MOSHE
Reg.: 15 may '07
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Tiene sumisos/as

enviado el miércoles 03 de noviembre de 2010 a las 16:51:58
Una semana del octubre mágico tocaba a su fin, y, a su vez, señalaba el fin del comienzo (que no el comienzo del fin). El amanecer de ese día se nos ensimismaba, póstumo como cada amanecer que inclina su luz para que los cuerpos amainen en sus intensidades, y nosotros, tripulantes de un auto, amantes de bocas saladas que anidan por los relieves del otro, perpetuábamos, el uno girado hacia el otro, el combate de las lenguas que, de tanta incursión, de tantos vahos confluyentes, se vuelven sincréticas protuberancias de una misma criatura. Entonces, tus dientes ya avanzaban sobre el muro vencido de mis dientes y lo traspasaban, atrapaban mi lengua, y percutían sobre la vaina sensible hasta machucarla, al tiempo que el pulgar y el índice de tu mano derecha usufructuaban la precisa conjunción de la tela blanca y los pezones, inmejorable envoltura de éstos, logrando atrapar y prensar las saliencias, forzando un crescendo que derruía toda defensa y empinaba, de piano a forte, el parapeto del dolor. Y entonces, cuando la posdata del estertor de los cuerpos adictos desesperados por prolongar el goce parecía volverse más trascendente que la página de oro de la pasión arrobadora que habíamos escrito en cada madrugada precedente, tuvimos un mínimo instante de distancia para esgrimir un único gesto cómplice común, unísono ademán, un gesto que no pretendía degradar el finito ilimitado de lo previo, sino coronarlo. Y entonces, pulsaste el dispositivo que nos atrapaba dentro, y salimos cada uno por nuestra puerta, y nos reunimos inmediatamente en la retaguardia del auto, y pusiste mano en la llave que abrió la cerradura que abrió el baúl, y yo penetré el estrecho habitáculo y rolé hasta encallar. Y vos sonreíste con tu hermosa sonrisa de niña suave y cruel y lanzaste la puerta del baúl sobre mi cuerpo inerme hasta el "click" que prescintó, que hizo de tu baúl mi primer sarcófago. Y registré, a continuación, tus pasos alejándose, el ruido de la puerta que se cierra sobre sus goznes, y sabía ya que todas las certezas eran propiedad de tus hemisferios. Y entonces éstalló el encendido del motor en mis tímpanos, y el movimiento del vehículo entero echado a andar. Entonces supuse que doblabas por Gorostiaga a la derecha, que a los metros hacías incapié en un badén de Gorostiaga para que sintiese el contraste, el rigor de ciertas leyes físicas, que doblabas por Libertador porque acelerabas, porque movías un cambio detrás de otro, que girabas bruscamente, que disminuias la velocidad. Y entonces ya perdía geometrías, geografías, perdía los contornos, los límites de la piel con el infinito, me horadaba de irresistible anoxia la profusión de olores enfrascados en la cripta, me calaba un sudor de útero, de íntima anfibia fetalidad. Entonces...el baúl se abrió, y un resplandor dejó visajes en mis pupilas. Y me incorporé al éter para adosarme a tu boca, al arbitrio de la alborada, para robarle una apostilla más al destino.