Relato
Andy llegó a la puerta del edificio de apartamentos en el que vivía su Ama. Suspiró y por un instante, pensó en dar marcha atrás, evadir el deber que le ardía en el cuerpo. Sin embargo, permaneció firme, frente a la puerta.
Sí, debía volver a su Ama. Las últimas semanas había intentado vivir su fantasía sin ella, disimular el deseo, desoirlo, satisfacerlo con pequeñas aficionadas, que no lograban llenar su tremendo deseo de inmovilidad, sujeción, humillación, tormento...Ahora sí, el ascensor se abrió y caminó los pocos pasos que lo separaban de su presencia, con las rodillas temblando y la garganta seca.Paty lo miró dulcemente, por un instante y en seguida un relámpago de lascivia y de venganza oscureció su rostro. Sí: iba a torturarlo, pero esta vez el castigo sería diferente.La desobediencia del esclavo había sido muy grave; y los suplicios que lo esperaban también, más que nada, la forma en que habría de atormentarlo."No quiero gemidos ni quejidos", le dijo; "de eso depende que no te queme los testículos de a poco". El esclavo entendió, bajó la cabeza, cerró los ojos y la ayudante del Ama lo inmovilizó. Estaba atado de pies y manos, esposado y tendido en el suelo, en señal de humillación. Todo pasaba como en cámara lenta. Escuchó la orden de arrastrarse y lo hizo, la orden de lamer los pies de la ayudante y lo hizo, la orden de chuparle los dedos de los pies, la orden de besarlos, ahora la orden de chupar los talones y todo lo hizo; ahora, la orden de detenerse; nuevamente, la orden de lamer, de chupar, de arrastrarse, de detenerse, de arrastrarse, sí: así!.No menos de diez minutos, Paty lo tuvo así, tendido, humillado, arrastrado, lamiendo las plantas de sus carceleras, sin que nadie pronunciara palabra, sin que se escuchara nada, más que las órdenes que, secamente, le susurraba el Ama. Ningún castigo ella había aplicado aun.Esperaba que el Ama se enterneciera y continuara humillándolo. Sin emabargo, no fue así.Pudo sentir, de pronto, el látigo cayendo rítimicamente, una y otra vez, a intervalos, sobre sus nalgas; el dolor le hacía retorcerse, pero se mantenía quieto, en cuatro patas, como perro miserable, como el esclavo rebelde que era, recibiendo su merecido. El látigo, iba castigando cada centímetro de su trasero y también las plantas de sus pies, bien sujetos por los tobillos. Sufría, sintió deseos de clamar ¡basta!, pero recordó la orden del ama y tembló ante la eventualidad de ser quemado a fuego lento. En silencio, clavó los ojos en el piso. El castigo continuó, sin clemencia.De pronto el castigo se detuvo, la ayudante del Ama le introdujo el consolador en la boca y le acarició el rostro con él. Debía lamerlo y lo hizo, debió chuparlo, después pasarle la lengua; después, pedir que se lo dieran a lamer más aún y así varias veces. Nadie hablaba y el dramático silencio general en el que el Ama pronunciaba sus terribles y perversas órdenes era el mejor marco para la humillación y la verguenza que el Ama le estaba imponiendo.Había transcurrido ya un cuarto de hora largo de arrastrarse, chupar, lamer, arrastrarse, pedir para chupar más, cuando el Ama se cansó de ese juego introductorio. A una orden silenciosa de la bella dominadora, la ayudante lo condujo a la cruz de san andrés y lo colgó en ella, con cuerdas y cadenas. Le hicieron tragar un pañuelo, le sellaron la boca con varias cintas de embalaje superpuestas, le estiraron e inmovilizaron los pies y le taparon los ojos. Estaba totalmente inmóvil y a merced de su sádica amiga.La ayudante jugó cinco minutos que parecieron cinco siglos, con sus pezones, los retorció, los pinzó, le enterró alfileres en ellos y luego le enterró de a uno en uno, en el vientre, unos veinte alfileres más. La tortura que el esclavo recibía era salvaje. Pero la sufría en silencio, apenas gimiendo bajo la mordaza, con la carne temblando de dolor.Luego, el Ama se acercó al cuerpo colgado y él adivinó que la hermosa Paty tenía en sus manos un cigarrillo prendido. Recordó la amenaza y tembló de terror y dolor anticipado. "Noooo! Nooo! Por favor" -pensó- "va torturarme con la brasa. Nooooooooo!!" Pero tuvo que tragarse el temor y tuvo que incorporar en silencio el terrible martirio. El ama le quemó de a poco, con la brasa encendida de su cigarrilo ambos testículos, riendo de placer. La ayudante también reía y animaba al Ama a no detenerse. "Que sufra!!, que sufra bien, no puede moverse, no puede gemir, no puede gritar, no puede desobedecer. Parece que le gusta desobedecer... Torturalo Ama por favor, torturalo bien. Así me gustan los esclavos desobedientes: bien torturaditos, con las pelotas bien tostaditas".Cuando cesó el tormento y lo descolgaron, cayó a los pies de sus bellas verdugos. Entonces ellas lo llevaron a la cama, boca arriba, esta vez las manos esposadas a la espalda y el Ama le propinó una sesión de cosquillas infernal, un suplicio realmente sádico, que el prisionero amordazado, sólo podía absorver, aunque movía sus pies, bien sujetos por los tobillos y por los dedos, a la cama.Todavía faltaba el más horrososo de los tormentos: equipada con una vela encendida, la Ayudante procedió a quemarle las plantas de los pies a fuego lento. Ya no podía mantener silencio y sus alaridos alcanzaban a oirse más allá de la mordaza, como gemidos de llanto y de dolor.Ahora sí, fue dado vuelta y desatado de pies y manos; se le ordenó arrodillarse en la cama y separar las piernas. Sus muñecas fueron amarradas junto a sus tobillos y quedó entonces en una humillante posición, la cara contra la cama y las nalgas en alto, vulnerables a los caprichos perversos de sus amas. Sí, se lo iban a hacer las malditas torturadoras: le iban a derramar el sebo hirviente en el ano. QUé podía hacer? En realidad, lo deseaba, había sido un perro como escalvo y merecía ese severo tratamiento. Entonces upo entonces que, mientras la Ayudante lo asaba a fuego lento y lo decoraba con sebo, el Ama se había calzado la prótesis que él había debido adorar al comienzo, lamiéndola en el suelo. Iba a ser penetrado: máxima humillación, máximo desprecio, máximo dolor. La ayudante daba grititos felices y el Ama no pudo dejar de sentir también el placer de hundir el aparato en aquel ano de esclavo rebelde, de esclavo torturado, de esclavo reconquistado. Le sacaron la mordaz y tuvo que hablar. Sí, se le ordenó decir: "Síii", mientras le daban, para delante y para atrás, rítimicamente; recibió la orden de pedir: "Sí, sí, sí, más; sí, sí, sí, más, mÁS, MÁS, MAS, SÍ, SÍ, si, si, si, sí, por favor, más, si, sí, por favor, más, sí..."; y obedeció!...