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Harvey Murray Glatman, el asesino del bondage en De todo un poco
Post enviado el viernes 13 de agosto de 2010 a las 16:14:46

Shirley Ann Bridgeford
SHIRLEY ANN BRIDGEFORD

Habían pasado siete meses del asesinato de Judith Ann Dull. Divorciada y con dos hijos, Shirley Ann Bridgeford, de 24 años, trataba de decidir qué hacer con su vida. Se ilusionó con una idea: conocer a un hombre que la hiciera feliz, un hombre que fuera lo más diferente posible de su primer marido. En busca de su sueño, se asoció al Club de Corazones Solitarios de Patty Sullivan. Shirley no era la mujer más seductora del mundo ni habría ganado ningún concurso de belleza, por lo que cuando otro socio llamado George Williams la invitó a salir el 7 de marzo de 1958, la muchacha aceptó.

Ver a Williams no le provocó palpitaciones de emoción: sus orejas eran desproporcionadamente grandes y había algo, digamos, ratonil en él, pero ella se dijo que una cita era una cita, y cualquier cosa era mejor que sentarse sola en casa un sábado por la noche. Williams le prometió llevarla a bailar, y por lo menos eso significaba para ella una noche en el centro y una cena gratis.

Harvey Murray Glatman, personificando al inexistente George Williams, se presentó en el horario acordado —las 19:45— en la casa de Shirley, en Tuxford Street, Sun Valley. Para su horror, la casa estaba llena de parientes y amigos de la mujer. A pesar de todo, se las arregló para mantener la calma y actuar su papel de “aspirante a amigo o a algo más” mientras ella  se ponía el abrigo y se preparaba para salir. Al retirarse gritó a los circunstantes: “¡Encantado de conocerlos!”. Subieron al auto, y de inmediato Glatman explicó que no se sentía bien: tenía dolor de cabeza y prefería no ir a bailar. ¿Le importaría a ella dar un paseo? Bridgeford respondió que no había problema. Harvey se dirigió al sur desde Sun Valley, y cenaron tranquilamente en Oceanside. Después, retomaron la ruta hacia el sur.

Shirley Ann Bridgeford
SHIRLEY

“Si tenemos que creen en sus declaraciones ante sede judicial”, escribe Newton, “en ese momento Glatman todavía no había decidido violar y matar a Shirley Bridgeford. Dijo que pensaba en los hijos de ella, y que era un `tipo diferente de mujer´ a lo que había sido Judy Dull. Shirley no se desnudaba ni exhibía su cuerpo ante extraños. Shirley era una buena chica. Sin embargo, su presencia en el auto y su aroma excitaban a Glatman. Harvey sabía lo que se perdería si no seguía adelante”.

Por fin, el auto llegó a los pies de las colinas de Vallecito Mountains, cerca del Parque Estatal Anza. Harvey puso el auto en punto muerto, salió a la banquina y lo dejó deslizarse hasta el polvoriento terreno al costado de la carretera. Shirley lo miró con sorpesa, y todos los malos presagios que pudiese albergar se hicieron realidad cuando el criminal sacó la 7,65 y se la plantó entre los pechos. “¡Quítate la ropa!”, ordenó.

Shirley Ann Bridgeford
LA "SESIÓN" EN EL DESIERTO

Ella le rogó que no lo hiciera, pero él insistió y, cuando estuvo desnuda, la destrucción comenzó. Las violaciones y las humillaciones precedieron al arrastrarla hasta el desierto para la consabida sesión fotográfica. Ella siguió suplicando, pero el asesino no le hizo caso. Llevando a cabo su altamente organizado ritual, tomó fotos de ella vestida, de ella desnuda, de ella atada, con los estallidos del flash como única fuente de luz. Insatisfecho con esto, Glatman la obligó a esperar hasta el amanecer para poder fotografiarla con luz natural.

Shirley Ann Bridgeford
SHIRLEY, AÚN CON VIDA

Cuando tuvo suficientes imágenes en su cámara, la estranguló. Antes de abandonar el cadáver en el desierto, hizo con él lo mismo que había hecho con el de Dull: le sacó varias fotos más, todas en angustiosas poses.

Luego, a medida que el sol salía por encima de las montañas tras de sí, Harvey Murray Glatman volvió a su casa para divertirse un poco en el cuarto oscuro.

La suerte estaba echada. Nada servía, nada le alcanzaba. Pasados cuatro meses desde su último homicidio, esa fiera, ese tigre suelto que era Harvey Glatman estaba de nuevo buscando víctimas. Se sentía seguro y tranquilo, porque la policía no se había presentado ante su puerta. No había indicios ni en la prensa ni en la radio de que la justicia lo buscara. De hecho, ni siquiera tenía conocimiento de que se hubieran denunciado las desapariciones de Dull y Bridgeford. Por consiguiente, pensó que no corría riesgos si lo intentaba una vez más.

Shirley Ann Bridgeford
EL TORMENTO DE SHIRLEY ANN

Había llamado a otra agencia de modelos, dijo que necesitaba a una para una sesión de modas, y había hecho —como en el caso de Dull— los arreglos necesarios para fotografiarla en la casa de ella. Durante el curso de la conversación con el agente, se había dado cuenta de que el hombre sabía lo que él deseaba en realidad, y que no le preocupaba. Era operatoria normal: las agencias sabían que había miles de amantes de la pornografía que deseaban fotografiar a las modelos desnudas, y no se inmutaban por ello. Por consiguiente, la modelo tampoco se escandalizaría. Todo giraba alrededor de los pagos: si el cliente tenía el dinero, la muchacha estaba a su disposición y la agencia cerraría la boca. Mientras el efectivo fluyera, y hubiera prostitutas dispuestas a que les tomaran fotos desnudas, nadie preguntaba nada. Este perverso sistema de cuasiprostitución encubierta funcionaba aceitada y silenciosamente, y —de nuevo, como en el caso de las armas— ni siquiera se exigía conocer la identidad del cliente. La chica cobraría; el agente se llevaría su porcentaje, y el fotógrafo podría masturbarse a placer con las fotos resultantes. Así funcionaba Hollywood.

