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"Yo delirio pero con realismo"
El autor de la novela más larga de la literatura argentina (Los Sorias) acaba de publicar sus Cuentos completos, que incluye quince textos inéditos. En esta entrevista habla de su vida, de la creación literaria, y de la influencia social de la literatura.
Desde sus dos metros de altura, Alberto Laiseca se inclina, saluda y hace pasar a una pequeña y no muy luminosa planta baja, con un patio en donde dos perros akita están echados con impasibilidad oriental. Gran biblioteca de libros forrados junto a la cama, donde dos gatas -madre e hija- sueñan ronroneando indiferentes al cronista. Una mesa grande, sobre la que se levanta una montaña literal de papeles donde cuesta apoyar el grabador. Se acaban de editar (en Simurg) sus Cuentos completos, que incluye los libros Matando enanos a garrotazos, Gracias Chanchúbelo y En sueños he llorado. Un aluvión cuentístico que cumple cuarenta años de vida, inaugurado con Mi mujer (publicado en La Opinión en 1971), y con la yapa de quince inéditos, algunos terminados este año. Al origen de esta voluntad de contar hay que rastrearlo en Camilo Aldao, el pueblo de Córdoba en donde Laiseca vivió sus primeros años. Una vida pueblerina desbordante de historias que complicaban el sueño. Laiseca dixit: "Yo me escapaba por las noches a lo de unas viejitas que vivían muy cerca. Y estas viejitas contaban cosas espantosas que según ellas eran verídicas. Que la luz mala, que el chancho sin cabeza. Y uno creía todas esas historias y se cagaba de miedo. Fue mi primer contacto con el terror". Su padre no sólo le prohibía esos encuentros: también le escamoteaba los libros de Edgar Allan Poe, la otra gran revelación para el impresionable Alberto. "A mí nunca me asustó Poe; sí me fascinó siempre. Ha sido mi maestro.
Yo tendría nueve años cuando lloré como una Madgdalena con El gato negro. Hay cinco palabras que Poe no inventó. Su invento es haberlas ordenado de esta forma: el espíritu de la perversidad. Según Poe, es algo que llevamos adentro, que nos lleva a hacer algo malo sencillamente porque sabemos que no debemos hacerlo. Y eso es lo que pasa con el gato negro, con todas las crueldades que el tipo tiene para con el pobre gatito. Terrible. Lloré, lloré, para un chico eso era algo terrible. Asustarme, no."
-¿Y qué lecturas o películas hoy le llegan a dar miedo en serio?
-No sé, esas películas japonesas actuales, pero después se repiten. Eso, de grande. Pero de chico, en el cine de mi pueblo pasaban las viejas Drácula, Frankenstein, las de Bela Lugosi. Nunca me dio miedo, era mucho gusto verlas. Un entretenimiento delicioso, estremecedor sin llegar al miedo.
Vienen después los complicados años juveniles, cuando deja su pueblo y va a la ciudad de Santa Fe a estudiar ingeniería: "Pero yo me tendría que haber ido antes de mi pueblo, a los diecisiete. Claro, no podía. ¿Quién se animaba a enfrentarlo a mi viejo? Mi relación con él era muy difícil. Yo era un pobre chico, daba lástima. No me importa que lo digas en la nota". Abandonada la universidad, vendrán años de durísimas tareas rurales en las provincias, y más tarde la llegada a Buenos Aires y el lento trabajo de abrirse camino como escritor.
-A pesar de su edición tardía, ¿ "Los Sorias" es cronológicamente su primer libro?
-No, querido, pero a ver... sí, yo creo que sí, creo que a Los Sorias la empecé a escribir sin escribirla, sin saber que iba a ser escritor, a los nueve años de edad, cuando recortaba figuritas, cuando organizaba ejércitos. Ahí salió. Mucho después me puse a escribirla. Escribí tres porquerías, tres versiones, las deseché. Y empecé de nuevo todo por cuarta vez, a principios de los setenta, sin tomar como texto base lo anterior. Diez años después, la terminé.
Tal vez no sea exagerado decir que el realismo delirante laisequiano es un eslabón nuevo en la literatura mundial, muy especialmente en sus narraciones "históricas", como La hija de Kheops. Porque muy poco tienen que ver con ninguna vertiente de la novela histórica ni con la estética de Thomas Pynchon, a la que muchos lo asocian. "Sí, Pynchon es otra cosa", homologa. "Yo lo leí, pero mucho después, yo ya tenía mi estilo. Leí esa obra genial, de lectura dificultosa, El arco iris de gravedad. Me empeciné en entenderla, tiene referencias rarísimas".
