EL LEÓN Y LA MARIPOSA
A Frida quien cada día despliega su alas para mi.
En los tiempos en el que lo seres humanos aún no pisaban esta tierra, los animales y las plantas vivían en perfecto equilibro, no había plagas ni sobrepoblaciones, no se suscitaban ni sequías ni hambrunas, los depredadores mataban lo que comían, la sangre no se derramaba en vano, vivía el León que era entre todos el más gallardo y orgulloso, pero esto no lo llenaba más.
Una madrugada el León recorría sus dominios cuando se percato del gracioso vuelo de una mariposa, fijó su atención en la intrigante criatura y notó lo hermosa que era, como el viento y ella se fundían en un movimiento de color, inundando de belleza el paisaje frente a él y no pudo contener una sonrisa. De un momento a otro el vuelo de la mariposa se torno frenético ya no se mecía en el viento, sino que luchaba con el para avanzar más rápido.
Ún chillante graznido saco al León de su concentración, dos aves volaban en picada directo hacia la mariposa, la belleza se convertía en comida. Él León reacciono lo más rápido que pudo y en el mismo instante en el que un pico trozaba un ala el León de un solo zarpazo dejo sin vida a los dos atacantes. La mariposa abrió los ojos, vio que a su lado yacían los cuerpos sin vida de quienes antes pretendían acabar con ella. Miro hacia arriba, inmóvil con sus ojos clavados en ella y con una sonrisa que emanaba calma, estaba el León. Cerro los ojos, sabía que ahora podía descansar.
De ese día en mas el León cuidaba de la mariposa, que ahora se sentía segura. Revoloteaba al rededor del León y le obedecía en todo lo que él le decía, no dudaba, no replicaba, solo confiaba. La sonrisa vivía en el rostro del León y la felicidad de este poco a poco se convertía en la de ella, hasta que de pronto y sin darse cuenta la única necesidad de la mariposa era la felicidad del León.
Así sus días pasaron, incontables otoños, primaveras vivieron felices, sobrevivían juntos a sus inviernos y disfrutaban en la compañía del otro en los veranos, sin darse cuenta de que el hombre comenzó a poblar la tierra y con él la muerte sin sentido y la sangre que se derramaba en vano. Y no lograron escapar de esa suerte, una fría mañana mientras el rocío terminaba de evaporarse un niño se encontró con la mariposa y sin razón alguna, por un vil acto lúdico la despojo de sus alas y le arranco la vida.
La furia tomó el control del León cuando este vio al cachorro del hombre jugando con las ya descoloridas alas del ser a quien se juro cuidar por siempre, por primera vez sintió sed de sangre, nació en el el deseo de matar, de vengarse, las lagrimas inundaban sus ojos por primera vez en centenares de años. Los músculos de su espalda se tensaron y se abalanzo para asestar golpe de muerte, cuando estaba a unas pulgadas un muro de fuego se interpuso entre el y el joven verdugo. Y un hombre de cabello gris le pidió que se detuviera. Le explico que ese niño era su hijo.
El León dio un paso al frente apagando el fuego sin importar las quemaduras que las brazas provocaban y cuestionó al hombre su suplica de clemencia y explico el daño que el pequeño le provocó. El hombre sintió compasión y respeto, y decidió revelarse como uno de los primeros hombres, dotado de un don que jamás se volvería a ver. Saco de su bolsillo una afilada daga y cortando la palma de su mano juro sobre su sangre que si le perdonaba la vida a su hijo el se reencontraría con su mariposa muchas vidas después encarnados en seres humanos. El León aferrado a esa única esperanza aceptó y le exigió al hechicero que terminara con su vida. Y así se hizo.
Muchas vidas y más lunas pasaron, los años se contaban en miles, el hombre y su humanidad permeaban el planeta entero, ni los animales, ni la paz o el equilibrio reinaban más en la tierra. El hombre y los animales ya no hacían tratos. Cuando un hombre miro su reflejo en los ojos de una joven mujer, los recuerdos de vidas pasadas invadieron sus mentes y cuando sus memorias alcanzaron su primera vida, el hombre sonrío la tomo de la mano y la llevo a un lugar donde estarían solos. La despojo de sus ropas y en ese precioso instante a los ojos de el, del León se desplegaron alas en la espalda de la joven. Ella se puso en cuatro puntos emulando la posición que durante siglos había admirado en el León, inclino su rostro hasta rozar la punta de los pies. -A sus pies mi León. El la miro y no pudo contener su sonrisa.


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