¿Quién no conserva esos objetos "inútiles", mitad recuerdo, mitad talismán, de los cuales tal vez se avergüence un poco, de los cuales tal vez sienta un gran orgullo, y a los cuales no quisiera por nada del mundo renunciar?
Se trata, a veces, de un viejo juguete que sobrevivió a los estragos infantiles, de un estuche escolar que custodia un olor perdido o de una camiseta encogida que seguimos guardando en el cajón de nuestras camisas.
¿A dónde van a terminar estos objetos ayudantes, estos testimonios de un edén inconfesado?
Objetos que uno no estaría dispuesto a perder en un naufragio...
Mi pantaloncito amarillo por delante y azul por detrás, regalo de cumpleaños de mi abuelo por mis nueve años de vida, desteñido pero lúcido, ínfimo de tamaño y gigante en el corazón, aquel de mis sudores de los partidazos de Plaza Francia, aquí, delante de mis ojos vibrátiles, yo lo siento más antiguo que viejo...
Aquella piedra marmólea que un día me regaló un amigo en Bustarviejo, en los montes de Madrid, y que me aseguró que si estabas triste y la apretabas fuerte contra tu corazón, te devolvía los latidos que se te estaban extraviando y te garantizaba la salud casi hasta la inmortalidad y que barrena por los bolsillos de todos mis pantalones obsesionada por presentificarse a cada instante...
¿Y ustedes? ¿Qué objetos-talismanes guardan por ahí en el rincón de los secretos añejos?
Compartirlos...es compartir un trozo del alma...


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