Ruth Mercado (Ángela Rojas)
RUTH MERCADO (ÁNGELA ROJAS)

La elegida esta vez fue Ruth Mercado, de 24 años —como Bridgeford—, que utilizaba el nombre artístico de Ángela Rojas para modelar. Había llegado a Hollywood de muy joven, con la ambición de ser descubierta por algún productor y de convertirse en la nueva Marilyn Monroe o una Sandra Dee latina. Sus sueños, como suele ocurrir en estos casos, nunca se materializaron. Sin vocación de camarera o cajera de un supermercado, Ángela recaló en el mismo lugar que tantas aspirantes a estrellas: las agencias de modelos fotográficas. Este trabajo le permitía vivir y pagar el alquiler, gracias a esa caterva de perdedores que necesitaban pagar a una modelo porque no podían conseguir que una mujer se desnudara frente a ellos si no era a través de un sistema de pago. Sus clientes no la tocaban. Era una modelo, no una puta. Lo había dejado claro desde un principio, y los de la agencia le habían dicho que estaba bien: que se desnudara, tomara el dinero y nada más.

Harvey estacionó la chatarra que era su Coronet 51 a media cuadra de la casa de la mujer, sobre Pico Street, y caminó repasando la estrategia del supuesto fotógrafo freelance que le había funcionado tan bien con Judy Ann. En esta oportunidad su nombre era Frank Wilson. Se veía forzado a cambiarlo cada vez porque, al fin y al cabo, las mujeres que habían entrado en contacto con Johnny Glenn y George Williams habían desaparecido para siempre, ¿no era así?

Tocó el timbre. Ángela lo estudió a través de los visillos de la ventana y, al igual que las demás, cometió el garrafal error de considerarlo inofensivo. Abrió la puerta y dedicó a Wilson una sonrisa forzada. Orejas de Dumbo, pelo en desorden, ojos entrecerrados detrás de gruesos lentes de miope. “¿Sin cámara?”, preguntó. “Ehhh… está en el auto”, dijo él. “No le va a servir ahí”, ronroneó ella con su voz más seductora. “Vaya a buscarla mientras me pongo algo más cómodo”.

Pero Harvey Glatman no la dejó continuar. Puso el cañón de la pistola contra la mandíbula de Ángela y le dijo: “Vamos al dormitorio. ¿Por dónde es?”.  La arrastró, con la Browning apoyada en su columna vertebral, por el oscuro pasillo que llevaba al cuarto. “¡Desvístete!”, ordenó él. Ángela obedeció. Mientras ella se iba quitando la ropa, una pieza por vez, Harvey comenzó a experimentar una transformación: comenzó a sudar, sus orejas se volvieron rojas y, cuando ella llegó al corpiño, comenzó a hiperventilar. Era evidente que no había visto demasiadas mujeres desnudas en su vida.

“Por favor, señor, no me haga daño”, suplicó. No hubo respuesta, y la muchacha comprendió que sólo podría sobrevivir si accedía a jugar con él los juegos que le exigiera. Sonriendo, tratando de simular que disfrutaba del jueguecito tanto como el hombre, dejó caer la última prenda de ropa interior. Las manos de él se detuvieron largo rato a acariciarle el sexo. Después, sacó de su bolsillo un largo trozo de soga, y, cuando le ordenó darse vuelta y poner las manos atrás, la joven se echó a temblar. Escuchó la voz masculina a sus espaldas: “No te asustes. Solo quiero hacer el amor”. La empujó hacia la cama, la atravesó sobre ella, y se bajó el cierre de la bragueta. Ella rogó en vano. Durante la siguiente hora, tuvo que soportar a aquel extraño hombre dentro de sí.

Cuando él eyaculó, Ángela se quedó quieta mientras Harvey se acomodaba a su lado, temerosa hasta de mirarlo. “Tengo una idea”, dijo el Asesino del Bondage, incorporándose sobre un codo. “Vayamos de picnic”.

Ruth Mercado objetó que eran las 12 de la noche, a lo que Glatman respondió preguntando por qué una pareja de amantes no podía hacer un paseo romántico bajo la luz de la luna. “Voy a desatarte si prometes no gritar ni echar a correr”. “Lo prometo”, dijo la infortunada. El hombre le ordenó vestirse. Pistola en mano, volvió a atarle las muñecas, le echó el abrigo sobre los hombros para ocultar las ligaduras, y la hizo caminar ante sí hasta el auto, tan falto de encanto como su conductor. En efecto, allí estaba la fina cámara con sus accesorios. “¿Vamos a hacer fotos?” preguntó Mercado sin obtener respuesta.

Ruth Mercado (Ángela Rojas)
ÚLTIMA FOTO DE LA INFORTUNADA RUTH

El viejo automóvil dejó Pico Street, dobló hacia el sur y siguió derecho hasta la autopista Santa Ana Freeway. “¿Tienes un estudio fotográfico?”. De nuevo, el silencio por toda respuesta. Atravesaron el condado de Orange para tomar la Intercoastal Highway hasta San Juan de Capistrano. Desde Oceanside hasta Escanada, y, después, el desierto. Salía el sol, bañando las tierras áridas con un calor aplastante.

Ruth Mercado (Ángela Rojas)
LA SESIÓN FOTOGRÁFICA DE RUTH

La sacó del auto, la tendió sobre una manta y volvió a violarla bajo el ardiente sol. Desvistiéndola, comenzó a tomar fotos. Aquí estaba el estilizado rito. Una vez más. Disparaba y disparaba, exigiéndole poses cada vez más gráficas con cada click del obturador, amenazándola siempre con la pistola. Diría más tarde a sus interrogadores que no había querido matarla, que no había querido matar a ninguna de ellas, y desde luego no a esta Ángela Rojas, la que más le había gustado porque al menos había intentado sonreírle dos veces. Pero —claro— la había violado, la había raptado… No podía dejarla ir.

Ruth Mercado (Ángela Rojas)
¿HACIÉNDOSE LA MUERTA... O...?

