Que buenos aportes han traído.
No puedo imaginar la vida sin literatura.
Admiro el léxico y la trama fantástica de Borges. «Ficciones» es uno de mis libros favoritos, pero en éste caso, dejo un fragmento del cuento llamado «El aleph»
La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación.
Resalto la parte fundamental. El hecho de notar que algo propio -quizás parte de nuestra esencia- comienza a aislarse del resto del mundo, alejándonos cada vez más, sumergiéndonos en un abismo al que ningún otro ser humano podrá llegar.
Por otro lado, siempre me agradó una frase de Fausto, personaje cuál vende su alma al Diablo,
«¿Conque el mismo infierno tiene sus leyes?»
El infierno, en teoría, debería ser un lugar de interminables sufrimientos. Orden y caos forman el equilibrio. Sin duda, al priori, yo tendría una visión caótica sobre el infierno.
Pero con esta simple pregunta de Fausto, Goethe nos invita a reflexiornar sobre la necesidad de tener leyes.
Podrán ser injustas, podrán ser sádicas, podrán favorecer a uno, pero es necesario que existan las leyes.
Claro que también, pueden desobedecerse.
Por último, siempre adoré la filosofía del Marqués de Sade, aunque no tengo una cita puntual. Por medio de sus más viles personajes, nos hace comprender al ser humano como un animal racional, quién por tener mente, puede aprovecharla para saciar sus más viles deseos y morbos que la naturaleza le dio. El fuerte le gana al débil, y hará de él lo que desee.
Naturalmente, no es nada justo. Pero la naturaleza en sí misma, funciona sin justicia. Nacer y morir, en el medio comer, garchar y dormir lo más que se pueda. El Marqués comprendió que desde algún ángulo, la vida trata de ello, y así como existe el héroe idealista y justiciero, de moral y ética intachable, también está quién da rienda suelta a sus bajos instintos, por más sádicos, despóticos o crueles que sean.


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