Es una era difícil de ubicar en la historia de la humanidad, un lejano tiempo donde aun los Titanes caminaban sobre la tierra y el lenguaje escrito no había sido creado siquiera por los Sabios de Thet. Es en esta era cuando sucedió esta historia rescatada del olvido por la tradición oral de generaciones, que yo presuroso paso a contarles…
El anciano Rey Athé observaba detenidamente al coloso que se hallaba a unos trancos largos de su trono. Era un ser descomunal, con su pecho y brazos tan amplios y macizos como exigua su inteligencia. Estaba Urgh, de las Tierras Altas, frente a el.
“Escúchame bien bárbaro, una sola vez diré estas palabras para que una sola vez sean oídas. Llega el momento en la vida de todo soberano, en que el trono se torna solitario, el oro se siente frío y opaco, y los fabulosos diamantes solo se ven como pedazos de vidrio sinsentido, es en ese momento, Urgh de las Tierras Altas, cuando solo queda para un soberano, un hombre viejo y reseco como yo, esperar el tibio abrazo de su mujer… pero mi mujer Galatea ha sido arrebatada de mi lado por negros embrujos del maldito Rey de Khoondor! – grito mientras golpeaba su trono de Plata – y quiero que tu la traigas de regreso ante mi. Incontables tesoros aguardaran tu regreso, te haré un hombre rico Urgh de las Tierras Altas, si me haces un viejo feliz…”
El coloso asintió y de su boca emano una voz áspera y dura, que dijo solamente un seco “Urgh”. El bárbaro volteo, tomo su maza y se fue camino al norte.
Incontables días y noches pasaron bajo los pies del emisario del Rey Athé. Heladas noches y agobiantes días sin interrumpir su marcha, hasta que desde un alto de los montes Khan, diviso el castillo de Khoondor. El coloso frunció el seño, tenso sus músculos y pensó: “Urgh”.
Ya frente al castillo Khoondor, el coloso golpeo las puertas con su maza. Sobresaltados guardias asomaron por los altos paredones preguntando quien era el osado que interrumpía la taciturna siesta. “¡Urgh!” fue la escueta respuesta. El portal cayo, y fue fácil conocer el derrotero del enviado del Rey Athé. Bastaba con seguir el sendero de sangre y cuerpos mutilados de los impotentes guardias del castillo.
El coloso se detuvo finalmente frente a las puertas de la sala nupcial del Rey Khoondor. Un certero golpe de la pesada maza fue suficiente para quebrar la resistencia de las puertas de bronce.
Urgh, de las Tierras Altas, quedo tieso frente a la inesperada imagen que se dibujo frente a el.
La Reina Galatea estaba echada en la cama, bebiendo de una copa de nácar una bebida fuerte, a juzgar por la irritación de sus ojos que aumentaba a cada sorbo. Solo vestía una delicada túnica de gasa color negro, transparente, dejando ver al completo las curvas de sus caderas, su cáliz y sus poderosos pechos, erguidos, duros, firmes. A pesar de la tentación que provocaba su diabólico cuerpo, lo más llamativo de la mujer era la corona colocada sobre su despeinada melena negra. No era suya, pertenecía al Rey Khoondor.
El Rey Khoondor estaba a los pies de la cama, acariciando lentamente los pies de Galatea. Vestido ridículamente con un pañal de cuero y un collar grueso de oro, del cual salía una gruesa cadena de bronce que terminaba en la mano derecha de Galatea. El enjuto, delgado, petiso, breve y por sobre todo feo Rey Khoondor masajeaba cada dedo de los pies de quien parecía su ama en forma lenta y nerviosa. Al ver al coloso a las puertas de la alcoba, se puso de pie de un salto, temeroso. Temió por su vida.
“No te he dicho que detengas – Le dijo Galatea al Rey Khoondor, mientras volvía su mirada al invasor – Supongo que te envía el impotente del Rey Athé para regresarme, verdad?”
El gigante de las Tierras Altas respondió con un seco “Urgh!”.
“Mira imbecil sin cerebro, aquí soy Ama de todo lo que mis ojos pueden ver. No soy el juguete de un senil Rey que poco le queda de vida, y menos de aun de virilidad – se puso de pie de un modo soberbio – pues aquí hago lo que quiero, entiendes? Quieres ver una prueba de mi poder? Quieres verlo? Sabes que Khoondor es General del mayor ejercito de las tierras conocidas, y que a pesar de su despreciable aspecto – miro con asco a su Rey esclavo – la sola mención de su nombre ha hecho rendir a civilizaciones enteras… Pero mira quien tiene aquí el poder, quien en realidad decidirá a partir de ahora el principio y fin de cada era…”
Galatea abrió su túnica, escupió uno de sus pechos y le dijo al Rey Khoondor “Límpialo”. El Rey se acerco con la vista baja y agachando su ya de por si vencida espalda y lamió con sumo cuidado cada gota de saliva que Galatea hecho sobre su propio seno. “Suficiente” dijo la mujer, y aparto pesadamente, como una mosca que molestaba su descanso, al hombrecito que se sentó a su lado como un perro que espera la orden de su dueño.
“Pero el poder no lo es todo, mi querido bárbaro sin cerebro – le dijo a Urgh mientras caminaba arrastrando de a tirones al perro-Rey- esclavo – una mujer dotada de un cuerpo como el mío, que ha sido su puerta de escape para huir del barro plebeyo donde nació, sabe que su ventaja se marchitara con el tiempo. Y no voy a aceptar perder los privilegios que en las camas mas nobles de estos reinos he conseguido, solamente porque mi piel se ajara poco a poco – Miro con ojos llenos de ira al coloso - Necesito vencer la vejez, y este ser repugnante tiene lo que necesito”
Jalo mas fuerte aun de la cadena de bronce y el Rey Khoondor se puso de pie. “Descúbrete” le ordeno Galatea. Y el hombrecito, amo de la Nación más poderosa de su era, bajo de un tiron su pañal de cuero.
El gigante dio un paso atrás, sorprendido y atemorizado. De sus labios, apenas salio un dubitativo “¿Urgh?”
La Reina Galatea, con una sonrisa de maligna excitación en sus labios, sostenía con ambas manos, no sin dificultad, el excepcional miembro del avergonzado hombrecito.
“Lo ves gigante? Esto es algo que jamás, hombre o bestia, podrán ofrecerme. El secreto de la juventud eterna. En esta verga, envidia hasta de los caballos sementales mas puros, encontrare la energía necesaria para no resecarme jamás, algo que ni siquiera todas las arcas del estupido del Rey Athé podría comprar”
La Reina se arrodillo frente al hombrecito mientras su lengua ansiosa relamía sus labios. Lentamente, como presagiando la nueva dosis de vida que le seria inyectada en su sexo, su respiración se transformo en un jadeo creciente. Su vagina comenzó a florecer.
“Vete!” le grito al aturdido coloso antes de orar al gigantesco miembro del perro-Rey-esclavo, que ya estaba erguido y latiendo con visible fuerza.
El coloso se detuvo en lo alto del monte Khan. Volteo para ver por ultima vez el castillo del Rey Khoondor, frunció el seño y pensó: “¿Urgh?”.
Y siguió su marcha hacia el norte, en dirección opuesta al castillo del anciano Rey Athé.