- Bueno, bueno, doncellita. – la oí discurrir a mis espaldas. – He estado revisando sobre la marcha si has sabido aprovechar el tiempo que tenías para desempeñar tu nuevo cargo y he de admitir que, para ser la primera vez que lo ejerces para mí, lo has hecho bastante bien. No obstante; ya deberías saberlo; solo la perfección me deja satisfecha y, en futuras ocasiones, espero que lo tengas bien presente. Con todo y con eso, te daré mi aprobado por esta vez. Pero un aprobado muy justito, así que no te duermas en los laureles y procura que tu esmero actual se vea superado de ahora en adelante.
A continuación se produjo un silencio incómodo únicamente interrumpido por el inquietante silbido que producía un objeto con el que mi Ama cortaba el aire. En un par de ocasiones sentí un estremecimiento cuando aquello…, lo que fuera, pasó rozándome a escasos milímetros de los brazos.
- Y… ahora, doncellita, ha llegado el momento de mejorar tus modales. – desveló al fin. – Deja las bolsas en el ropero y túmbate boca abajo sobre la alfombra.
Obedecí sin reservas sin osar mirarla ni tan siquiera de soslayo y, una vez dispuesto en el lugar y modo indicados, aguardé expectante la ejecución de la sentencia que estaba a punto de serme aplicada.
- Levántate la falda y deja tus nalgas al descubierto.
La suerte estaba echada, así que cumplí con rapidez los designios de mi señora.
- Muy bien. Así me gusta. – concedió. – Ahora, extenderás los brazos hacia delante, dejándolos completamente estirados, y permanecerás en esa posición, sin moverte, hasta que yo te lo indique.
En cuanto esto estuvo hecho, pude ver como los pies desnudos de mi dueña se colocaban justo delante de mi cara. Yo hice el ademán de besárselos por un impulso instintivo pero, precisamente uno de ellos, aplastó mi cabeza contra el suelo negándome aquel privilegio.
- ¡Te he dicho que no te muevas a no ser que te lo ordene, puta estúpida! – reprendió por aquel imperdonable descuido.
Cuando estimó como suficiente la firme reprensión a la que me había sometido, retiró el pie dejando de ejercer presión sobre mi cráneo, permitiéndome así separar la cara de la dura superficie del piso.
- Me pregunto cuándo aprenderás. – reflexionó en voz alta mientras, frente a mi rostro, se advertía un nada halagüeño <> seco y acompasado.
Aquel sonido cesó repentinamente y sentí como algo, de apariencia sólida y más bien delgada, se deslizaba bajo mi barbilla y me obligaba a levantar la mirada. Mi Ama; que se había puesto un cómodo conjunto formado por unos shorts y una camiseta de color blanco; sujetaba con su diestra una larga vara de madera, con empuñadura de cuero y de escaso grosor, mientras me observaba con atención a la espera de ver aflorar en mí un gesto que delatase la angustia que corría por mi interior.
- Te presento al “señor Cane”. – aclaró de inmediato. – El va a ayudarme a hacerte entrar en vereda. Me parece que diez azotes serán más que suficientes para que te hagas una idea de cuales son sus efectos.
Cuando la oí decir aquello, pensé que estaba bromeando. ¿”Solo” diez azotes? Nunca me había vapuleado con aquel instrumento pero ya había probado sobradamente tanto la pala como la fusta y creí que aquella fina caña no iba a ser muy diferente. En mi ignorancia, pensé que no me iba a resultar muy difícil soportar aquel sacrificio pero, con este razonamiento, estaba cometiendo un terrible error. Mis suposiciones se basaban en mi experiencia y, esta (huelga decirlo), era bastante pobre. No obstante, por el momento, me sentía dichoso por no haber salido tan mal parado como esperaba.
- Una cosa más. – puntualizó mi abnegada mentora. – Por cada golpe que recibas, quiero que te humilles ante mí verbalmente empleando las expresiones más degradantes que se te ocurran para describir la rastrera, ruin y miserable zorra que eres. Si, tras acusar un azote, no evidencias; con esa voz tan clara que tienes para otras cosas; la indigna condición de la que eres merecedora, entonces, no lo daré por válido y, por lo tanto, tendré que repetirlo. ¿Te ha quedado claro, doncellita?
