Trae una minifalda blanca, tableada, que se balancea a su paso. Una fina remera transparente que deja su espalda totalmente desnuda. El largo pelo rubio suelto, casi hasta su cintura, con un mechón sujeto alto sobre la nuca mediante un peinetón de gruesos dientes en pinza. La mano que lleva la fusta está llena de anillos y pulseras finas que tintinean. En la otra, una pulsera dorada ancha y plana como una muñequera. Sus uñas largas y cuidadas le dan a sus manos una feminidad que me abruma.
Vestida así, caminado pausadamente con ese contoneo indiferente de sus nalgas, parece una modelo, pero las medias negras, con costuras, sujetas bien arriba por portaligas, y una diminuta braguita negra que cubre el bulto provocativo de su vulva, y que puedo entrever desde abajo mientras camina, le dan un toque perturbador a su figura, como si algo obsceno se hubiera colado en un arreglo inocente.
Camina un par de pasos hasta el bar y apoyándose en un taburete de espaldas al mostrador, con las piernas semi abiertas, chasquea los dedos para que acuda a su lado y me indica que me arrodille frente a ella.
-Ponte derecho- me ordena inmisericorde a sabiendas de que en esa posición el cilicio me raspa el pene inflamado terriblemente. – Ahora vas a perfumarme las bragas-
Inclinándose ligeramente hacia delante, con la fusta colgando de la muñeca, me pone el frasco de perfume delante de la cara como si fuera a echarme aerosol en los ojos.
-Abre la boca y saca la lengua- me ordena, y procede a rociarme largamente perfume sobre la lengua y los labios. Es amargo, ardoroso y embriagador.
-Ahora pásamelo por acá- agrega abriendo obscenamente las piernas frente a mi cara con una mirada maliciosa.
Acerco mi lengua, como una cuchara cargada de perfume, hasta su sexo, aprisionado en la suave seda transparente, y perfumo ese bultito enloquecedor, con sumisa devoción. Perfumo el borde de su braguita, el suave hueco que forman los tendones estirados en sus muslos abiertos, la piel delicada de sus ingles, el nacimiento de su vientre. Los bordes de sus medias, las tiritas de sus portaligas, el vello rizado de su monte de venus.
Ella se deja hacer, relajada, indiferente y despectiva, con los codos apoyados en el bar, a sus espaldas.
Si trato de mirarla sólo veo sobre mis ojos la pollerita blanca que no se ha molestado en levantarse. Estoy literalmente bajo su pollera, entre sus piernas, demorándome en pasarle perfume por cada centímetro de su feminidad, con mi lengua ardiente de perro amaetrado.


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