Y no lo hizo. Ruth Mercado debe haber comprendido lo que le esperaba cuando el criminal le exigió que se hiciera la muerta para fotografiarla. La ceremonia adquiría más profundidad y simbolismo. “Cierra los ojos, quédate inmóvil, simula ser un cadáver… ¡Eres un cadáver!”. Ella obedeció. Click, click, click, click.

Entonces, silencio, y de repente lo sintió sobre ella. Estaba acostada sobre su vientre, y el asesino aprovechó la posición para atarle los tobillos con la soga omnipresente. Luego le pasó un apretado lazo sobre el cuello y comenzó a retorcerlo. En pocos minutos la muchacha estaba muerta. Quitándole la ropa interior, Harvey comenzó a retratar el cadáver en todas las poses posibles. Se esforzaba por capturar en el film la esencia de su trofeo. Luego, hizo rodar el cuerpo hasta unos arbustos de mesquite y lo dejó allí para nutrir a los coyotes. Recogió su cámara, el trípode, la soga y la manta, sintiéndose pleno y satisfecho.

Ruth Mercado (Ángela Rojas)
MUERTE Y TORTURA BAJO EL SOL

Miró el pobre cuerpo con su rostro en blanco y la boca torcida, y se dijo que no comprendía cómo aquella cosa horrible podía haberlo excitado tanto. Pero no importaba. Mientras meditaba ya iba en camino a su laboratorio, donde el líquido revelador la traería de nuevo a la vida, congelada pero viva para siempre en sus fotografías.

Mientras Harvey Murray Glatman disfrutaba del trabajo que le quedaba por hacer, alguien comenzaba a hacerse preguntas. Se trataba de las familias de tres muchachas, de sus amigos y de los propietarios a los que habían dejado de pagarles los alquileres. La desaparición de Dull había sido una cosa —después de todo, el ex marido se alegraría de haberla perdido de vista—, pero… los familiares y amigos de Bridgeford la habían visto por última vez saliendo a cenar con un amigo, y la agencia de Mercado había arreglado con cierto fotógrafo una sesión de fotos para ella. El agente de Dull había hecho lo mismo con otro fotógrafo.

Las tres víctimas
LAS TRES VÍCTIMAS CONFIRMADAS DE HARVEY MURRAY GLATMAN.
DE IZQUIERDA A DERECHA: JUDITH ANN DULL, SHIRLEY ANN BRIDGEFORD Y RUTH MERCADO
(CONOCIDA COMO "ÁNGELA ROJAS")

¿Había una conexión? ¿Podía tratarse del mismo hombre? Cuando un grupo de gente comienza a razonar asuntos como este, que las preguntas lleguen a manos de la policía es solo cuestión de tiempo.

 

Harvey Murray Glatman, el asesino del bondage en De todo un poco
Post enviado el jueves 12 de agosto de 2010 a las 13:56:12

Harvey volvió a su trabajo de reparación de televisores en Los Angeles. Le iba bien, lo suficiente como para alquilar un pequeño apartamento sobre la silenciosa y tranquila Avenida Melbourne que convertiría luego, parcialmente, en estudio fotográfico. También pudo comprar un auto usado, un Dodge Coronet modelo 1951. Con respecto a su afición, adquirió una excelente y carísima Rolleicord, equipada con un zoom Schneider Xenar y completa con su trípode. Una vez poseedor de todo este equipo, lo único que le faltaba era un alias, un seudónimo que sonara como el nombre de un fotógrafo profesional. Él los conocía: eran los que tomaban las sangrientas fotografías que poblaban las páginas de las revistas de crímenes que tanto le gustaban. Luego de mucho pensarlo, se decidió por “Johnny Glenn”, porque le pareció que su sonido era suave y persuasivo y que tenía estilo.

Su primera víctima fatal fue Judith Ann Dull, una belleza rubia de 19 años con grandes y hermosos ojos. Judy estaba divorciada, y trabajaba como modelo para financiar una ardua batalla legal con su ex esposo por la tenencia de su hijo. Harvey llamó a una de las agencias de modelos haciéndose pasar por el fotógrafo Glenn, y ellos le dieron directamente el número de la joven, tal como se acostumbraba en aquella época. Glatman telefoneó a Judith el 1º de agosto de 1957 por la mañana. Le dijo que la había visto modelar y que estaba interesado en hacerla posar para unas fotos destinadas a una famosa revista de policiales, recalcando que se trataba de una gran oportunidad para ella: aparecer en una publicación de gran tirada. Si bien el trabajo de las modelos exigía una gran cautela, Harvey sonó lo suficientemente agradable por teléfono como para que Dull accediera. Para terminar de ahuyentar las sospechas de la chica, Harvey le aseguró que las fotos muy bien podían realizarse en la casa de ella. Ella se comprometió a posar para él a las 2 de esa misma tarde. “Póngase una falda y un suéter ajustados”, le dijo antes de despedirse.

Judith Ann Dull
JUDITH ANN DULL

Glatman llegó temprano a la cita. Subió al departamento de Dull en Sweetzer Avenue y, dando un vistazo alreddor, le dijo que la luz no era buena allí, y le preguntó si le importaría trasladarse al estudio de Harvey. Dull lo evaluó con la mirada, y decidió que ese hombre orejudo, de aspecto tímido y con grandes anteojos no podía constituir una amenaza, así que lo siguió hasta su auto. Ya en el departamento del criminal, este le explicó que la sesión de fotos era para ilustrar un artículo sobre el bondage, y que ella debería estar amarrada. No le gustó, pero la oferta de 20 dólares la hora acabó con su resistencia.

Judith modelando
EL TIPO DE FOTOS QUE HACÍA JUDITH

Glatman le ató las muñecas con la cuerda, la hizo sentar en un sillón, le ató los tobillos, y la hizo mover de manera seductora hacia aquí y hacia allá hasta que la postura lo satisfizo. Cuando Judith Dull estuvo completamente maniatada y amordazada, Glatman sacó del bolsillo una pistola Browning calibre 7,65. ¿Cómo la habría conseguido él, un ex convicto? Newton nos responde: “Es que en 1957 California no tenía legislado un período de espera antes de comprar un arma. No se investigaban los antecedentes del comprador, ni se exigía una licencia. ¡Ni siquiera se le pedía al cliente que mostrara su documento de identidad! Si se pagaba en efectivo, se llevaba el arma en el momento”.

