Chicomad
Reg.: 03 ago '11
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Sexo: Hombre
Edad: 40
Rol: Curioso

enviado el miércoles 23 de mayo de 2012 a las 06:50:29
Saludos a todos.
Hace poco he tenido una fantástica experiencia sobre este tema. Estas fantasías que tengo se las he ocultado a mi novia en cierta medida porque no quiero que las interprete como una obsesión mía o algún tipo de perversión extraña, ya que ella no es tan sexual como yo. Hace tiempo ella sola descubrió que frotando mi glande en círculos con la palma de la mano lograba producirme una intensa sensación que al persistir se volvía dolorosa en pocos segundos, momento en el cual le pedía que parase. Para que no descartase esa práctica tuve que decirle que aquello era excitante a pesar del dolor, y le pedí que de vez en cuando lo hiciera porque producía un placer intenso durante algunos segundos. Jamás tuve que volverle a pedir que me lo hiciera, sino que se convirtió en práctica habitual cada vez que me masturbaba. Creo que se da cuenta de que hay cosas que me excitan y que yo no me atrevo a pedirle, y que al final acaba haciéndolas por propia iniciativa para complacerme (si no no entiendo cómo ha acabado practicándome cosas que carecen de interés para ella pero que dan buen resultado conmigo sin que yo se las haya insinuado conscientemente, como algo de facesitting o foot trample). Tener en cuenta que no vivimos juntos (distancia geográfica por trabajo) y que por ello sexualmente hemos avanzado despacio.
Desde el principio de la relación (llevamos cuatro años) ella sí que tenía interés por probar la penetración anal, y de nuevo supongo que por complacerme a mí porque ya habíamos probado con un dedo y no le gustaba. Mi pene no lograba entrar por el hueco con lubricante, y aún no habíamos probado con consoladores más pequeños poque ella no ponía de su parte a la hora de comentarlo, y yo opto por la paciencia para no parecer un pervertido. Hasta que un día la convencí para que se dejara atar en la cama y me ensañé con ella. Me costó meses de bromas e indirectas para convencerla de que se dejase atar, porque parecía olfatear mis intenciones y temía que le hiciera daño (es muy lista). Lo primero que hice cuando se dejó atar de pies y manos a la cama fue amordazarla para que no pudiera expresar arrepentimiento y me pidiera que la soltase. La traté con mucha dulzura para tranquilizarla, y eso me permitió aplicarle pacientemente todas las ataduras necesarias como para que no pudiera expresar con su cuerpo ningún gesto que me obligase a parar. Hice una verdadera obra de arte con cintas y cuerdas. Con lubricante, dedos y hortalizas de diverso tamaño me habrí camino y la penetré con demasiado ímpetu, y sus gritos ahogados y sus ojos que se salían de sus órbitas suplicándome que no fuera tan bruto lo único que hicieron fue excitarme el doble. Nada más correrme sentí compasión por ella por el daño que le causé y la solté de inmediato. Se enojó conmigo y se encerró en el cuarto de baño, temí haberle hecho alguna fisura. Después sus reproches me aliviaron, porque me temía algo peor, el voto de silencio. Me excusé diciendo que la excitación pudo conmigo. Lo olvidó pronto (o al menos eso creí). Además desde entonces lo hemos vuelto a practicar con más cuidado.
Pero lo relacionado con este hilo sucedió unas semanas después, cuando me llegó a mí el turno de ser atado (hubo preámbulos como una partida de cartas de por medio y alguna apuesta). Disumulé haciéndome el temeroso recordando el pasado acontecimiento, pero lo cierto es que me moría de ganas por ser dominado, y creo que en el fondo ella lo sabía. Supuse que me iba a devolver la proeza de las hortalizas, y así fue, y fue fantástico, porque lo que simpre le oculté es que desde muy joven y de vez en cuando me masturbo al tiempo que me introduzco algo por el culo. Eso sí, descubrí que cuando te lo hace otra persona es más intenso y doloroso, quizá porque lo hacen con menos cuidado. Lo que yo no esperaba es que se me fuera a subir encima y despacharse a gusto frotándome el pene largo y tendido. Fueron los minutos más largos de mi vida, me quedé sudando. Literalmente me meé. Si alguna vez habéis tenido un dolor de tripa y os habéis sentado en el retrete buscando alivio, entonces comprenderéis por qué me hice pis. La intensidad del dolor en la punta del pene me provocó el acto reflejo de lanzar un breve y fuerte chorrito de pipí buscando alivio incluso con el pene erecto. Yo creo que en ese instante entre el asombro y la compasión mi novia dio la deuda por zanjada, y menos mal que no fue un orgasmo lo que tuve en ese momento, porque si se le hubiera ocurrido seguir haciéndome lo mismo después, entonces aquello hubiese sido el infierno.
Colgando esta experiencia en la red me arriesgo a que me pillen, pero no pude evitar el deseo de contarlo.