Leopold Von Sacher Masoch conjugó en su obra: mitos, fantasmas, hiper-sensualismos,...
Sus Diosas tenían el toque olímpico y el glaciar.
El milagro de la amalgama de la pasión y de la piedra.
Una de esas Diosas habitó la Tierra y llevó su orgullo más allá de todo precipicio. Era Erczebeth Bathory, la Condesa de Bathory, la mujer martirio de las jóvenes campesinas magiares, la que se bañaba en la sangre de sus víctimas, allá por los finales del siglo XVI y principios del siglo XVll.
Pero la creación de Masoch excedió el marco del mito o de la realidad, hasta convertir en literatura sus fantasmas más imperiosos, literatura fabricación de gigantes-de nuevas leyendas. Por ello engendró "La hiena de la Puszta" (Puszta es el nombre de la gran llanura húngara, comprendida entre los montes de Transilvania, los cárpatos y el curso del Danubio). Y esta "hiena", la princesa Parkany, sí adquirió los dotes de arte en la doma y en la seducción más allá de los abismos de la cordura, que su antecesora Bathory no poseía.
Entonces, en "La hiena...", hombres y mujeres caen bajo su influjo, bajo su embrujo fatal, indistintamente. Ana Klauer, la mujer humilde pero soberbia mujer, es seducida y abandonada por un hombre de alta alcurnia, el Barón de Steinfeld. Y su venganza contra él y todos los hombres en nombre de él, será "terrible", pero dulce, atroz, pero paradisíaca. Ella inicia una carrera de Diosa, y, para ello, acepta someterse a las peores humillaciones con la más inconcebible dignidad.
Se presenta en un circo. Aprende el arte de la maestría sobre el caballo. Acepta las "novatadas" de bufones y estrellas del circo. Y se va apoderando de cada uno de esos seres, ella que se vuelve un libro abierto sobre como envolver y dejar sin fuerzas al ser "fascinado". Reproduzco un fragmento de la última parte de su doma a Miss Stanette, la amazona-estrella del Circo Cibaldi, la "femme inaccesible", a partir del momento en que el cuerpo de la Miss yace casi inerme y no parece dejar resquicio para la continuidad de la doma. Entonces... "...Una idea deliciosa le vino al detener su mirada en el sexo que la víctima exhibía entre los muslos y que podía compararse por su estado a un fruto maduro a punto de abrirse. Todo asomo de pudor parecía haber abandonado a la pobre miss desde el momento en que el terrible cuero había entrado en contacto con su espalda. "Siempre es así cuando la corrección alcanza el grado necesario y la intensidad requerida", pensó Sarolta(que aun no éra princesa ni se había rebautizado "la hiena".). "Y está bien que sea así y así debe ser", concluyó la amazona para sus adentros a la vez que esbozaba una cruel sonrisa ante la idea que pensaba poner en práctica.
Levantando muy arriba la mano que sostenía el látigo, arqueando las piernas solidamente asentadas en las botas de montar, midiendo con cuidado la distancia entre ella y su víctima y el lugar preciso que había elegido para descargar el golpe, procedió por fin a abatir el cuero trenzado en un golpe de enorme violencia con toda exactitud en la hendidura que confería a Stanette el inequívoco título de mujer. Era como si tratara de prolongar aquella abertura o como si quisiera partirla en dos, tal era la enorme fuerza con que había asestado el golpe.
El látigo penetró en la frágil carne de los labios entreabiertos y mordió como lo harían unos dientes, haciendo que la supliciada diera un salto de carpa que parecía difícilmente presumible en quien acababa de recibir semejante trato. Saltó en el aire, levantándose casi un metro del suelo, mientras que un grito desgarrador y de una intensidad desconocida hasta entonces parecía brotar de las entrañas de la caballista.
Y al volver a caer al suelo, con el cuerpo agitado por los espasmos nerviosos y contracciones incontroladas, fue a juntarse con el látigo que Sarolta, todavía jadeante por el esfuerzo y con el cuerpo enteramente cubierto de sudor, acababa de arrojar sobre su víctima dando por terminado así el atroz suplicio.
Mientras contemplaba con ojos indiferentes y fríos las reacciones de su víctima, sin el menor asomo de piedad o inquietud en su semblante, la amazona procedió a encender uno de sus largos cigarrillos de boquilla dorada que uno de sus rendidos admiradores le procuaraba diariamente entregados en cofrecillos labrado artísticamente y cuajados de pedrería".
Para finalizar esta exposición (y esta incitación a la lectura de "La hiena..."), presento un nuevo fragmento del texto, en donde la ahora princesa Parkany "prepara" su reconquista del Barón Steinfeld, incapaz éste de reconocer a su antigua amante, alelado, absorto en su contemplación. En esta parte de la obra, la princesa organiza una cacería de lobos. El Barón advierte que la princesa no tiene fusil, y le sugiere que tal vez ello se deba a un fondo de compasión por las fieras. La princesa se echa a reir (lo que estremece al barón), y le dice: "Al contrario, estoy esperando el momento en que los lobos salgan al descubierto para avanzar hacia ellos y acosarlos con mis perros. La piedad es un sentimiento totalmente desconocido para mí. Pienso que el placer de la caza reside en eso: dar a las piezas la ocasión de escapar y, así, cuando han agotado sus fuerzas y han hecho recurso de todas sus astucias, cuando al fin se ven rodeadas, perdida ya toda esperanza de escapar, empiezan a temblar como un anticipo de su agonía, esperando el golpe de gracia. Y así es, también, dijo repasando con la lengua el borde de sus labios, como espero el amor." Y así es como se estremece el Barón y experimenta "la misma sensación que si le hubieran arañado la espalda, a lo largo de la columna vertebral, con una uñas aceradas".
"La hiena..." es...LITERATURA
"La hiena..." no es fácil de conseguir. La edición que poseo pertenece a "Laertes", y es del año 1982. Si es complicado obtenerla, y no resulta sencillo obtener alguna nueva edición que pulule por allí, tal vez pueda hacer una copia y donarla a una biblioteca futura permanente de Mazmorra.


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