No fue necesario esperar mucho tiempo, pues, trascurridos unos instantes, se dejó ver caminando despreocupada en dirección al sofá. Se hizo con el mando a distancia que reposaba sobre la mesa que tenía enfrente y, tras tomar asiento e instalarse cómodamente, encendió el televisor y comenzó a saltar de un canal a otro a golpe de botón. No fue hasta que encontró uno cuya emisión resultó de su agrado en aquel momento que, dirigiéndome una mirada indiferente, me dedicó las siguientes palabras en un tono más bien seco:
- Quiero que vayas al garaje. En el maletero del todoterreno encontrarás una caja de cartón. Tráemela.
- Sí, mi señora. – respondí solícito, marcando la frase con un cargado acento de sumisión.
Me levanté y acudí nuevamente hasta el lugar donde estaba estacionado el vehículo. Efectivamente, en cuanto abrí el portón trasero, pude ver una caja relativamente grande con las tapas superiores solapadas entre sí. No había duda de que aquello era a lo que se refería mi Ama pues, por lo demás, el maletero estaba completamente vacío. Al sacarla, pude comprobar que su peso no era nada despreciable.
Lo dejé en el suelo un momento y volví a cerrar el portaequipajes para, a continuación dirigirme de vuelta y presentarme ante mi firme instructora con aquel misterioso paquete.
Mi señora no me hizo el más mínimo caso en cuanto estuve de nuevo ante ella y, con los ojos fijos en la pantalla, me ignoró por completo, obligándome a permanecer de pié, sujetando aquel pesado bulto, de forma indefinida.
Fue todo un desafío permanecer allí, inalterable, durante todo el tiempo que duró aquella especie de ostracismo doméstico. Un leve hormigueo comenzó a circular por mis brazos y, según fueron pasando los minutos, una sucesión de sorpresivos calambres se fueron concatenando con creciente frecuencia. Mi zona lumbar también empezó a resentirse y toda una amalgama de síntomas, derivados de mi forzosa quietud, vinieron a aderezar mi, cada vez, más insoportable espera.
Así tuve que permanecer hasta que la serie que estaban emitiendo, y que parecía tener absorta a mi mentora, se vio interrumpida por los tan denostados espacios publicitarios. Solo entonces, se digno a volver la cabeza hacía mí para, a continuación, exclamar con una mal fingida sorpresa:
- ¡Oh! ¿Ya estás de vuelta? No te he oído llegar.
Se levantó y se acercó a mí con una maliciosa sonrisa dibujada en su hermoso rostro. Situándose detrás mío, comenzó a acariciarme la espalda con movimientos distraídos, jugueteando con sus dedos sobre mi piel. Lentamente sus manos fueron descendiendo hasta situarse sobre mis doloridos glúteos que, al instante, se contrajeron de un modo reflejo, pues no es que estuvieran para muchos tocamientos. Seguidamente, rozó con sus dedos los surcos que su brazo inmisericorde había labrado en mis carnes, pero no detuvo ahí su fría y calculada exhibición de poder. Como si de garras felinas se tratara, aferró mis nalgas con sus manos y comenzó a sobarlas y estrujarlas entre sus dedos con marcada voluptuosidad. Yo no era capaz de aguantar aquello por más tiempo y, a punto estaba de rendirme cuando, siempre al acecho a la hora de poner a prueba mis límites, mi domadora extrajo bruscamente el dildo que tenía depositado en el interior de mi orificio rectal. Aquel fue el gesto definitivo. Mis rodillas temblaron y terminaron por fallarme ante tal cúmulo de “estímulos”. Me vine abajo como un viejo edificio cuándo es demolido. Mas, mi señora, no iba a permitirme claudicar tan fácilmente y, con un rápido y hábil movimiento me sujetó por debajo de la axila con una mano mientras que, con la otra, tiraba hacía arriba del cordón que todavía continuaba unido a mis testículos. Lo hizo sin saña, sin brusquedad, pero, eso sí, con firmeza.
- ¡He, he, he! – exclamó como toque de atención. – No es ahí donde quiero que poses la caja. Déjala junto al sofá si eres tan amable.
Más conmocionado que aturdido, cumplí con sus designios como un autómata, incapaz de hacer otra cosa distinta de aquella para la que estaba programado.
Consciente de mi estado, mi Ama no tenía la intención de dejarme caer en el desánimo y, a fin de que mi mente y mi cuerpo no se dejaran llevar por la apatía, encontró una forma de mantenerme ocupado mientras me daba tiempo a reponerme un poco.
- Prepárame una copa. – ordenó.
Lo cierto es que, al darme algo que hacer, consiguió que mi ánimo se serenase en parte y, mientras ponía a punto el whisky con agua que en ocasiones solía tomar, fui recuperando la templaza con más rapidez de lo que hubiera imaginado.
Una vez concluida aquella sencilla tarea, regresé a su lado y, poniéndome de rodillas, con la mirada baja, le ofrecí el vaso con ambas manos par que pudiera degustar su contenido.
- Excelente. – dijo con evidente agrado después de haberlo probado. – Ahora, abre la caja y deja su contenido en el suelo, entre la mesa y el sofá.