- Sí, mi señora. – respondí no muy convencido.
- En ese caso…, ¡¡uno!!
Descargó con fuerza aquella vara sobre mí como si de un rayo que quebrase mi trasero se tratara. El dolor fue tan inesperado y brutal que ni siquiera acerté a gritar, y no puede decirse que fuera por falta de ganas. Apenas la madera entró en contacto con mi cuerpo, un sudor frío empezó a surgir de todos y cada uno de mis poros mientras, la tensión de mis músculos, me mantenía en un estado próximo al paroxismo. Tal había sido mi sorpresa ante tan terrible sufrimiento que, con la mente totalmente obnubilada, me olvidé de todo salvo del tremendo dolor que me embargaba. Mas, bien pronto, tuve que salir de aquella especie de letargo en el que estaba sumergido pues, con un nuevo baquetazo, me fue recordado que el castigo no había hecho más que empezar.
- ¡¡Uno!! – insistió mi señora, recomenzando la cuenta de mi flagelo a fin de devolverme a la realidad.
- ¡Soy una indeseable! – alcancé a pronunciar.
- ¡Mejóralo! ¡¡Dos!!
- ¡No merezco ninguna de las atenciones que me son concedidas!
- ¡Pésimo! Demasiado evidente. ¡¡Tres!!
- ¡Soy una guarra que solo piensa en sí misma!
- La cosa va mejorando. ¡Continua! ¡¡Cuatro!!
- ¡¡Aagh!! – se escapó de mi garganta sin que yo pudiera evitarlo. - ¡¡Soy tan puta que me paso el día deseando que mi Ama me de por el culo!!
- ¡Excelente! ¡¡Cinco!!
Llegados a este punto, estuve más que tentado de recurrir a la palabra de seguridad, pues no creía ser capaz de aguantar hasta el final aquella dolorosa serie de mandobles. No sé cómo ni de dónde, conseguí las fuerzas necesarias para sobreponerme a este pensamiento y, más cerca del grito que de cualquier otra cosa, exclamé con decisión:
- ¡¡¡Gracias, mi señora!!! ¡¡¡Vuestros azotes hacen que mi entrepierna se humedezca como lo haría la una vulgar cerda chupapollas!!!
- ¿No me digas? Tal vez sea debido a que tú eres una de ellas. ¿Te gustan las pollas, putita? – interpeló con curiosidad.
- ¡Sí, mi señora! – respondí sin pensar, tratando tan solo de ganar un poco de tiempo antes de recibir la próxima descarga.
- Uhmm… - fue todo el comentario que obtuve de mi Ama a cambio de aquella afirmación.
Al instante, caí en la cuenta de que; una aseveración de aquel tipo; dejaba las puertas abiertas a la posibilidad de traspasar una línea que yo nunca me había planteado cruzar y, este hecho, me llenó de congoja. Me había metido tanto en el papel que, hasta yo mismo, había terminado creyéndomelo. Pero una cosa es decirlo y otra muy distinta llevarlo a la práctica. Por desgracia, no tenía ni la más remota idea de por cuál de estas dos variantes se habría inclinado mi implacable castigadora. Pudiera ser que, desde un principio, hubiera entrado en sus planes llevarme ante una situación donde tuviera que enfrentarme con aquel dilema, pero eso no me tranquilizaba en absoluto.
Retomando el hilo de los acontecimientos, he de decir que; para mi sorpresa; mi señora hizo una pausa en la aplicación del correctivo que me estaba suministrando. No sé si este hecho obedecería a que deseaba dejar descansar su brazo ó a que se hubiera percatado de que me encontraba tan cerca del límite que resultaba apropiado que fuera yo el que se tomara un respiro. También cabía la posibilidad de que hubiera tomado aquella decisión por puro y simple capricho. Pero, en aquel momento, a mí no me importaban las razones. Lo que pensaba era que debía de estar agradecido por poder disfrutar del espontáneo intermedio que me estaba siendo dispensado.
