
enviado el jueves 03 de marzo de 2011 a las 10:24:20
Respecto a la obra en sí, estas son algunas de mis impresiones...
Quedé cautivado por la comunión absoluta actor-marqués. La letra estaba en su postura, en su voz, en su ademán, en todo su cuerpo. Y entonces, la letra ya estaba encarnada, no necesita ser un peso para el actor.
La lujuria no era la sangre, no era la furia de los cuerpos, ni las palabras de furia sobre los cuerpos, sino...el grito en el canto. Esos cantos de esos cuerpos eran gritos, a veces los sentía gritos de parto. Parían el canto, y eso atravesó mi sistema nervioso.
Las coreografías, sus ritornelos, eran imponentes, generaban el sismo de la sala, encendían la música rimbombante(cuerpos que cantaban, músicas que danzaban). Cuerpos curvilíneos, pictóricos, circulares y manieristas, apolíneos y dionisíacos a la vez.
La voz de Nadia merecería una ópera de Berg, daban unas tremendas ganas de llorar, morir, de poseer, de parir.
El vestuario, los maquillajes me acercaban al infierno tan deseado y temido. Potenciaba rostros de la ultratumba, y rostros diáfanos que absorbían el color.
Un arte que rememora la atmósfera del espectáculo musical neoyorkino de los ochenta.
Se me asemejaba a "Letras prohibidas", la leyenda del Marqués, la película de Philip Kauffman, la impronta narrativa, el desarrollo lineal cronológico, con un final diferente, pero demasiado respetuosa de su estructura. Hubiese necesito más cortes, sentir que la obra me sorprendía también con nuevos laberintos textuales, tanto como me sorprendía en el rito y el movimiento de los cuerpos. tal vez, invite a una segunda etapa de la obra, o recreación más "delirada" de la estructura narrativa. Tal vez zimbronear más el texto de Doug Wright, que igualmente es fascinante por su literatura extrema. De hecho, la riqueza de los textos, la pasión de las letras llenas de la poesía de la sangre, se vieron reflejadas en la dramaturgia, y quedaban magníficas en la voz de tantos magníficos actores, pero tal vez más cortos los textos, y más acción gestual en la obra, amén de una ruptura de lo más lineal del desarrollo, la harían impresionante.
Igual...me resultó impresionante, varios instantes me prerturbaron, me penetraron, me exaltaron. Ese movimiento de los tripulantes del infierno subiendo las gradas...esos cuerpos del delirio, esos pobladores del más allá que se propagaban...estuve a punto de devolverles sus guturales, de espejarlos, a punto estuve de recuperar mis primitivas gramáticas frente a esos cuerpos.
Siempre será un gusto para mí retomar los textos retumbados por interesantes cuerpos, de un frenesí que inugura Sade incomparablemente para el siglo XIX y que Baudelaire y Lautremont llevarán al extremo: textos de venas abiertas que se vuelven educadores, legitimadores de aquello que más se había atacado en siglos precedentes. Lo mal, lo ruin, lo voluptuoso tan genuino en los cuerpos, en los pensamientos, las almas que se purifican con un supuesto mal que no es otra cosa que la encarnación de la vida, como dirían Apollinaire y Blanchot, "no la muerte sino el morir".
La obra tuvo climas abrasivos por arte de los textos y sus personajes que encarnaban la moral del bien y la exaltación del mal. A mí me gusta sentirme en brasas, es mi "mettier", el aura de mis territiorios.