-¿Hasta qué punto, en sus ficciones "históricas", le interesa que se conserve el verosímil de época?
-Me interesa que haya verosimilitud porque lo mío es realismo delirante. Yo deliro, pero con realismo. Hay mucho de eso en Las cuatro torres de Babel, que es un delirio muy grande. Obviamente, es imposible lo que cuento, que los romanos estén combatiendo con armas nucleares. Eso es una ucronía. Pero sí el uso de tales armas nucleares debe estar de acuerdo con la ideología del ejército romano.
Ese efecto ucrónico de sus ficciones, reforzado por el lenguaje coloquial contemporáneo de sus personajes históricos, provoca el desconcierto, a veces la carcajada, sin restar un miligramo de verosimilitud. Como ocurre con los antiguos chinos aporteñados de La mujer en la muralla. Reír y seguir creyendo. Me dan ganas (con un poco de vergüenza) de hacerle una pregunta naïf para cualquier escritor que no sea él: ¿En qué época le hubiera gustado vivir? No duda un segundo: en la cuarta dinastía egipcia, hace unos cuatro mil años, cuando se levantaron las mayores pirámides. Sigue: "Me hubiera gustado tener mi mujer, mis hijos, un oficio como pulidor de piedras. Y que el faraón me contratara para ser uno de los constructores de la Gran Pirámide. Era la época más feliz del mundo. De todas maneras, no creas que idealizo el pasado. La gente vivía muy poco, pero sentía que la vida valía la pena. Había religión".
Laiseca no se contentó con haber patentado el realismo delirante, sino que llegó a afirmar que el mismo universo es realista delirante. "Yo he estudiado ciencia, he estudiado el cálculo", explica. "Lo primero que te enseñan en el cálculo es la teoría del límite. Es muy largo de explicar qué carajo es. Pero existen unas funciones que antes no se podían calcular. Lo delirante estaría en intentar solucionar la indeterminación, algo que se puede hacer solamente en algunos casos. Es delirante el mundo, y es realista también. Y en mis ficciones uso cálculos reales, que se pueden revisar."
En los personajes de Laiseca hay una ética taoísta: la creencia en los contrarios como aspectos alternantes de una misma realidad. La virtud perfilada sobre la extrema crueldad, el poder absoluto ejercido sobre individuos desamparados. "Es una muy buena observación", aprueba. "Nadie me dijo eso. Yo tengo mucha formación china, desde los veinte años. Creo en los opuestos complementarios, en el Ying y el Yang. Lao Tsé fue fundamental para mí. El Tao Te King es el libro más difícil y más incomprensible que hay. Pero no porque no se pueda comprender. Sino porque no se sabe cómo conciliar el tao con ciertos problemas de la vida".
-¿Qué problemas formales se plantea cuando encara un cuento o una novela?
-No puede haber una fórmula o un principio formal al escribir un cuento. La creación es un misterio. Algunas cosas sí te puedo decir sobre un cuento; te puedo contar el 5 por ciento de cómo lo hice. Dar cuenta del 100 por ciento de cómo lo hiciste es absolutamente imposible. Porque depende de las fuerzas del inconsciente, de tu pasado, de tus creencias favoritas, de tus terrores, que a veces vos mismo no los tenés claros. Ojo, siempre me hago un plan de obra con los cuentos y las novelas. Pero después se modifica muchísimo.
Anuncia la pronta reedición de El jardín de las máquinas parlantes, esa bomba atómica de narrar, de lo mejor que se publicó en este país en los ultimos treinta años. Hablamos sobre su proyecto novelístico sobre la Guerra de Vietnam, que lleva más de veinte años. Es poner el dedo en la llaga: se queja de la falta de tiempo, de la acumulación de trabajo. Señala una masa de carpetas: "Ah, viejo, acá la tengo", dice. "Puedo avanzar muy poco. No tengo tiempo, no tengo tiempo. La novela está dentro de mi cabeza, más que nada. El título tentativo está de hace mucho: La puerta del viento."
A pesar de ser ninguneado con prolijidad por la Academia, Laiseca es bien consciente de ser leído mayormente por jóvenes: "Me leen los jóvenes porque, para simplificar, yo nunca dejé de ser joven. Y más viejo me vuelvo, más joven. Es por eso".