Entre tanto, mi Ama se puso a pasear a mí alrededor mientras iba rozando con el extremo del cane las partes de mi cuerpo que tenía más cercanas. Piernas, muslos, brazos y espalda sintieron el contacto del malhadado instrumento con el que estaba siendo aleccionado. Llegué a temer que, en un momento dado, fuera a flagelarme con saña las costillas; aunque, por fortuna, ese no fue el caso. Lo que sí hizo, tras un par de minutos durante los cuales había estado orbitando en torno a mí, fue rozar con la punta de su vara aquellas zonas de mis posaderas donde los golpes ya habían impactado. Me resulta imposible describir con palabras el estremecimiento que sentí ante tal acción que, debo añadir, se dilató en el tiempo más mucho más de lo que yo hubiera deseado. Ambos asistimos a tan perversa muestra de dominio en completo silencio, envueltos en una atmósfera de extraña complicidad.
No contenta con eso, después de haberse regodeado con mi desdicha, se subió a mi espalda y comenzó a caminar sobre mí obligándome a soportar todo el peso de su cuerpo. Dedicó a este curioso ejercicio un buen rato hasta que, finalmente, decidió posarse por entre el hueco que dejaban mis dos piernas separadas, aplastando, al apearse, mis indefensos y expuestos genitales con la planta de uno de sus pies.
- Creo que ya me he entretenido bastante. – dijo. Y, tras un breve instante de silencio, añadió de forma súbita:
- ¡¡Seis!!
Tal vez sean imaginaciones mías ó la memoria me esté jugando una mala pasada, pero conservo un vivo recuerdo de que, ante el desmedido e inesperado baquetazo que recibí, todo mi cuerpo botó del suelo del mismo modo en que lo haría un balón de fútbol caído desde lo alto. Un estremecimiento atravesó velozmente mi espina dorsal hasta llegar a mi cerebro transformado en opresivas ondas de dolor. Mis dientes rechinaron hasta tal punto que parecía que fueran a romperse. Pero, tras aquella primera impresión, como una luz que se enciende en una estancia oscura, vino a mi mente el requerimiento que mi Ama me había hecho para con cada nuevo azote.
- ¡¡¡Soy una sucia y vulgar zorra que se comporta mal porque le gusta que la castigue!!!
- Muy flojito. – se quejó mi señora impertérrita antes e proseguir. - ¡¡Siete!!
- ¡¡¡ S, s…, sí, mi señora, azotad a esta puta!!!
- No tendrás que repetírmelo. ¡¡Ocho!!
- ¡¡¡Aaaahu!!! – fui incapaz de contener. - ¡¡¡Merezco que se me trate con dureza por ser tan guarra!!!
- Pues…, la verdad, no te voy a negar la razón. – afirmó mi mentora con cierta ironía. - ¡¡Nueve!!
- ¡¡¡¡Aaaaaaghh!!!! – aquello era casi lo máximo que podía soportar, pero me resistía a rendirme cuando ya estábamos llegando al final. Un pequeño esfuerzo por mi parte y todo se habría acabado. Así que, entre jadeos, acerté a responder:
- ¡¡¡¡Ponedme el culo al rojo vivo y, después, folládmelo sin piedad como la perra que soy para demostrarme quién manda!!!!
- ¡Qué más quisieras, zorrita! – objetó mi Ama con sarcasmo. ¡¡Diez!!
- ¡¡¡¡Gracias!!!! ¡¡Gracias!! Gracias, mi…, mi señora. – fue lo único que conseguí hilvanar entre mis labios al finalizar aquella abrumadora experiencia.
Estaba sudoroso y exhausto. Jamás hubiera pensado, antes de probarlo en mis propias carnes, que diez golpes de aquella delgada vara (once para ser más exactos) pudieran tener un efecto tan devastador. Mi visión se había vuelto borrosa y, aparte del consabido “fuego” que abrasaba mis nalgas, un penetrante dolor de cabeza taladraba mis sienes con desesperante obstinación.
