Durante muchos años he tenido que correr detrás de los "intentos" sin demasiadas posibilidades para reflexionarlos.
Hay una moral sobre el suicidio que no nos permite ir mucho más allá de los pavores que la palabra genera.
Como psicoterapeuta he padecido la maldición de la obediencia debida a las grandes corrientes de la psicopatología, de la manualojería psiquiátrica. Y ellas son magnánimas y frías, no le dan opción al suicida desde las fuentes "esenciales" de su debilidad (adjudicada). Por suerte, apareció en los sesenta, ha sido una gran compañía en mi "carrera"(literalmente "carrera", ¿hacia dónde he corrido?) de psicoterapeuta, una corriente de benditos rebeldes de la cuna epistemológica de occidente llamada "Antipsiquiatría". Porque ellos, especialmente ellos (y he llegado a conocer a tres de aquellos magníficos anglosajones) han sido seres tremendos en su fragilidad, que han tocado el fondo de sus "núcleos psicóticos", que han ahondado en sus vacíos sin fondos, que se han preguntado el por qué y el para qué (y el qué), esas preguntas que el niño se hace cuando entiende (y no puede creer) que los grandes son incapaces de hacer magia, que los grandes no son los fuertes, y comprende que habrá mucho en su vida de soledad entre el sinfin de voces. Entonces, me he acercado a ellos porque se da lo paradojal de que ellos eran todos médicos psiquiatras y a la vez han tenido un enorme respeto por esos núcleos, esos momentos que escapan por el agujero de la representatividad, y que han que ellos atravesaran también el estrago de su propia sinrrazón.
Los Antipsiquiatras me ayudaron a ver dos elementos distintos: el suicida y el suicidio. Lo adjetivable y lo sustantivo. Lo singular y el gran título abarcador, monstruo grande que pisa fuerte. Rozar el marasmo con la punta de mis dedos y luego pensar el suicidio y al suicida, y abordar a un "suicida" sin tener un elemento íntimo de mi abismo investigado en mí con el cual pellizcarnos juntos nuestra sensibilidad herida para generar un profundo encuentro.
Y como yo mismo he tenido mis fantasías infantiles (la fantasía de ver a mis padres llorando en mi entierro, llorando y arrepentidos de sus injusticias, exhalando: "¡qué le hicimos a éste chico!", claro que en este caso me concedía el derecho provisional de tener un oído habilitado para escuchar esa exhalación y darme por satisfecho) y he admirado desde mi adolescencia a Sylvia Plath, a Cesare Pavese y a Paul Celan, poetas suicidas que me conmueven hasta los tuétanos, he tratado de respetar la tesitura del suicidio, tratando de verlo no sólo desde el horror de la interrupción de una vida, sino también desde el acto en el que una vida da un paso más ante la imposibilidad de acoger dentro de sus contornos la extrema intensidad de la pasión.
Está pensar el propio abismo para pensar el tema de los suicidas y el suicidio.
Está el suicidio de "mis" artistas, y las estéticas del suicidio, el suicidio en el arte.
Allí va el arte con sus ilimitadas paradojas: la estética del suicidio se me hace de una belleza insustituible en ciertas literaturas y en ciertas imágenes fílmicas, son imágenes de la belleza en las que yo detengo el tiempo y el espacio, en las que me recreo en los colores y fundidos incomparables de esas visiones. La imagen de la hermosura que flota en el formol, que campea lisa en el territorio de lo inerme en "El sueño del mono loco" es una visión detenida en el espacio y en el tiempo para mí, me hizo preguntarme en su momento si yo sería capaz de soportar tanta belleza(y esa vivencia estética me hizo llevar a la actuación teatral y a la creación literaria elementos que estallaron desde las partículas desprendidas de esa imagen, investigar las lentitudes indefinidas en mi cuerpo, experimentar el cuerpo perdiendo pesadez en el líquido...). Hay otras visiones detenidas: la frase que Antonio Di Benedetto pone en boca de Juan Tiflis en "Los suicidas" ("Me interno en la zona tranquila", como alegato de su viaje final). Y unas palabras que Goethe pone en boca de Werther: "se cuenta de una noble raza de caballos que, cuando se sienten terriblemente acosados y fatigados, por instinto se abren ellos mismos una vena, de una dentellada, para respirar más libremente. Así me ocurre muy a menudo: querría abrirme una vena que me diera la libertad eterna.".
