Spiel, Ferdra, LaCautiva y yo vivimos, en nombre de los mazmorreros, la increíble experiencia del teatro de Wilde.
Al fondo de un gran pasillo, en el corazón del teatro azul, había una sala que se pobló de magias.
Actores que nos hicieron penetrar en los submundos victorianos, en la malla intersticial de toda una moral, personajes en busca de su actor, actores que nos hicieron olvidar de toda "actuación", con gracia, con énfasis, con el "humour" en los vértices de sus cuerpos, en el encanto de la pronunciación.
Ernest, simulacro de una presencia, estaba "en todas partes". Las mujeres desparramaban su sed de Ernest, sed del hombre ansiado clavado en su "ideal". Esas mujeres, jóvenes y maduras, delgadas y voluminosas, tomaban por asalto el territorio de la escena y expandían, por la fuerza de sus exclamaciones, por la fuerza de sus equívocos, por la fuerza de sus trances, la sed del deseo.
Y Merryman, ese mayordomo-centauro, criado bipolar, hindú o chino según la conveniencia de lo temporo-espacial (hindú en la ciudad, chino en el campo), un cuerpo múltiple para dos lugares, el nexo entre los cuerpos que reaparece cuando éstos están a punto de aislarse de sus deseos...
Ese hombre, callada liviana sombra, se devoraba la escena con sus suavidades.
Nadie era lo que se suponía. Los vínculos históricos entre los personajes se erosionaban...pero las conexiones maquínicas, los flujos, las intensidades que conectaban a los personajes emergían a la luz con lo inusitado de su potencia...
Y dejo abierto el hilo para que todos aportemos luces a nuevas sombras.
Spiel, Ferdra, LaCautiva, yo...cuatro animales de teatro...compartiríamos horas, días para explayarnos acerca de los interminables mundos que esos cuerpos crearon de esos textos irreverentes...


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