Siempre he creído en la fuerza incontenible, en el asombroso elixir de la repetición.
Crear un tiempo circular es el mérito de los seres que juegan un juego como lo juegan los niños: A FONDO.
Vivo a pleno el encuentro cotidiano, a fondo, con el ser con el que menos imaginaba que ocurriría EL JUEGO.
La cotidianeidad tiene sus circularidades, sus repeticiones que abulizan. La repetición abúlica de los estertores domésticos cotidianos es mortal cuando cada persona juega su juego equivocado, un anti-juego para el juego del otro.
Y nosotros llegamos al extremo de la seriedad por la fanática repetición del anti-juego.
Hasta que "reventamos". La carrera de relevos en pos de la supervivencia: el supermercado, la niña, la imagen de "seriedad" que debíamos dar a nuestra niña, la interminable discusión entre lo normal y lo perverso...
Y en el minuto de tiempo "free" del sábado a la noche, más que nunca a solas con nosotros mismos (y el vacío), entonces, lo único factible: la irredimible frustración sexual...
En nuestra pasión por el anti-juego tenía que habitar su opuesto.
El juego del sometimiento redime del "sometimiento" vincular, el sometimiento a los mandatos, el sometimiento a la apariencia (la apariencia que se vuelve un problema desde que, al vernos niños en el espejo, descubrimos que hay un abismo entre lo que vemos allí reflejado y lo que veníamos sintiendo que pasaba en nuestro cuerpo y nos daba cohesión; entonces, llega la apariencia, el esfuerzo denodado que realizamos por disimular lo que "vemos" del otro y de nuestra propia imagen, de lo que verdaderamente sentimos).
No necesitamos grandes cosas para inaugurar nuestro juego de la dominación. Con risas. Con la rara mezcla de crueldad y ternura. Con la preciosa posibilidad de que un acto ocurra en un segundo extraviado del tiempo. Con la concatenación de repeticiones.
He aquí la repetición fundante. La que crea su territorio, un ritornello, un juego de señales, de lenguajes que confluyen en el acto.
Me levanto a las siete y media. Preparo su mate (mi pasión se juega en su mate). Lo hago exactamente como ella quiere. La dosis justa de yerba. El mismo sonido de la tetera antes de que empiece a aullar el incremento de su temperatura. La misma forma de cebarlo. La misma forma de servirlo acompañado por su tostada integral que tiene más de queso blanco que de dulce de ciruelas (primero va el queso blanco untado por toda la tostada. Luego va el dulce que deja precisas grietas blancas). La misma forma sinuosa de caminar por el eterno pasillo hasta llegar a la habitación, de inclinarme a su vera en la cama mientras las primeras luces del día penetran por las rendijas de la persiana. El beso jugoso y lleno de los vapores de esa fantástica aventura de cada noche llamada sueño. E inmediatamente después, ya previsto el escalofrío en mi piel, ya anunciada la aceleración de mis latidos, ella, con su sonrisa hipnopómpica, incorporándose hacia mi torso ya vuelto a la vertical, mirando a mis ojos con la nueva suavidad de unos ojos que penetran, buscando "sus" botones en mi torso desnudo, afilando sus dientes al paso de su boca por su objetivo, tomando el pezón, masticándolo, deglutiéndolo, con el ademán parecido al de esos perros que quieren extraer el obstáculo de su raíz y comienzan a tironear con el hocico del elemento erradicable hacia sus costados. Y entonces, todo mi cuerpo queda en suspenso, y el dolor se vuelve río, como el flujo de un río que inevitablemente discurre en su cauce.
Así con un pezón. Luego con el otro
Hemos creado la eternidad en el breve espacio entre sus dientes y mis pezones.
Hace muy poco me atreví a verla desde el pináculo de mis ojos embriagados, y fui de lo borroso a lo nítido. La vi ensimismada, con los ojos idos, en un rezo interior mientras eclipsaba la aureola de mi pezón con sus labios entrecerrados. Era una niña que aun no se había visto en el espejo, o, mejor, se veia multiplicada en el diapasón de mi pezón, libre, diáfana.
He visto un rostro así, pero no en este mundo. O tal vez sí. A Jaqueline Du Pre levemente inclinada hacia su violonchelo en un doble concierto de Brahms. Los ojos idos. El mantra en los rasgos de su cara. La primera niñez.
El juego estalló entre nosotros. Y se juega las veinticuatro horas del día y es el juego que mejor jugamos y más nos gusta. Todo parece en estado de barbecho...y de repente...arrasa el frenesí.
O el ritual interminable. El de las siete y media de la mañana. La repetición de los gestos potencia la belleza del acto. La maravilla se vive...en el momento de poner la yerba en el mate...al visualizar el fondo blanco bajo la fachada de la ciruela en la tostada...en la deglución del pezón...
Ella y yo tenemos escrito en nuestros sentidos, en nuestros córtex, este maravilloso y cotidiano guión. Que nos reinscribe a la potencia de la vida. Cada uno tiene destinado su papel cada mañana. El ritual ya nos crea a nosotros.
Me encantaría saber de ustedes, del acto de la repetición, del pequeñísimo ritual gigantesco en donde todo ocurre en un espacio brevísimo que adquiere la máxima intensidad. Un acto a la hora señalada que imprime en nuestros sentidos el detalle y el más allá de los detalles.
Me encantaría...


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