Cerré los ojos por un momento y respiré profundamente a fin de liberar un poco de tensión. Mi señora me dejó hacer, pero no por mucho tiempo pues, al cabo de un rato, comenzó a darme pataditas en uno de los costados mientras reprochaba:
- Vamos doncellita. Levántate. ¿Te das cuenta de todo el tiempo que me haces perder? Espero que, por lo menos, hayas aprendido la lección y que no me obligues a tomar más este tipo de represalias. ¿Te ha quedado claro lo que te espera si vuelves a faltarme el respeto?
- Sí, mi señora. Muy claro. – respondí mientras intentaba mantenerme erguido a pesar de mis dificultades.
- Ya veremos. – sentenció dando por concluido el asunto. – Ahora, desnúdate para poder recoger esa ropa. Por hoy ya has cumplido como chacha, aunque te aseguro que no va ser la última vez. ¡Vamos, espabílate! Se hace tarde y quiero acostarme pronto.
Comencé a quitarme la ropa mientras ella me observaba con detenimiento, como si quisiera insuflarme con su mirada un cierto apremio que me hiciera concluir su orden a la mayor brevedad posible. En cambio, a mí me preocupaba de un modo alarmante, el hecho de saber que, de un momento a otro, la herida de mi pie iba a quedar al descubierto y, con ella, mi descuido. Me angustiaba la posibilidad de que; en cuanto mi Ama se percatase de su presencia; me fuera a escarmentar del mismo modo en que lo había hecho minutos antes. Esta perspectiva; que por reciente resultaba, si cabe, aún más aterradora; hizo que me arrojara a sus pies y, postrado de hinojos ante ella, aguarde a que me fuera requerida alguna explicación que justificara mi actitud y, así, poder relatar el episodio que había tenido lugar por la tarde.
- Y ahora… ¿qué es lo que te pasa esclava? – inquirió, un tanto sorprendida, mi implacable partener.
- Mi señora, no quisiera parecer irrespetuoso… - traté de disculparme sin levantar la cabeza del suelo.
- ¡Vamos habla! ¿Qué es lo que quieres decirme?- interrogó con cierta impaciencia.
Para no extenderme (quiero decir…, para no hacerlo “más” de lo que suelo tener por costumbre), no voy a repetir aquí todo el incidente. Baste decir que expliqué a mi Ama lo que me había pasado y como se había producido, tratando de no ocultar ni omitir ningún detalle que pudiera poner en entredicho mi sinceridad. Ella me escuchó con atención y dejó que hablara sin interrumpir en ningún momento mi narración. Cuando todo hubo quedado bien expuesto, me mandó ponerme de rodillas y que mantuviera la vista fija en sus ojos. Con su mirada escrutó el rostro del pobre infeliz que tenía ante ella y, en función de lo que en él vio reflejado, se formó su propia opinión.
- Enséñame esa herida. – dijo al fin.
Me quité el zapato y la media, y retiré el apósito para que el corte fuera bien visible. Al verlo, comenzó a menear la cabeza a un lado y al otro, exteriorizando así su decepción y, después, se lamentó:
- Conoces de sobra mi opinión respecto a que te autolesiones y, lo que es aún peor, no te hubieras hecho ese corte de no haberte quitado los zapatos. La verdad, no recuerdo haberte dado permiso para hacerlo, ¿me equivoco?
- No, mi señora. – tuve que reconocer.
- Vale, vale. – sentenció agitando las manos como si se diera por vencida y no quisiera escuchar nada más sobre el asunto. – Lo cierto es que la culpa es mía por fiarme de ti. Pero, descuida, la próxima vez me ocuparé personalmente de que no puedas quitártelos. Ahora, termina de desvestirte, lleva esa ropa al trastero y espérame en la sala de estar.
Inmediatamente, llevé a término todas estas directivas y, cuando todo estuvo concluido, aguardé de rodillas en el salón las nuevas comisiones que mi dómina tuviera a bien encomendarme en cuanto apareciera.