Geringer, por su parte, relata la “sesión” fotográfica de bondage: “Glatman le puso la pistola bajo el mentón, le desató las manos y le ordenó que se desvistiera, pero despacio. Mientras tanto, él la iba fotografiando en diversas posturas, algunas tomas con ella atada, otras libre. Todas las fotos muestran a Judy completamente bajo el control de alguien que está fuera de cuadro. Como si fuese un director de cine, él le gritaba `¡Ahora tienes curiosidad! ¡Ahora estás asustada! ¡Cara de miedo, pero tentadora! ¡Levanta la pierna! ¡Deja caer el bretel!´. Click, click, click. Las poses iban variando a medida que la sesión continuaba, volviéndose más eróticas, a medida que el alma de Harvey les ponía más énfasis”.

El médico psiquiatra Robert D. Keppel, que se ha especializado en los asesinos seriales de firma —aquellos que tienen un modus operandi que incluye una “firma” o característica particular que indica claramente que son obra del mismo autor—, explica en el capítulo que dedica a Glatman en su libro Signature Killers, que las fotos de sesiones de bondage constituyen la “firma personal de asesino” de Harvey: “Sus fotos no funcionaban solamente como recuerdos. En la mente de Glatman, esas imágenes estaban realmente cargadas con toda la potencia de sus necesidades de bondage y control. Mostraban a las mujeres en variadas posiciones, sentadas o acostadas boca abajo, con las manos siempre atadas a la espalda, con expresiones inocentes en los rostros, pero con los ojos abiertos de terror por haberse dado cuenta de lo que iba a sucederles”.

Así transcurrió la tarde. Cuando Harvey hubo terminado de tomar todas las fotos que necesitaba, se abalanzó sobre Judy. “Obedece o te mataré”. Llorando su credulidad, la chica no tuvo más remedio que hacer lo que le decían. Mientras anochecía, el falso Johnny Glenn violó a la adolescente numerosas veces, volviendo a atarle los miembros entre una relación sexual y otra. Cuando estuvo satisfecho, se relajó, se sentó junto a ella y se puso a mirar televisión. “Un par de programas más”, le dijo, “y luego te llevaré a tu casa”.

Pero mentía. No tenía intención de llevarla a ninguna parte salvo al desierto. Hacía unos días había descubierto el lugar ideal: un hoyo en medio de la nada, cerca del pueblo de Indio. Él se autojustificaba diciendo que no quería matar a nadie, mas ¿qué otra cosa podía hacer? Tenía que poseerla, tenía que tenerla, tenía que saciarse en ella. No era su culpa, y nadie iba a enviarlo a prisión por un deseo que no era capaz de controlar. ¿Qué mujer querría estar con él? ¿De qué otra forma se suponía que podría conseguirse una? Los coyotes comerían el cadáver, y nadie se enteraría de nada.

A las 10 y media de la noche, Glatman decidió que era suficiente televisión por hoy. Anunció a Judith que la dejaría en libertad, pero que no podría llevarla a su casa. A cambio, la dejaría fuera de la ciudad para que ella volviera sola. La chica probablemente encontró lógico el argumento —de este modo, él tendría más tiempo para escapar— de manera que no discutió. Atándole las manos una vez más, Harvey la condujo al auto, y, conduciendo con una mano y apuntándole con el arma en la otra, salió a la autopista, se dirigió al sur hasta San Bernardino, luego al este por Mission Road y salió a la llanura del condado de Riverside. Siguió adelante hasta pasar Banning y Palm Beach, deteniéndose finalmente más allá de Thousand Palms. Estaban a 160 km de Los Angeles, y no había nadie en kilómetros a la redonda. La única iluminación provenía del cielo estrellado.

Sacó a Dull a rastras, comportándose como si fuera a desatarla por fin. Ella respiró aliviada, pero, con un solo movimiento, Harvey le pasó un lazo por el cuello y la empujó, haciéndola caer de rodillas. La tendió boca abajo y pasó el otro extremo de la cuerda por los tobillos de la mujer. Con un violento tirón, acabó con ella. Las vértebras se rompieron, ella exhaló un gemido, y eso fue todo.

Judith Ann Dull
VARIAS DE LAS FOTOS QUE GLATMAN TOMÓ DE JUDITH DURANTE LA MACABRA SESIÓN DE BONDAGE

Pero faltaba un detalle: los recuerdos finales, las fotos postmortem tomadas con flash. La prueba de la conquista. Procedió a moldear el cadáver como si hubiese sido un maniquí: un brazo para este lado, el otro brazo allá, una pierna abierta, una rodilla de esta forma. Y la macabra sesión fotográfica de bondage continuó allí, en medio del desierto.

Keppel manifiesta acerca de las fotos: “Para la policía, las fotos de las muertas fueron mucho más espeluznantes que las tomadas en vida, porque revelaban la verdadera naturaleza de Glatman. Mostraban el modo en que el asesino había dispuesto de sus víctimas, cómo las había acomodado, y la depravación psicológica que evidenciaban era repulsiva. El hecho de que un ser humano mostrara de esta forma tan gráfica la profundidad de sus propias debilidades y sus complejos de inferioridad fue algo que los investigadores jamás habían visto antes”.

Judith Ann Dull fue la primera, pero, lamentablemente, no sería la última.

¿Quién es tu forista preferido? (Justificá tu respuesta) en De todo un poco
Post enviado el miércoles 11 de agosto de 2010 a las 12:05:54

Uau, Moshe... Me halaga usted. Gracias.

Harvey Murray Glatman, el asesino del bondage en De todo un poco
Post enviado el miércoles 11 de agosto de 2010 a las 11:57:14

Soga de bondage y Rolleiflex

Mientras Glatman y su siniestra soga de cáñamo andaban sueltos por las calles de Albany como fuerzas de la naturaleza, hubo un actor que, hasta entonces, había sido el gran ausente de esta historia. Nos referimos a la policía del estado de Nueva York. Pero el comisionado James Kirwin se disponía a hacerla entrar en escena.