-¿Cómo se lleva con su oficio de dar talleres de escritura?
-Bueno, bien. Uno pone el alma en esto, uno está brindando toda su experiencia, con buena onda. Pero la verdad es que esto es apreciado por muy pocos, aunque siempre hay alguna gente que se engancha.
-¿Qué jóvenes que pasaron por sus talleres han surgido como escritores?
-Leonardo Oyola, por ejemplo, con Siete & el tigre harapiento y Hacé que la noche venga. Es muy bueno. Y hay otros que están inéditos acá en la Argentina, como Sebastián Pandolfelli. Está Leandro Avalos Blacha, que ganó un premio con la novela Berazachussets y que sigue siendo alumno mío. Y ninguno me copia, te lo puedo asegurar. Laisecas chiquititos yo no quiero. Por suerte, nunca me pasó esa mierda. Tienen que ser ellos. Yo me he limitado a abrirles puertas.
-Dentro de la literatura argentina, ¿con quiénes se siente emparentado?
-Mirá qué pregunta interesante. Vos sabés que yo era muy amigo del gordo Soriano. Y te puedo asegurar que ni él me copió a mí ni yo lo copié a él. Cada uno desarrolló su obra por su cuenta. Yo te díría que Una sombra ya pronto serás es una novela de realismo delirante, lo supiera o no el gordo.
-¿Hoy se puede influir socialmente con la literatura?
-Cada vez a menos cantidad de gente. En el siglo XIX y hasta la primera mitad del XX todavía existían escritores que influían sobre la sociedad, pero ya no. En los sesenta yo agarré la época final de Sartre, que tuvo gran influencia sobre mí. La ética de Sartre, sobre todo.
Una idea recurrente en sus narraciones es el viaje a la mujer, territorio desconocido y revelador para el varón. Laiseca asegura que a él lo hicieron madurar las mujeres. "Sin mujer no hay crecimiento", dice. "Hasta con las que más me hicieron sufrir no tengo ninguna cuenta pendiente. Les estoy agradecido. Me hicieron sufrir, sí, pero ¿quién me quita lo bailado? Lo bailado a nivel afectivo, a nivel sexual y a nivel espiritual de crecimiento, de aprender a mirar al otro. Mirar y escuchar. Si no mirás y escuchás, sos nada más que un pobre tipo."
La presencia del sadomasoquismo se ha ido acentuando en su obra, y alcanza su cénit en relatos horriblemente desopilantes como La isla de los cuatro juguetes y La mujer que engordó en un campo de concentración. Curiosa, provocativamente, el autor del Manual Sadomasoporno piensa que el sadomasoquismo es el último refugio de los románticos. "El sadomasoquismo no es lo que la gente se imagina, por lo menos tal como yo lo concibo", aclara. "No es lastimar al otro. Es jugar con el otro. Jugar a que uno es poderoso y el otro no. En realidad es al revés: es siempre la masoquista la poderosa. Y ella bien lo sabe."
Sabemos que la principal dificultad del género de terror es que bordea lo ridículo. Narciso Ibáñez Menta repetía esta idea por televisión. ¿Laiseca trabaja en ese borde? No lo ve tan así: "Mis cuentos de terror, más que lo ridículo, siempre bordearon el delirio. Yo no sabía cómo manejarlo. Pero bueno, ya estaban editados mis Cuentos completos y después escribí un cuento más, Los fabricantes de vampiros, de terror. Es un gran crecimiento mío. Porque a mí el terror siempre me gustó, pero mi problema es que soy muy delirante, empiezo una idea de terror y me sale otra cosa. Y en este cuento, por primera vez, logré hacer terror y delirar sin que se rompa el canon de terror".
-Cuando un texto provoca la risa, ¿qué revela, además de la propia comicidad?
-Siempre transmito conocimiento en lo que hago, sea una parte cómica o una parte trágica. Siempre hay ontología. La literatura para mí es transmitir conocimiento ontológico, que es el conocimiento más importante. La forma de ver el mundo: ese es el mayor aporte del escritor.
-¿Esa cosmovisión está de entrada en su obra?
-Sí, ese punto de vista del mundo está desde el principio. Por eso es que mi obra salió tan rara, porque tiene una cosmovisión propia. Generalmente, las otras obras no la tienen.
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Saludos, ES.
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