Es una paradoja pensar en el horror de una muerte y a la vez en la belleza de ciertas representaciones. Es que el tema del suicidio atrae al tema de la finitud, o sea, a la insoportable realidad de la vida y de la muerte que corren fugitivas del tiempo en nuestros contornos. Y la muerte nos hace aferrarnos a la vida y a su talismán, la pasión. La presencia de la muerte hace que tome conciencia de la maravilla de cada una de mis intensidades, o sea, de la maravilla de la sangre corriendo vida por mis venas.
Está la pretensión de una vida intensa, de aferrarme a la vida por sus intensidades. O sea, que mi vida, si cae o se dispara, que sea de empacho y no de hambre.
También están las zonas grises. Personalmente he aprendido a querer a ese color, porque ha sido el motor minimal de mis creaciones. Pero nunca olvido que el blanco y el negro incentivan mis creaciones a la sombra del gris, que lo funden en cada insoportable ralentización.
"Lo positivo" y "lo negativo", esas fuerzas que encauzan nuestros actos hacia los disímiles absolutos.
También pienso en el mal incalculable a producir a nuestros seres queridos con nuestra desaparición física. También pienso en el mal que me ha producido el saber de un ser adorado que ha "acabado con su vida", y en como lo sigo buscando en cada silueta sin rostro. También puedo pensar en que el tema merece también una comprensión individual en cada persona, en cada red afectiva, en cada red afectiva con una historia previa. También puedo pensar en las lacerantes historias como la que cuenta Mademoiselle(la del estudiante que se ahoga porque pierde un examen en la universidad). También puedo pensar en sí, ayudando a torcer la irrefrenable decisión, puedo ayudar a ese ser a convertir, como dice Pichon Riviere, "lo siniestro en maravilloso" (no lo siniestro de la muerte, sino lo que siniestriza a ese ser, lo que los agresivos personajes internos estalactizan dentro de él, lo que de opresivo no deja expandir vida dentro de él. Hasta incluso puedo pensar, entre una multiplicidad de recursos, en la medicación como un camino de salida, de apoyo a la vida, cuando esas partículas de vida se hayan atrapadas en diversos circuitos). También puedo pensar que no es lo mismo Paul Celan que el chico que se ahogó por perder en un examen. También puedo pensar en que no es lo mismo el intento que el suicidio, como dice Ferdragon, que el acto consumado. E incluso añadiría la fantasía como un tercer elemento (yo en mí he expresado en mi relación con el "suicidio" mucho de mi fantasía, del nivel de mi fantasía, que es un elemento que he destacado como de vinculación con el abismo propio). También puedo pensar en la cobardía o valentía del suicidio relacionado con mi dolor ante la persona inminente a uno, y en la cobardía o valentía respecto al suicidio de alguien, aparentement lejano, pero que por alguna razón o pasión insondable, "nos toca". También puedo pensar que algo me llevó en su momento a ser psioterapeuta (y a ser paciente). También puedo pensar en el cuidado de las defensas de un paciente para no barrerlas y evitarle un encuentro brutal y "a destiempo" con lo tan temido (y deseado). También me puedo poner a pensar en que "me muero de ganas de vivir".
También pienso en ese tremendo texto de Artaud: "Van Gogh, el suicidado por la sociedad" (escrito por Artaud presto a ser él un suicidado por la sociedad), en donde Artaud dice que Van Gogh, en medio de sus innúmeras percepciones, no se opone al conformismo de ciertas costumbres , sino de las mismas instituciones. Ese texto lo leí a los veinte años e hizo tanta mella en mí como un texto de Paul Nizan que se llama "Aden Arabia" y que empezaba así: "¿Quién dijo que los veinte años es la mejor edad de la vida?"
¿Sería capaz, en el extremo de la vivencia de mis intensidades concatenadas con un otro ser, de ponerle la guinda a mi vida con un acto supremo, tal como los personajes de "Matador" de Almodovar, o incluso la señorita Julia de Strinberg, o el protagonista de "El imperio de los sentidos" o incluso a lo "Thelma and Louise" ( o como han hecho otros seres de la vida real, seres tan "anónimos como reales")? Yo, en primera persona, no podría responderlo. Y puedo asegurar que amo a la vida y que creo también, como dice Osho, que estamos aquí para ocupar un espacio vacío que no tendría sentido sin nosotros.
Me gusta auscultarme en primera persona ante ciertos temas. He expresado lo inevitablemente contradictorio aquí, la lucha de ciertos personajes internos que dirimen el asunto aportando puntos de vista muy dispares. No he querido expresarme aquí desde una idea moral, o sea, desde el juicio de las acciones(buenas o malas) a través de valores trascendentes sino desde una ética, o sea pensar lo que digo y hago según mi modo de existencia y respetando profundamente el modo de existencia de cada persona.
La vida fluyendo seguirá pensando todo esto en mí.