Cuando separé las tapas que mantenían el interior del embalaje a salvo de miradas indiscretas, descubrí un extraño artilugio de apariencia metálica conformado por un conjunto de tubos y argollas dispuestas de forma simétrica. Al sacarlo, sin que tuviera una idea muy clara de por dónde debía sujetarlo, pude observar que, en la parte inferior, contaba con una placa rectangular que, supuse, haría las veces de base. Así que, situando aquella de forma que quedara apoyada sobre la gran alfombra que ocupaba aquel espacio, dispuse todo el conjunto en el lugar que se me había indicado.
- Muy bien. – ratificó, mi señora. – Veo que has sabido encontrarle el sentido. Por lo visto, no eres tan inepto como a veces te empeñas en demostrar.
Aquello no era del todo cierto pues, el hecho de haber sabido posicionarlo bien a la primera, había sido mera casualidad. En ocasiones, el hecho de verme obligado a guardar silencio tenía sus ventajas y, una de ellas, era el no quedar en evidencia cuando cometía un error de apreciación. Ciertamente, aquel amasijo de soportes, cilindros y listones cruzados tenía una apariencia de escultura abstracta ó, de no ser porque no levantaba mucho del suelo, de perchero de diseño. Con sinceridad, no era capaz de vislumbrar cual sería su utilidad, aunque, sin duda, no tardaría mucho en descubrirlo.
En verdad así fue, puesto que, sin pérdida de tiempo, mi Ama me hizo colocarme a cuatro patas frente a lo que, a todas luces, debía de ser la parte delantera de tan atípica estructura. Seguidamente, me ordenó apoyar la cabeza en una especie de tope con forma de media luna que sobresalía sobre el resto del armazón.
- Eso es, muy bien. – confirmó. – Ahora, extiende los brazos hacia atrás.
Poco a poco, me fue siendo desvelado el misterio que rodeaba el diseño de aquel objeto, pues mis brazos fueron inmovilizados, a la altura de las muñecas y un poco por debajo de los codos, mediante dos pares de argollas unidas al tubo en cuyo extremo estaba apoyada mi nuca. Después, le llegó el turno a las piernas que, una a una, quedaron igualmente apresadas por los tobillos en cuanto mi Ama elevó mis pies hasta la altura donde estaban colocados los cepos dispuestos a tal efecto. Ahora únicamente mis rodillas continuaban en contacto con el suelo y aquella postura, además de resultar bastante incómoda, era la que más indefenso me hacía sentir de todas las que había tenido que adoptar hasta el momento.
- No te vayas. – dijo con sorna mi carcelera. – Enseguida vuelvo.
Por supuesto, allí me quede, rumiando la comprometida situación en la que me encontraba, mientras mis rótulas comenzaban a protestar al verse obligadas a soportar todo el peso de mi cuerpo por sí solas. No obstante, no tuve la oportunidad de autocompadecerme en exceso ya que, cumpliendo con su palabra, mi señora regresó prácticamente de inmediato. No pude ver lo que hacía, ya que me resultaba imposible girar la cabeza, pero sentí como sus manos separaban mis nalgas y me era introducido de nuevo el plug que me había estado acompañando durante gran parte del día. Recordé, entonces, tanto la advertencia como la demostración que me había hecho poco después de regresar a casa pero, cuando fui consciente de la verdadero alcance del dilema al que estaba a punto de enfrentarme, mi Ama ya estaba colocando una especie de tope en el soporte vertical de tan curioso inmovilizador para impedir que el dildo se escurriera de mi abertura trasera.
- Bueno. – dijo en cuanto hubo terminado. – Creo haberte puesto al corriente de lo que te pasaría si no quedaba satisfecha con tu trabajo. Has dejado la casa bastante decente, sí, pero has cometido otro tipo de falta que me obliga a tener que sancionarte. Dejé muy claro que debías de cuidar de tu uniforme y, aunque yo te lo entregué en perfecto estado, me lo has devuelto con una media rota y manchada de sangre. Lo siento mucho, pero no puedo dejarlo pasar como si nada.
Mientras pronunciaba estas palabras, yo ya había comenzado a sufrir los efectos del ardiente potingue que me había sido aplicado. Las sensaciones iniciales fueron como las que tuve la oportunidad de evidenciar en la ocasión anterior pero, después, se fueron transformando en algo parecido a lo que se experimenta cuando se va al baño al día siguiente de haberse excedido con el picante de las comidas. Y la cosa no quedó ahí si no que, aquel picor interior, se fue haciendo cada vez más y más molesto. Mi esfínter trataba de deshacerse del causante de aquella angustia sin que yo pudiera evitarlo, si bien, mi Ama ya se había ocupado de poner remedio a esa posible eventualidad. Empecé a agitarme y a sudar con profusión, pero nada de eso ablandó el corazón de mi señora que, firme en su determinación, colocó un par de cojines sobre mi espalda, volvió a tomar asiento y, apoyando los pies sobre mí y dando sorbos a su copa de cuando en cuando, se dispuso a retomar el hilo de la serie que había estado viendo.
No tuve más remedio que resignarme y someterme pacientemente a aquel castigo (hasta cierto punto merecido) mientras aguardaba a cumplir mi penitencia y llegaba el momento en que fuera liberado. Pero hubo algo que me ayudó a sobrellevar este hecho con cierto optimismo y es que, con toda seguridad, podía dar por concluida mi jornada de trabajo.