Había recibido las denuncias de Goldstein, Berge y Hayden, y observado que las descripciones que las tres hacían de sus atacantes se parecían muchísimo. Kirwin estaba convencido de encontrarse frente a un abusador serial. Se colocó a Glatman oficialmente en la lista de sospechosos, y se anunció a los efectivos que el fugitivo estaba armado y era peligroso.

Cuando Hayden declaró que el fantasmal sujeto la había atacado sexualmente, Kirwin formó una fuerza de tareas y la envió a las calles con una simple orden: “¡Tráiganme a ese payaso!”.

No fue difícil. A menos de cuarenta y ocho horas de haber comenzado la persecusión oficial, un agente observó a un sujeto que se correspondía con la descripción del abusador. Casualmente, estaba siguiendo a una muchacha por Western Avenue. El policía lo detuvo, lo registró, y encontró en sus bolsillos una pistola de juguete, una navaja y una soga. Interrogado en el lugar, confesó atemorizado.

La ciudad de Yonkers solicitaba a Harvey por el ataque a Staro y Thorn, pero la policía de Albany se negó a remitirlo. Cuatro días después de su detención, Glatman fue procesado en la Corte Municipal por el ataque contra Florence Hayden. A pesar de que Goldstein y Berge no presentaron cargos, el fiscal de distrito se preparó para pedir la pena más alta: había descubierto que Glatman ya había cumplido sentencia en Colorado por el mismo tipo de delito.

Al enterarse de que su hijo estaba preso una vez más, Albert y Ophelia Glatman quedaron atónitos. Con la estrechez de miras que siempre los caracterizó, creían que su hijo vivía aún, tranquilamente, en Yonkers. La mujer viajó a Albany y rompió en llanto frente al fiscal pidiendo clemencia, pero —comprensiblemente— su súplica no fue escuchada.

Como Glatman no había cumplido aún 21 años, existía el problema de dónde encarcelarlo en caso de que fuera condenado. La costumbre dictaba que los menores fueran internados en un reformatorio hasta la mayoría de edad, momento en que se los transfería a una prisión común. La causa cayó en la corte del juez Earl Gallup, quien, según reclamó la fiscalía del distrito, aplicó sobre Glatman todo el peso de la ley. En octubre el delincuente fue condenado a una pena de cinco a diez años. Se lo envió al reformatorio de Elmira, Nueva York, a la espera de su cumpleaños número 21. Cuando alcanzara la mayoría de edad, lo aguardaba una de las prisiones de máxima seguridad del estado de Nueva York: la tristemente célebre Sing Sing. Glatman recibió el número 48337 y fue enviado a Elmira.

Durante los poco menos de dos años que Harvey Glatman pasó en Elmira, fue evaluado médica y psiquiátricamente por el doctor Ralph Ryancale, quien lo diagnosticó como “personalidad psicopática de tipo esquizofrénico, con impulsos sexuales perversos como base de su conducta criminal”, recomendando enfáticamente que las evaluaciones y estudios complementarios debían continuar luego del traslado a Sing Sing. Sabemos que la exigencia de Ryancale se cumplió, pero la historia clínica y los resultados de los exámenes efectuados en Sing Sing no han llegado hasta nosotros. Sin embargo, podemos leer un informe preliminar que define a Glatman como “no definitivamente portador de un defecto mental o psicosis”. El documento sugiere que el presidiario número 48337 debe ser “educado psicológicamente, y si su conducta antisocial persiste, deberá ser aislado aunque no parezca haber desarrollado esquizofrenia”.

Los que sí sobrevivieron fueron los informes del comité de libertad condicional. Como era de esperarse, esos papeles señalan que Glatman fue un prisionero modelo, de alto coeficiente intelectual, hábil para cumplir las tareas que le encomendaban y ávido de colaborar con los exámenes médicos y psicológicos que se le practicaban. ¿Cómo es esto posible? ¿Por qué un individuo tan claramente sociopático cambia radicalmente de actitud al verse tras las rejas? El especialista en asesinos seriales Michael Newton, que estudió en particular el caso Glatman durante años, lo explica en esta forma: “Los delincuentes sexuales sociopáticos aprenden a manipular el sistema cuando son muy jóvenes, en muchos casos durante la infancia. Cuando han sido arrestados varias veces y han pasado cierto tiempo en la cárcel —como Harvey—, ya saben exactamente qué decir y cómo comportarse en cualquier situación dada, tanto cuando tratan con la policía como con los abogados o los psicólogos. A pesar de las solemnes declaraciones en contrario, muchos sociópatas son perfectamente capaces de engañar al polígrafo, de distorsionar los resultados de las evaluaciones psicológicas y de convencer a los terapeutas de que están `curados´”.

Este era, precisamente, el caso de Harvey Glatman. Su sentencia fue reducida al mínimo de cinco años, y luego nuevamente reducida por buena conducta. Luego de solo dos años y ocho meses en presidio, fue puesto en libertad bajo palabra. Grave error, el primero de una larga serie que terminaría con las vidas de varias infortunadas mujeres. Se decretó, no obstante, que debía quedar bajo la custodia de su madre, conseguir un trabajo de ocho horas y permanecer bajo la observación de la corte durante cuatro años y medio.

Para cumplir la primera de estas condiciones, Harvey tuvo que regresar a Denver, donde, durante cierto tiempo, laboró en pequeños empleos y vivió sin violar ninguna ley. El único problema que indican los informes de sus oficiales de libertad condicional son muchos baches en su registro laboral, citando graves problemas para adaptarse a un trabajo full time. Vivió bajo la vigilancia de sus padres hasta que murió Albert Glatman, y luego comenzó a discutir y a llevarse mal con Ophelia. Contra las órdenes del tribunal, Harvey alquiló un departamento y siguió entrando y saliendo de los empleos y visitando a su oficial de libertad condicional según lo estipulado.

Por fin, la sentencia fue cumplida en septiembre de 1956, y, libre de moverse y sin necesidad de visitar mensualmente a su guardián, Harvey decidió marcharse a Los Angeles, estableciéndose allí en enero del año siguiente.

