Su rostro quedó a la altura de la vagina que se había engullido su dominio.
Postrado ante ella y con la vista clavada en ese vital centro del universo parecía rendirle culto a la fémina que antes había dominado con su látigo.
Estaba fatalmente derrotado.
Debajo de la máscara se ocultaba, sádica y burlona, una sonrisa victoriosa que las sombras nunca podrían develar.