Por fin sin supervisión —por primera vez en años— la mente de Glatman se rindió gozosa a las fantasías que lo atormentaban: mujeres desnudas en bondage, gritando frente a él. Y, para completarlas, agregó un segundo fetiche a sus sueños de sogas. Durante la secundaria, Harvey había sobresalido en las clases de arte, y muy especialmente en la fotografía. Aunque nunca pudo explicarle a nadie la fascinación que sentía por esta disciplina, tal vez fuese porque le permitía capturar el mundo no como era, sino como él deseaba o decidía que fuese. Además, descubrió que en el centro de Los Angeles pululaban miríadas de pequeños estudios de modelaje, que ofrecían amplios catálogos de modelos deseosas de posar —vestidas o desnudas— por un pequeño estipendio. Era esencial conseguir una cámara para hacerse pasar por fotógrafo profesional.

Harvey Murray Glatman, el asesino del bondage en De todo un poco
Post enviado el martes 10 de agosto de 2010 a las 12:50:32

El asesino que mató al bebé de la señora embarazada en la salidera de La Plata estaba preso no hace mucho, y un juez lo dejó salir. Para que quede claro: la justicia argentina no es la única que hace cosas inexplicables. Por su buena conducta, la prisión estatal de Colorado liberó a Harvey Glatman luego de cumplir apenas ocho meses de su condena. Quedó en libertad el 27 de julio de 1946, y de inmediato se puso a planear su futuro. Estos planes no presagiaban nada bueno para las mujeres que vivían y trabajaban a su alrededor.

A estas alturas, ya era obvio para Ophelia que Harvey necesitaba de algún tipo de ayuda. E hizo lo más lógico: llevarlo a un psiquiatra. Lo que ni ella ni el médico podían saber fue que ya era demasiado tarde.

El profesional, competente y bienintencionado, razonó que si el problema de Glatman era su miedo patológico a las mujeres, probablemente la solución pasara por desarrollar actividades que involucraran un contacto estrecho con el sexo femenino. Una de las herramientas más usadas para tratar la misoginia es la danza: se envía al paciente a aprender a bailar, y el contacto con las parejas de baile suele mejorar el cuadro.

Pero antes de eso, Ophelia quería que Harvey dejase Denver. La ciudad lo había estigmatizado, y el sambenito de abusador sexual lo perseguiría para siempre. Así que se trasladó con su hijo de vuelta a Nueva York, con la esperanza de que el adolescente comenzara de nuevo, consiguiera un buen trabajo y, en fin, recorriera el largo y arduo camino hacia la redención. Nada más lejos de la realidad, como de inmediato demostrarían los hechos.

La madre alquiló para su hijo un departamento en Yonkers y dedicó algunas semanas a conseguirle un trabajo. En la prisión, Harvey había aprendido electrónica y, como todo aquello que implicaba un esfuerzo intelectual, ya dominaba la disciplina. Ophelia logró que fuese contratado por un taller de reparación de televisores y, convencida de que a partir de entonces todo iría bien, regresó a Colorado para reunirse con su esposo.

Glatman, solo al fin, comenzó a planear nuevas operaciones. Sabía que sus antecedentes criminales le impedirían conseguir un arma de fuego: el solo hecho de ser sorprendido portando una le valdría una severísima condena de prisión. Lo que hizo a continuación prueba su desequilibrio: compró en una juguetería una pistola de cebitas —sí, de cebitas—, se agenció una navaja, y con su inseparable cuerda en el bolsillo, salió a recorrer las calles. Pero la soga ya no era lo que había sido: Harvey había comprado una de cáñamo, antideslizante y garantizada.

A las 12 de la noche del 17 de agosto, apenas 22 días luego de ser liberado, Harvey Murray Glatman acechó y siguió a una pareja de novios, Thomas Staro y Doris Thorn. Las víctimas vieron acercarse a un hombre larguirucho y feo, de 1,80 metros, 63 kilos, con el cabello desordenado, orejas enormes y el rostro marcado de acné. Llevaba anteojos con armazón de hueso. El delincuente los amenazó con una pistola, y les ordenó abandonar la vereda, llevándolos a las sombras de una arboleda cercana. Allí robó el dinero del hombre, le ató las piernas y lo obligó a tenderse en el piso, para poder tocar los pechos de la chica a placer, mientras oprimía el cañón de la pistola contra su estómago.

Pero Thomas consiguió liberarse de sus ataduras y atacó al criminal por la espalda. En la lucha que siguió, Glatman sacó el cuchillo y consiguió clavarlo en el hombro de su víctima, escapando precipitadamente. Llegó hasta la estación de trenes y abordó la primera formación, que se dirigía a la capital del estado.

Cinco días más tarde salió a cazar nuevamente. Había alquilado un departamento en Commercial Street, y pasado los dos días anteriores explorando los alrededores. Albany debería ofrecerle una víctima.

Ella sería Florence Hayden, una enfermera que regresaba a su casa. Harvey la atacó desde atrás y la arrastró hacia la oscuridad de un patio. La lanzó al piso, le puso la pistola en el vientre y le ordenó que guardara silencio mientras le ataba las muñecas con su soga fetiche. “Pero me di cuenta de que usaba las dos manos para atarme” dice la muchacha. “Había dejado la pistola en el piso, así que rodé sobre mí misma, le di un empujón y comencé a gritar muy, muy fuerte. El violador huyó. Tenía más miedo que yo”.

La noche siguiente vio al depredador patrullando Hollywood Avenue. Su suerte había cambiado: todas las mujeres hermosas que veía estaban acompañadas por hombres, y su mala experiencia en Yonkers le hacía temer la confrontación física con los varones. Ahora sabía que los machos lucharían hasta la muerte para defender a sus hembras. Sumamente excitado, decidió intentarlo con las únicas mujeres solas que encontró: Beverly Goldstein y Evelyn Berge. Luego de amenazarlas con la pistola de juguete, las arrinconó en un lugar solitario, pero cuando las vio, el viejo miedo a las mujeres volvió a caer sobre su atormentada mente. Podía manejar a una mujer, siempre y cuando estuviera atada y amordazada. Dos, de pie y mirándolo con fijeza, eran demasiado. Nervioso y aterrorizado, les susurró que le entregaran sus bolsos y desapareció en la noche.

Harvey Murray Glatman, el asesino del bondage en De todo un poco
Post enviado el martes 10 de agosto de 2010 a las 08:05:25

Sereneiders: ¡No sea apurado! Estoy traduciendo y adaptando dos libros completos... déme tiempo. Son Rope: The Twisted Life and Crimes of Harvey Glatman, del experto en asesinos seriales Michael Newton, y —quizás más importante— Harvey Murray Glatman, First of the Signature Killers, del periodista Joseph Geringer.

Respecto de la facies tan característica de Glatman, a mí —aparte de que sí, se parece a Alfred Neuman— me hace acordar enormemente a Cayetano Santos Godino, el infame "Petizo Orejudo". Mirá si no:

El "Petizo Orejudo"

Como fuese, el caso de Glatman es extraño, y posiblemente su comprensión sea una clave para alcanzar un entendimiento genuino de la mente de los asesinos seriales organizados: su particular combinación de masoquismo, sadismo y falta de habilidades sociales configura un cóctel nunca visto, ni antes ni después, en la conducta criminal.

Y a seguir leyendo, que falta mucho todavía.

Harvey Murray Glatman, el asesino del bondage en De todo un poco
Post enviado el lunes 09 de agosto de 2010 a las 15:43:52

Harvey Glatman

Ophelia Glatman dio a luz a su hijo Harvey Murray en 1927, y en poco tiempo comenzó a notar lo extraño que era, qué radicales eran sus cambios de humor y qué raras sus conductas. El padre, Albert Glatman, molinero en un negocio del Bronx, tampoco sabía definir a ese niño, pero creía tener una solución para su comportamiento excéntrico: interminables palizas y nalgadas, mezcladas con toda clase de otros castigos.

Se reía sin motivo; lloraba sin razón. Algo estaba mal en el control emocional del pequeño Harvey Murray Glatman. Evitaba la compañía de los adultos; evitaba la compañía de los demás chicos. No se mostraba interesado en nada, su capacidad de concentración era cero, nada lo entusiasmaba. A lo que más se dedicaba era a vagar sin rumbo fijo, en un estado cercano al sonambulismo.

En el juicio que se celebró contra su hijo en 1958, Ophelia declaró que la primera indicación de que el niño estaba definitivamente mal de la cabeza llegó cuando Harvey tenía cuatro años y lo sorprendió entregado a una cruel forma de masoquismo: se había atado una cuerda alrededor del pene, fijado el otro extremo al cajón de un mueble, y se echaba violentamente hacia atrás para sufrir un doloroso tirón. Los padres creyeron que se trataba de una actitud exploratoria de un niño curioso. No quisieron ver la realidad: si había alguien de quien todo el mundo sabía que carecía de curiosidad, ése era Harvey Glatman. En realidad, se trataba de una forma temprana de neurosis que se presentaba bajo la forma de horribles autocastigos y que terminaría creciendo y creciendo para acabar como acabó.

La actitud de los padres siempre fue disfuncional; sus reacciones eran o reprobatorias o moralizantes, sin cuestionarse jamás qué le estaba sucediendo a su hijo en realidad. Le gustaban las cuerdas… ¿y qué? Y mucho. Michael Newton, biógrafo de Glatman, escribe: “La cuerda era un fetiche que dirigiría a Glatman a través de toda su vida como la correa guía al perro, y finalmente lo depositaría en el Pasillo de la Muerte”.

Pero los extraños no se daban cuenta de esto. Los vecinos creían que solamente era un chico tímido y estudioso. A partir de 1933 en que comenzó la escuela, los maestros lo consideraban un alumno de buena conducta, tranquilo, callado y excelente en la mayoría de las materias. Los pocos amigos que logró hacer —y eran amistades superficiales, los chicos con los que almorzaba y compartía escasísimos momentos de jugar a la pelota— se burlaban de él por sus grandes orejas y sus dientes salidos, y le decían “Comadreja” y “Ardilla”. Tenía miedo de las chicas y cuando estaba frente a ellas le temblaban las rodillas y se quedaba mudo y avergonzado.

Cuando cumplió once años —en 1938—, él, que solo había jugado con los demás chicos una o dos veces, empezó a salir corriendo después de la escuela para encerrarse en su habitación a jugar sus propios juegos privados. Que eran sexuales. Y con sogas. Su juego se llamaba asfixia autoerótica, asfixiafilia o hipoxiafilia. Pasaba una soga por encima de un caño o una viga, se la ataba al cuello y daba fuertes tirones con una mano mientras se masturbaba con la otra. No es exactamente masoquismo —según Newton—, pero crea una gran excitación e incluso euforia, produciendo orgasmos muy intensos debido a la adrenalina que se secreta en esas circunstancias.

Los Glatman se habían mudado a Denver, y estaban contentos por las buenas notas de su hijo y su aparentemente buena adaptación a la nueva escuela y al barrio. Pero una tarde fueron al centro a hacer las compras, y al volver vieron el cuello de Harvey lleno de moretones y quemaduras por fricción, consecuencia del uso de la cuerda. Lo interrogaron severamente, y obtuvieron la confesión. Fotos de mujeres desnudas, ocultas bajo la cama, y masturbación eran una cosa, pero casi asfixiarse era otra. Lo llevaron al médico, que consignó en la historia clínica el comportamiento errático del muchacho y su búsqueda de dolores siempre crecientes.

A partir de allí, Glatman decidió ser más cuidadoso: sus padres no lo descubrirían más. Entró a la secundaria en 1939 y sus éxitos académicos continuaron, ensombrecidos por su miedo a las mujeres. Padeció un grave caso de acné que no lo ayudó a ser aceptado. Su otro biógrafo —tal vez el más importante—, Joseph Geringer, escribe: “Eran magnéticas. Las mujeres eran magnéticas. Quería tocarlas. Y la soga, su amada herramienta, lo ayudaba a alcanzar sus fantasías”.

Y esas fantasías crecían, y con ellas los métodos de Glatman se perfeccionaban. Empezó a encontrar aburrida la soledad de su baño o su dormitorio, y comenzó a allanar moradas. Entraba en casas ajenas, y siempre se llevaba algo, porque sí o como recuerdo. De una de estas excursiones obtuvo una pistola calibre .25.

Comenzó a buscar mujeres hermosas por las calles de Denver, y las seguía hasta sus casas para saber dónde vivían. Luego, se introducía por una ventana, las forzaba a ir al dormitorio y les ataba las manos con el pedazo de soga que llevaba a todas partes en el bolsillo. Luego las amordazaba con un trapo. Geringer describe los primeros episodios de la siguiente manera: “El arma le daba ventaja, el trapo silenciaba los gritos, pero descubrió que la cuerda era la llave a nuevas sensaciones. Retenía a la espalda los brazos que de otro modo la mujer habría sacudido, dándole a él la libertad de deslizar los dedos por un cuerpo suave y curvado sin interrupciones. Era explorar nuevos misterios y alcanzar nuevas alturas. La mujer estaba a su merced como él había estado a merced de todas aquellas muchachas que se burlaban de él en el patio de la escuela”.

Con las mujeres atadas a la cama o una silla, les desabotonaba la blusa o les quitaba la remera, y las acariciaba mientras se tocaba. Muchas veces las obligaba a yacer junto a él y a fingir que les había gustado tanto como a él. No las desnudaba del todo ni las violaba. Y, sorprendentemente, descubrió que, cuanto más las tocaba, más cómodo se sentía en su presencia. Había encontrado por fin el remedio universal para su miedo a las mujeres.

Como se ve, sus delitos tenían más de ritual que de otra cosa. Y trataba de cubrirse: como llegaba muy tarde, les dijo a sus padres que se quedaba a realizar actividades extracurriculares. Ellos, ciegos como siempre, le seguían creyendo.

Pero el 18 de mayo de 1945 se descuidó. La policía lo sorprendió mientras forzaba una ventana en la calle Vrain, donde vivía Elma Hamum. Harvey llevaba en el bolsillo unos metros de soga y la pistola calibre .25. Esa misma tarde confesó, durante el interrogatorio, numerosos robos con allanamiento de morada, pero evitó cuidadosamente mencionar los abusos deshonestos. Y luego colmó el vaso: mientras esperaba el juicio en libertad bajo fianza, menos de un mes más tarde, secuestró a una muchacha llamada Norene Laurel  y, después de atarla, la llevó lejos de la ciudad a un lugar llamado Sunshine Canyon. Como siempre, la manoseó y se tocó sin violarla, y la dejó de nuevo en Denver antes de que oscureciera. Laurel, como era de esperar, fue derecho a la comisaría y lo denunció. Le mostraron un álbum de fotos de sospechosos y la joven lo identificó sin problemas. Arrestado, se lo encerró hasta el juicio sin posibilidad de fianza. Permaneció así hasta noviembre, fue encontrado culpable y sentenciado a un año en la Prisión del Estado de Colorado.

Tenía 17 años de edad.

No dejen de ver esto - Una historia en arena en De todo un poco
Post enviado el lunes 09 de agosto de 2010 a las 09:54:06

Por no mencionar Tchernobyl...

Vacaciones en el Caribe - Guantanamo Bay en De todo un poco
Post enviado el lunes 09 de agosto de 2010 a las 09:41:45

No, no es aburrido. Interesante escenario al cual, sin embargo, le está faltando un factor. Me extraña que nadie lo haya mencionado. Yo en lo particular, jamás lo olvido.

Kim Jong-Il.

El muchacho es el dueño de la planta de tratamiento nuclear más eficiente del mundo, destinada a purificar Pu-239 de grado militar. Nadie sabe cuántas cabezas de guerra tiene, pero los surcoreanos (y los yanquis) detectan las ondas sísmicas producidas por sus ensayos nucleares subterráneos. Además, posee ICBMs Taepodong-2, con un alcance de aproximadamente 5000 km. ¿O más? Nadie lo sabe. No sería improbable (y ya se han alzado muchas voces advirtiéndolo) que Kim tome represalias contra los aliados de EEUU en la región si el Pentágono ataca a Irán, Pakistán o las provincias rebeldes de la India (por ejemplo, Cachemira). Esos aliados son Taiwán, Corea del Sur y Japón, absolutamente vitales para Washington y con los tres territorios completos bajo el alcance medio de los TP-2. Si los cálculos sobre el alcance de estos ICBMs están equivocados (no se sabe nada sobre seguro) por defecto, en teoría Kim podría defender en forma directa el territorio iraní o afgano con un solo toque de botón.

Corea del Norte es la figurita difícil, abroquelada bajo el paraguas del poderío nuclear chino. Cualquier hipótesis de conflicto en el continente asiático tiene que tomar en consideración la reacción de Kim.

El martirio de Augustine en BDSM en el arte
Post enviado el viernes 06 de agosto de 2010 a las 13:08:48

Kronos:

No las fotografiaba durante su agonía, las hacía posar vivas, las ahorcaba y luego las fotografiaba muertas. En lo personal, siempre me interesaron los asesinos seriales, desde que leía la teoría que Philip José Farmer expone en To your scattered bodies go o en los tomos subsiguientes de Riverworld. A partir de ahí, comencé a interiorizarme sobre tipos como Albert De Salvo, Ted Bundy, John Wayne Gacy, David Berkowitz y, cómo no, los históricos e interesantísimos Gilles de Rais y Elizabeth Báthory.

Ahora, viene Luli y me hace notar acerca de Harvey Murray Glatman, uno que yo no conocía y si lo conocía no le di bola, y descubro a un serial que tiene un estilo extraordinariamente peculiar, con homicidios muy estilizados y simbólicos, y, por supuesto, me intereso en él. Ayer me leí el libro de Geringer en una hora y pico, y verdaderamente me atrapó. Es muy lejano a los seriales sobre los que había leído yo, como Cayetano Santos Godino, Andrei Chikatilo o el que más me ha interesado, Harold Shipman.

No hay nada que entender, no te preocupes. Es solo que tu mente hizo una conexión espuria. Una cosa no tiene nada que ver con la otra.

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